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martes, 15 de noviembre de 2016

La Verdad

Mario J. Viera


¿Qué es la verdad? Muchas veces me lo pregunto e intento buscarla en el intrincado bosque de mi propia psicología... Creo en ocasiones haberla encontrado y, no obstante, cuando la miro de frente se me muestra indefinida o cubierta con ropas prestadas que ocultan lo que en ella es cierto. Y no encuentro la verdad en toda su desnudez. “La verdad desnuda”, así la presentan algunos para asegurar que no mienten, que lo que afirman es lo rigurosamente creíble y te muestran y me muestran datos, todos confiables, estadísticas fundadas en un dos por ciento de error... pero si hay, aunque solo sea una fracción de error, como se puede aceptar esa verdad estadística.

La verdad solo es posible en las matemáticas y no obstante, en sus proposiciones también queda espacio para lo absurdo. ¿Cuántos espacios separan al 1 del 2? La simple verdad constata que solo hay un espacio entre el 1 y el 2 y, al mismo tiempo, se niega, porque siempre habrá un número mayor que uno y menor que dos y jamás podrá alcanzarse el 2 partiendo del 1: 1.0, 1.001... 1,1, 1,2, 1,3..., hasta el inalcanzable infinito... lo que no se conoce, lo inabarcable...

La verdad es lo que tú o yo o aquel creemos y, sin embargo, lo que yo creo ser verdad tú no lo vez de igual modo; y aquel niega lo que tú y yo creemos y tú y yo no creemos lo que aquel cree. Y así nos complica la vida Aristóteles cuando argumentó: “Decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es lo falso; decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es lo verdadero”. Pregunto y mantengo mi duda: ¿Y qué es lo que es, y qué es lo que no es? Si yo creo que algo es, es solo mi apreciación, porque tú puedes creer que lo que para mí es, a la luz de tu experiencia, es lo que no es.

A la verdad se llega por la razón... No, se llega por la experiencia sensible... Los que opinan la tesis primera son los racionalistas... Los que opinan según la segunda tesis son los empiristas, pero racionalistas y empiristas no se ponen de acuerdo, ni llegan a las mismas conclusiones sobre qué es verdad...

Verdad es que se nace; verdad es que se muere. La muerte es una verdad inobjetable, pero también hay quienes no ven en la muerte una realidad tangible y, cierta, sino como una parte inacabada de la existencia y se cree entonces en la verdad trascendental que niega la muerte como fin del todo, porque la vida, la cierta, la verdadera, trasciende. Esta una verdad indemostrable y solo es verdad en nuestra conciencia y en nuestro inacabable deseo de eternidad... La verdad se escurre dentro de nuestras ilusiones, y creemos encontrarla en lo profundo de nuestra psiquis, en nuestra voz interior. “¿Qué es la verdad? ─ se interrogó Mahatma Gandhi ─ Pregunta difícil, pero la he resuelto en lo que a mi concierne diciendo que es lo que te dice tu voz interior”, y lo reafirma Agustín de Hipona, diciendo: “No vayas fuera, vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad”.

Verdad es lo que está aprobado por la costumbre, pero ¿acaso la costumbre no pudiera estar fundada sobre lo equivocado...?


Pilatos cuando enjuiciaba al galileo preguntó sin recibir respuesta: “¿Y qué es la verdad?” ¿Por qué habría de creer a aquel que a sí mismo se proclamaba ser la Verdad?

Una verdad es cierta y es que, toda la verdad en este mundo, siempre será una verdad relativa...Rechaza lo que aparentemente es imposible y quizá estés en la verdad. Arthur Conan Doyle así lo creía: “Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”; sin embargo, lo que antes se consideraba imposible después se descubrió que sería posible, ¿Acaso, entonces, la verdad no siempre es verdad? Y Goethe vio como la verdad es, en ocasiones, desvirtuada por los mismos que la buscan y dijo: “Si los hombres, una vez que han hallado la verdad, no volviesen a retorcerla, me daría por satisfecho”.

Verdad y mentira todo mezclado; ¿Acaso en toda verdad no se oculta alguna falsedad? Y Cicerón el hábil orador y político de la época de agonía de la República de Roma hizo la siguiente advertencia: “La falsedad está tan cercana a la verdad, que el hombre prudente no debe situarse en un terreno resbaladizo”.


Cuando pensamos que hemos llegado a la verdad nunca faltará otro que con fuertes argumentos y razones creíbles nos hagan dudar de la verdad que habíamos advertido, en fin, la verdad es lo creíble, aunque no siempre lo que es creíble sea cierto. Entonces, ¿qué es la verdad?

sábado, 12 de noviembre de 2016

Teoría de la estupidez de Carlo Maria Cipolla

Tomado de Vigilia pretium libertatis y otras fuentes.



Carlo Maria Cipolla (1922 - 2000) fue un historiador económico italiano. Cipolla exploró el controvertido tema de la estupidez formulando su famosa Teoría de la Estupidez, expresada por primera vez en su ingenioso panfleto de 1988 titulado Allegro ma non troppo. En este escrito Cipolla desarrolla una visión de la gente estúpida como un grupo más poderoso que grandes organizaciones como la Mafia, el Complejo Militar Industrial (MIC), o la Internacional Comunista. El grupo de los estúpidos, sin reglamentaciones, líderes o manifiestos, consigue ejercer un gran efecto con una coordinación increíble.

En el mismo libro pueden encontrarse las leyes fundamentales de la estupidez:

Primera: Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.

Podemos pensar que hay muchos estúpidos. Podemos pensar que nos acechan. Pero siempre fallaremos en el cálculo de su cantidad por dos razones: la primera, gente que en algún momento considerábamos inteligente, nos sorprende con su estulticia; la segunda: el estúpido aparece por sorpresa en los momentos y lugares más inesperados. Podemos confiarnos y bajar la guardia, pero el estúpido, tarde o temprano aparecerá ahí. Como es imposible saber la proporción exacta de estúpidos en una población, a ese número lo identificaremos con el símbolo Å.

Segunda: La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.

La evidencia científica apunta a que todos los hombres tenemos en conjunto las mismas capacidades. Sin embargo, Cipolla piensa que no. Cipolla defiende que hay hombres que nacen irremediablemente estúpidos. La estupidez connatural no entiende de clase social, raza, nivel educativo ni de ningún otro factor. No caben por tanto discriminaciones en función de la estupidez. La estupidez, como el cagar, es la cosa más democrática que hay.

De la misma forma que la naturaleza hace que nazcan más varones que mujeres con independencia de latitud, medios y tamaño de la población. La proporción Å permanece constante en todas partes y bajo cualquier circunstancia. Å se observa en una población y en cualquier muestra o subconjunto de esa población. Å aficionados del Betis son estúpidos, Å receptores del premio Nobel también lo son. Esta Segunda Ley es ley de hierro y no admite excepciones. Siempre habrá una cantidad Å de gente estúpida y esa cantidad, de acuerdo a la Primera Ley, siempre la subestimaremos.

Tercera: Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.

Las ganancias o pérdidas derivadas de nuestros intercambios resultan en un cuadrante donde se ubican cuatro tipos de personas: incauto, inteligente, estúpido y malvado.

Gráfica 1


Inteligente es quien obtiene ganancia propia y proporciona ganancia a los demás. Malvado es quien obtiene ganancia a costa de las pérdidas de otros. Incauto es quien pierde proporcionando ganancia a otros. Y estúpido es quien pierde y hace perder a los demás.

Es normal que a una persona mentalmente equilibrada le cueste comprender al estúpido. Puedes entender la lógica del inteligente. Puedes entender la lógica del malvado (un malvado persigue un beneficio sin escrúpulos). También puedes entender al incauto: sus acciones le hacen perder y otros ganan. Frente al malvado es posible levantar defensas: puedes prever por dónde te va a atacar. Frente al estúpido no hay defensas que valgan: sus acciones no buscan el beneficio propio. El estúpido es tan impredecible como inoportuno.

Si el 100% de la población fuera malvada, el mundo no colapsaría: no habría una pérdida neta (la contrapartida es que tampoco habría ganancia o progreso). No todas las personas están todo el tiempo en uno de estos cuadrantes. No todo el mundo es inteligente todo el tiempo, ni incauto todo el tiempo. En función del resultado promedio de sus intercambios, las personas se sitúan en algún punto de este plano cartesiano.
Gráfica 2

El malvado perfecto es aquel cuyo beneficio neto iguala exactamente la pérdida neta de su víctima. El ejemplo común sería el del ladrón que roba 100 pesetas y cuya víctima pierde exactamente 100 pesetas. Claro que esta es una situación ideal, de laboratorio. La víctima que pierde 100 pesetas probablemente no pueda disfrutar de un café esa mañana y por lo tanto ha perdido más de 100 pesetas.

El malvado inteligente es aquel cuya ganancia es superior a la pérdida que provoca (pensad en el presidente de una diputación). Pero los malvados más numerosos son los malvados estúpidos. Un malvado estúpido es aquel cuya ganancia es inferior a la pérdida que provoca. Aunque sea el propio malvado quien valora su ganancia, es la víctima quien valora su pérdida. Te rompen una luna del coche para robarte la radio y tienes que perder una mañana en el taller.

El estúpido, recordemos, no obtiene beneficio alguno con sus acciones que dañan o perjudican a los demás. Y las más de las veces se perjudican a sí mismos por el camino. Hay factores que explican el impresionante poder de la estupidez humana.

Por ejemplo, está el hecho de la impredecibilidad del estúpido. Al estúpido no se le ve venir. Una persona inteligente levanta sus defensas de forma racional. Evalúa sus vulnerabilidades y trata de protegerse, pero estas protecciones responden a un comportamiento racional que espera un ataque racional. El estúpido es irracional. No sigue ninguna lógica. Al llevar a cabo acciones que provocan pérdidas sin procurar beneficios, su víctima no tiene ningún criterio por el que empezar.

Otro factor que explica el impresionante poder de la estupidez humana es la presencia de Å en puestos de poder o responsabilidad: ya sean presidentes, directores, generales, obispos o diputados, tienen un poder en sus manos que multiplica su capacidad de hacer daño y provocar pérdidas. Muchas veces, los puestos de responsabilidad dependen de la elección de grupos más o menos grandes de personas. Esos grupos contienen una proporción Å de estúpidos y por lo tanto sus elecciones perjudican a los demás y a sí mismos. ¿Por qué? Porque son estúpidos, te lo estoy diciendo.

Estas elecciones irracionales y este comportamiento impredecible refuerzan el poder o la capacidad de hacer daño del estúpido. La persona inteligente siempre es sorprendida por el estúpido e incluso cuando se prevé un ataque, planear la defensa no es posible porque el estúpido no sigue ningún plan. Ni siquiera, después del daño hecho, es posible lanzar un contraataque. Tal es de errático e inverosímil el estúpido. Recordemos a Schiller cuando decía que "contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano".

Finalmente, otra cosa que explica el impresionante poder de la estupidez humana es que el estúpido carece de conciencia de ser estúpido. El inteligente sabe que es inteligente, el malvado sabe que es malvado, el incauto lamenta ser un incauto. El estúpido no sabe que es estúpido. Cree estar en cualquier otra categoría y allá va pisando fuerte, dispuesto a arruinarte el día, provocar un conflicto, estropear algo o hacerte perder el tiempo; careciendo de motivos o incentivos para cualquiera de estas cosas.

Cuarta: Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que, en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.

No sorprende que los incautos no puedan evaluar correctamente la capacidad de hacer daño de los estúpidos. El caso es que los inteligentes y los malvados cometen el mismo error. Ya sea por desdén, por falsa seguridad o porque creen que pueden sacar provecho del estúpido.

Pensar que se puede sacar provecho de un estúpido es un grave error que pone de manifiesto la incomprensión del fenómeno de la estupidez humana. Además, en el transcurso del plan de acción, el estúpido aprenderá nuevas formas de trastocar tus planes, de sorprenderte con su estupidez y, finalmente de causarte daños a ti (y probablemente a sí mismo).

Quinta: El estúpido es el tipo de persona más peligrosa que existe. Corolario: El estúpido es más peligroso que el malvado.

Si en lugar de estudiar intercambios individuales tomamos el conjunto de los intercambios agregados de una población, podemos dividir el plano cartesiano de la estupidez en dos partes.
Gráfica 3

Igual que sucede con el malvado. El incauto también se divide en dos clases. El incauto inteligente (o tonto útil) es aquel cuya pérdida propia es inferior al beneficio ajeno. El incauto estúpido es aquel cuya pérdida propia es superior a la ganancia que otros obtienen de él.

Con esto claro, podemos dividir el plano de la estupidez con una línea. Quienes están a la derecha de la línea aportan un beneficio o bienestar agregado a la comunidad y quienes están a la izquierda causan pérdidas, daños o inconvenientes.

Es de incautos pensar que el éxito o fracaso de una sociedad depende de la variación de esa línea divisoria. Recordemos la proporción Å de estúpidos y la Segunda Ley. Tanto una sociedad próspera como una en decadencia tienen la misma proporción de estúpidos. En particular, la decadencia o resultado negativo neto de las acciones humanas agregadas depende del aumento de la actividad de los estúpidos por permisividad de los otros grupos. Otro factor de decadencia es el aumento de la población incauta estúpida y malvada estúpida en sus respectivos cuadrantes.

En concreto, el pernicioso aumento de la presencia de malvados estúpidos en puestos de responsabilidad y el aumento de incautos estúpidos entre quienes los eligen o les consienten suelen ser causa de decadencia. El poder, para el estúpido, funciona como un catalizador en una reacción química.