Mario J. Viera
Capítulo LXII
Comentando sobre la resistencia en Cuba
IV
Sumisión o
desobediencia
“Le but de toute association
politique est la conservation des droits naturels et imprescriptibles de
l’homme” (Art. 2 de la Declaración de los derechos del hombre y del
ciudadano)
En la realidad
concreta de la lucha opositora en contra de la dictadura castrista existe un
hecho del todo evidente: las masas populares no han asumido una posición
claramente contestaría y no le han brindado apoyo a la oposición. Está presente
una marcada brecha entre el mensaje opositor y la pasividad política manifiesta
en la población. Las masas se han adaptado a vivir en la mentira del régimen
castrista ante la carencia de otra vía. Existe descontento, pero también,
frustración. Desde los inicios del poder castrista, cuando la Revolución era
una pagana deidad a la que había que adorar sin caer en la herejía de la disidencia
(acatamiento religioso: por la creencia
de que de su observancia depende la existencia de un bien de salvación.
Weber), todos los intentos por derrocar al gobierno surgido el primero de enero
de 1959 fueron baldíos. Nada pudieron contra el castrismo naciente los grupos
de guerrilleros sustentados por la CIA, principalmente en la Sierra del
Escambray, nada se logró, salvo permitir la consolidación del régimen, con la
misión insurgente Girón-Playa Larga impulsada por el gobierno de los Estados
Unidos. Castro siempre aparecía como el vencedor y ante el vencedor todos se
inclinan; ante el vencedor y ante la represión todos se rinden.
Por hábito o por
una condición psico-social el pueblo se acostumbró a obedecer, aun en contra de
su propia voluntad. Como afirma Bertrand de Jouvenel[1],
“no se obedece principalmente porque se
hayan sopesado los riesgos de la desobediencia o porque se identifique
deliberadamente la propia voluntad con la de los dirigentes. Se obedece
esencialmente porque tal es el hábito de la especie”. Sin embargo, la
presión impone acatamiento de voluntad: “La
presión sobre las exteriorizaciones de opinión ─ plantea Hermann Heller[2] ─ se ha realizado siempre mediante la amenaza, la compra o el
convencimiento, es decir, por una superioridad social, económica o intelectual
de uno sobre los demás”; por medio de la educación o el adoctrinamiento,
por la persuasión y por la fuerza pública, según Heller, se forma y se hace
realidad “de manera unitaria el
‘espíritu’ de un grupo” y agrega que esos métodos por sí solos “nunca pueden lograr su objetivo sin una coacción económica y política”.
Por otro lado, Gene Sharp señala varias razones por las cuales la gente obedece
a los gobernantes, colocando en primer lugar el Hábito; además de esta, incluye las siguientes razones de
obediencia: Miedo a las sanciones, Obligación moral, Egoísmo, Identificación
psicológica con el gobernante, Zonas
de indiferencia y Ausencia de
autoestima entre los gobernados[3].
El Estado posee
el “poder físico coactivo” (Max
Weber) y el Estado totalitario posee, no solo el poder físico coactivo, sino
que lo ejerce indiscriminadamente, sin limitaciones jurídicas nacionales o
internacionales y, aún contra sus propias normativas del Derecho. Tal como
dijera Montesquieu[4]: “En los Estados despóticos la naturaleza del gobierno exige obediencia
absoluta”; es decir, dominación entendida como la capacidad de encontrar
obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos (Max
Weber). “Esta dominación (...) puede descansar en los más diversos motivos
de sumisión: desde la habituación
inconsciente hasta lo que son consideraciones puramente racionales con
arreglo a fines”. Se obedece a la dominación, Max Weber[5]
lo explicita diciendo: “'Obediencia'
significa que la acción del que obedece transcurre como si el contenido del
mandato se hubiera convertido, por sí mismo, en máxima de su conducta; y eso únicamente en méritos de la
relación formal de obediencia, sin tener
en cuenta la propia opinión sobre el valor o desvalor del mandato como tal”.
Y en La Política como Profesión,
afirma: “Toda empresa de gobierno que
pretenda lograr una administración continua necesitará, por un lado la disposición de la actitud humana a
obedecer a aquellos jefes que pretenden ser portadores del poder legítimo
y, por el otro lado y por medio de esta obediencia, la capacidad de disponer de aquellos recursos concretos que, dado el
caso, resultarán necesarios para la
ejecución de la violencia física, es decir: los recursos administrativos
humanos y los recursos administrativos materiales”.
No es este
acatamiento al dominio de un poder tiránico un fenómeno moderno, ya Étienne de
La Boétie[6] (1530 – 1563) lo había
denunciado alegando: “Resulta cosa
verdaderamente sorprendente, aunque sea tan común que más cabe gemir que
asombrarse, ver a un millón de hombres miserablemente esclavizados, con la
cabeza bajo el yugo, no porque estén sometidos por una fuerza mayor sino porque
han sido fascinados, embrujados podríamos decir, por el nombre de uno solo, al
que no deberían temer, ya que sólo es uno, ni amar, ya que es inhumano y cruel
con ellos”. El pueblo como víctima y al mismo tiempo como sostén de la
tiranía al adaptarse al sistema y aceptarlo como inalterable. Václav Havel así
lo dice: “Todos nos habíamos acostumbrado al sistema totalitario, lo habíamos aceptado como un hecho inalterable y,
por tanto, contribuíamos a perpetuarlo.
Dicho de otro modo, todos nosotros ─ si bien, naturalmente, en diferente grado
─ somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria; nadie es
sólo su víctima, todos somos partícipes también de su creación”[7].
Uno de los
propósitos fundamentales de un gobierno totalitario es la organización de las
masas, las cuales no son otra cosa que un medio del que se aprovechan los
líderes totalitarios para legitimar su dominio. “El Estado es realmente conservado por la sociedad” así lo constata
Heller en su ya citada obra. El dominio del Estado totalitario es preservado
por las masas. Lo dice Hannah Arendt[8]:
“El líder totalitario no es nada más ni
nada menos que el funcionario de las masas (…) sin él las masas carecerían de representación externa y seguirían
siendo una horda amorfa; sin las masas el líder es una entidad inexistente”.
Por medio de las masas el gobierno totalitario controla a las mismas masas
ejerciendo la vigilancia masiva de unos sobre otros. Sus múltiples ojos, cual
gigantesco Argos, son los mismos ojos del conjunto de la masa; los actos de
enfrentamiento a las masas que alienta el gobierno castrista son llevados por
parte de una masa idiotizada. Y cuestiona Étienne de La Boétie: “¿De dónde saca todos esos ojos que os
espían, sino de vosotros mismos? ¿Cómo tendría todas esas manos que os golpean,
sino os las tomase en préstamo? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿no
son vuestros? ¿Qué poder tiene sobre vosotros, salvo a vosotros mismos? ¿Cómo
se atrevería a agrediros si no fuese porque lo hace de acuerdo con vosotros?
¿Qué mal podría haceros si no fueseis los encubridores del ladrón que os roba,
los cómplices del asesino que os mata, los traidores de vosotros mismos?”[9]
El acatamiento
pasivo al dominio del poder del Estado totalitario sobre el conjunto de toda la
población es, como expresa Weber “una acción condicionada por la masa”, es
decir, una acción social orientada por la influencia de las acciones de otros
que conduce a la tolerancia u omisión de esa aceptación pasiva del dominio.
Weber señala que la “conducta íntima es
acción social sólo cuando está orientada por las acciones de otros”. Es lo
que Havel define como la resignación a “la
vida en la mentira”; así en esta resignación a vivir en la mentira, se vive
en un entorno moral contaminado: “Nuestra
moral enfermó ─ constata Havel[10]
bajo el poder totalitario ─ porque nos
habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos.
Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos
sólo por nosotros mismos. Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o
perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros
pasaron a representar tan sólo singularidades psicológicas”.
El ciudadano se
anula para, por fuerza de la costumbre, convertirse en simple súbdito. Nada
cambia y lo absurdo, la arbitrariedad le parece entonces condiciones naturales.
“Digamos pues que ─ anota Étienne de
La Boétie ─, si todas las cosas le
parecen naturales al hombre que se ha acostumbrado a ellas, sólo perseverará en
su naturaleza aquel que sólo desea las cosas simples e inalteradas. Así que la primera razón de la servidumbre
voluntaria es la costumbre”. La oposición democrática con su desafío
político particular no puede perder de vista esta realidad; no dejarse aturdir
por “lo que debiera ser” creyendo erróneamente que el descontento presente en
la población conducirá por sí solo a un estado de beligerancia popular. En las
condiciones del accionar social bajo un sistema totalitario solo puede
presentarse dos formas de rechazo: la deserción, la emigración, el clásico
votar con los pies, y la “resistencia anónima u ordinaria”, la que Jean Dale (La Resistencia Activa y la Resistencia
Pasiva en los Movimientos Sociales) define como “formas anónimas, individuales,
que no requieren de una organización
previa, pero si requieren de una interiorización muy profunda de sus
parámetros culturales a partir de los cuales actúan y se hacen presentes en
todo momento. Y que implican altos niveles de impugnación del sistema
establecido”. Es la expresión del disgusto de parte de la población, en el
caso que estudia Dale son los campesinos, que no es “una acción concertada ni organizada, sino una forma de corroer el
sistema burocrático confrontarse a él y proteger sus propios intereses…” Es
en este contexto que aparecen individuos aislados con decidida posición
contestataria a los que identificaría con el Einherjer de la mitología nórdica, el “ejército de un solo hombre”,
dotados de fuerte individualidad, son capaces de cometer pequeños sabotajes, no
se vincula a ninguna organización
opositora, porque
no confía en ningún grupo, pero tampoco colabora con ninguna actividad que el
gobierno convoque; así, el Einherjer se libera a sí mismo no cooperando y
buscando lo que Havel denomina “vida
en la verdad”, la clave definitiva para la autoliberación: “Si la
‘vida en la verdad’ es el punto de
partida elemental de cualquier esfuerzo del hombre para resistir a la presión
alienante del sistema, si es la única base significativa de cualquier acción
política independiente y si, en fin, es también la raíz existencial más
adecuada a la actitud ‘disidente’, es difícil imaginar que, aun en su
objetivación, el trabajo ‘disidente’ pueda fundarse en otra cosa que no sea el
servicio a la verdad y a una vida verdadera y el esfuerzo de abrir un espacio a
las intenciones reales de la
vida”[11].
La vida en la
verdad es el reconocimiento de ser uno mismo, sin condicionamientos exteriores
impuestos y a los que hay que obedecer aun cuando choquen con nuestra
conciencia. Es la respuesta dada por Henry Thoreau ante leyes que se consideran
injustas:
“¿Debe el ciudadano renunciar a su conciencia, siquiera por un momento o
en el menor grado a favor del legislador? ¿Entonces por qué el hombre tiene
conciencia? Pienso que debemos primero
ser hombres y luego súbditos. No es deseable cultivar tanto respeto por la
ley como por lo correcto. La única obligación
que tengo derecho de asumir es la de hacer en todo momento lo que creo correcto
(…) Existen leyes injustas: ¿debemos
conformarnos con obedecerlas o, debemos tratar de enmendarlas y acatarlas hasta
que hayamos triunfado o, debemos
transgredirlas de inmediato?”[12].
Y este sentido de primero ser ciudadanos (hombres) antes que súbditos se
expresa un principio clave de la lucha noviolenta, la desobediencia civil, la
decisión propia de transgredir todo el andamiaje jurídico de la dictadura. Es
el mismo concepto que La Boétie alega cuando dice del tirano: “no es preciso combatirle ni abatirle. Se
descompondría por sí mismo, a condición de que
el país no consienta en servirle. No
se trata de quitarle nada, sino de no darle nada. No sería necesario que el
país haga nada por sí mismo, a condición de no hacer nada en su propia contra.
Son pues los pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen maltratar, ya
que para librarse de ello bastaría con
que dejasen de servir. Es el pueblo
quien se esclaviza y se degüella a sí mismo; quien, pudiendo escoger entre estar sometido o ser libre, rechaza la libertad
y admite el yugo (…) Tomad la
resolución de no servir y seréis libres. No os pido que le empujéis y le hagáis
tambalear, sino sólo que no le
sostengáis. Entonces lo verán como un gran coloso, cuyo pedestal ha sido
apartado, caer por su propio peso y romperse en pedazos”[13].
Este es el reto, desobediencia civil y no
cooperación. Así lo entendió Luther King cuando impulsaba la lucha por los
derechos civiles:
“Llegué a comprender que lo que realmente estábamos haciendo era retirar
nuestra cooperación de un sistema injusto […] Entonces pensé en la obra de Thoreau Essay on Civil Disobedience.
[…] Me convencí de que lo que estábamos
preparando para hacer en Montgomery se relacionaba en gran manera con lo que él
había expresado. […] Quien acepta el mal pasivamente está tan
mezclado con él como el que ayuda a perpetrarlo. Quien acepta el mal sin
protestar, realmente está cooperando con él. […] Un hombre recto no tenía más alternativa que negarse a la cooperación
un sistema injusto”[14].
Esto, en
concreto es el fundamento de la acción noviolenta, no colaboración y
desobediencia civil; de lo que se trata es arrancar a las masas de la
influencia político-ideológica del régimen, la vida en la verdad para llegar
finalmente al desafío político masivo. Para lograr este propósito se requiere
un proceso activo de “toma de conciencia” tal y como acertadamente plantea Manuel
Ramírez Chicharro[15], al decir:
“El centro sobre el que orbitan las diferentes acciones noviolentas es
el “proceso de toma de conciencia”, medio imprescindible para llevar a cabo la
revolución pacífica. Racionalidad, originalidad y creatividad se han de
combinar para marcar las pautas correctas a seguir en el enfrentamiento por “la
dignidad y la libertad humanas”; proclama que se repite, directa o
indirectamente, en todos los movimientos noviolentos a lo largo del siglo XX”.
La disidencia[16] interna debe tener en
cuenta la propuesta formulada por Gene Sharp: “Se debe fortalecer a la población oprimida en su determinación de
luchar, en la confianza en sí misma y en sus aptitudes para resistir (…) Confrontada con una fuerza firme y confiada
en sí misma, con una estrategia concienzuda y de genuina solidez, la dictadura
eventualmente se desmoronará (…) el liberarse de las dictaduras, en última
instancia, depende de la capacidad que la gente tenga de liberarse a sí misma”.
Esto significa formar conciencia por medio de una labor sistemática,
inteligente, con creatividad; explicando y razonando y con objetivos claramente
definidos.
El régimen
castrista, cada vez es más débil y aunque todavía cuenta con las fuerzas
represivas, la acción de sus órganos secretos, los cuerpos policiacos, los
jueces y las prisiones ha ido perdiendo legitimidad ante la opinión
internacional. La economía está en grado de descomposición y los recursos son
menos accesibles. Para su legitimación acude a la colaboración de las masas,
convocando a concentraciones y desfiles que se logran por presión. La no
colaboración de la población o de una parte significativa de ella le resta
legitimidad. No se requiere del empleo de las armas para hacer caer a la
tiranía solo se requiere la no colaboración en la coartada del régimen, negarse
a cotizar para los sindicatos oficialistas que no representan los intereses de
los trabajadores, no participar en las reuniones de los Comité de Defensa de la
Revolución, no participar en las farsas electorales del régimen o al menos
entregar en blanco o anuladas las boletas. El castrismo es sustentado por las
masas, cuando las masas dejan de cooperar, el fin del sistema está cercano y se
puede lanzar el desafío político final. Cuando el individuo en cuanto tal,
libre y autodeterminante rechace la colaboración con el gobierno o con el
partido oficial, el Estado totalitario pierde el fundamento de su legitimidad. José
María Beneyto Pérez en Propiedad, Estado
y Sociedad[17]
aclara este concepto, cuando dice que el fundamento de la legitimidad del
Estado “no hay que buscarlo (…) en él mismo, ni tampoco en su origen
histórico o en la voluntad divina, sino en la clave misma de la sociedad: el individuo en cuanto tal, libre y
autodeterminante”.
Debe tenerse en
cuenta la tesis formulada por Gene Sharp[18]:
“A veces un llamado a la resistencia por
parte de un pequeño grupo o de una persona puede encontrar inesperadamente una
inmensa acogida. (…) Si un número
suficiente de subordinados se rehúsa a seguir cooperando por un tiempo
suficiente a pesar de la represión el sistema opresivo se debilitará, y acabará
por desplomarse”.
En este punto se
requiere una reafirmación de la definición de desafío político que ofrece Roberto
Helvey[19]: “El ‘desafío político’ es una confrontación noviolenta (protesta, no
colaboración e intervención) que se lleva a cabo de manera desafiante y activa,
con fines políticos. (…) La palabra
‘desafío’ denota una deliberada provocación a la autoridad mediante la
desobediencia, y no deja lugar para la sumisión. (…) Se usa principalmente para describir la acción realizada por la
población para retomar de manos de la dictadura el control de las instituciones
gubernamentales mediante el constante ataque a las fuentes de poder y el uso
deliberado de la planificación estratégica y de las operaciones para alcanzarlo”.
Tengamos
presente que tanto la desobediencia civil, es decir, la violación abierta y
deliberada de la ley con un propósito político o social colectivo, como
cualquier otra acción noviolenta que plantee el conflicto político coloca a los
actores en la ilegalidad al rechazar las leyes y hasta la Constitución política
del régimen castrista. Es un riesgo que, empero hay que enfrentar. No se puede
obviar que el gobierno, ante un poderoso desafío político, reaccionará con
violencia. La represión violenta del gobierno no es un indicador del fracaso de
la acción noviolenta, sino el resultado lógico de que la acción noviolenta representa
una seria amenaza a su poder. Sin embargo, el poder represivo del gobierno crea
dificultades a la capacidad de organización, comunicación y movilización de los
activistas de la acción noviolenta.
De acuerdo con
Kurt Schock[20]: “Deben confluir dos condiciones básicas para que un desafío contribuya a
las transformaciones políticas: 1) el desafío debe ser capaz de oponerse exitosamente a la represión, y 2) el desafío debe socavar el poder del Estado. Esas
condiciones son suficientemente obvias. Lo que es menos obvio son los atributos y acciones de quienes
promueven el desafío y que contribuyen a que se den esas condiciones y
mecanismos que vinculan los atributos del movimiento y el accionar para el
cambio político”. He aquí una referencia clara a la capacidad de liderazgo
de los promotores del desafío y a su habilidad para sortear las dificultades
generadas por el accionar represivo. Muy importante, más que priorizar las intenciones
hay primero que evaluar las capacidades.
Hay un aspecto
sobre el cual deben actuar los conductores de la lucha noviolenta para generar
confianza, credibilidad y adhesión a las propuestas de desafío político al
régimen de opresión: remodelar la conciencia social que solo ve, como única
solución, la de deshacerse de los que llegaron al poder por la vía armada
empleando sus mismos métodos. Esta conciencia del poder por la fuerza hace
restar resistencia a enfrentar a un régimen sustentado en el poder militar. En
toda sociedad existe una memoria histórica que exalta a los que por el recurso
de las armas alcanzaron los lauros. Solo en esa memoria destacan como héroes
epónimos aquellos que lograron triunfos en grandes batallas militares. Jacques Semelin,
refiriéndose a la época de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación de
Francia por las tropas alemanas, expresa: “Si
nuestra memoria colectiva sólo retiene de la historia los hechos de violencia,
es evidente que las soluciones que podemos hoy dar a los problemas de la guerra
no pueden ser sino soluciones militares”[21].
¿Cuál es la memoria colectiva de la historia que perdura entre los cubanos?
Toda nuestra historia se ha formulado sobre la violencia, desde las luchas de
los vegueros contra el estanco del tabaco del siglo XVIII que concluyó con la
fallida insurrección del 23 de febrero de 1723, pasando por las conspiraciones
de la escalera, del Aguila Negra y la de los Rayos y Soles de Bolívar, hasta las
sublevaciones de José Antonio Aponte del 15 de marzo de 1812 y la de Joaquín de
Agüero del 4 de julio de 1851, para luego desencadenarse las tres contiendas
por la independencia nacional. Posteriormente durante la república, la protesta
armada de los Independientes de Color en mayo de 1912, la insurrección de la Chambelona
de 1917 y las conspiraciones y lucha armada urbana contra la dictadura de
Gerardo Machado en 1933. Por último, la guerra revolucionaria contra la
dictadura batistiana desde las sierras orientales y el Escambray, que entronó
definitivamente en el poder a Fidel Castro y continuada por las secuelas de las
guerrillas contrarrevolucionarias del Escambray.
Esta memoria
colectiva histórica, en nuestras condiciones, olvida otras formas de lucha de
carácter noviolenta que se han practicado en Cuba, aunque por lo general
asumiendo el carácter de luchas sindicales, como es el caso de la Huelga de los
aprendices de 1902, conflicto iniciado cuando los tabaqueros de la fábrica La
Carolina exigieron que se aceptaran como aprendices en la industria tabacalera
a jóvenes cubanos, un derecho que hasta entonces solo estaba reservado para
extranjeros. Como informa Dimas Cecilio Castellanos Martí, “el rechazo patronal desató un violento
conflicto que paralizó la vida económica de la capital y se extendió a otros
sectores y regiones del país. Aunque las demandas no fueron satisfechas
inmediatamente, desde ese momento, gracias a la mediación de un grupo de
Veteranos de la Guerra de Independencia, la negociación indicó el camino más
viable para el desarrollo de las relaciones obrero-patronales”[22]. En febrero-junio de 1907
se desata la Huelga de la Moneda impulsada por los tabaqueros que exigían el
pago de sus haberes en moneda americana en lugar de la circulante hasta
entonces de la española. Esta huelga contó con un poderoso apoyo entre los
trabajadores de otros sectores y con el auxilio de los tabaqueros de Tampa,
Cayo Hueso y New York. En los años 30, el sindicalismo cubano desarrolló un
movimiento en contra del régimen de Gerardo Machado que puede ser concebido
como actos de noviolencia. Dima Castellano refiere que “en la zafra 32-33 pararon 25 ingenios y más de 100 colonias de caña. En
1933 la ola de huelgas alcanzó el transporte urbano de La Habana. Ante el
Estado de Emergencia decretado por el gobierno los trabajadores lanzaron la
huelga general del 5 de agosto que contó con el apoyo de todos los sectores
sociales, algo sin precedentes en la historia de Cuba (…) Paradójicamente, Machado, que había
asegurado que ninguna huelga duraría más de 24 horas, salía del poder precisamente
por la huelga más fuerte del movimiento obrero cubano”.
Así vistos estos
antecedentes podemos coincidir con el punto de vista del ya citado Semelin: “si recogemos del pasado las huellas de otra
historia, de otra defensa, de una resistencia no militar que ha mostrado aquí y
allá su eficacia a lo largo de los siglos, entonces el discurso moderno sobre
la defensa no puede encontrarse sino profundamente transformado. Es, pues,
fundamental para la credibilidad de una alternativa noviolenta a la defensa,
buscar las raíces históricas, sus manifestaciones en las distintas épocas,
regímenes y culturas”.
[1] Bertrand de Jouvenel. Sobre
el Poder - Historia natural de su crecimiento. UNION EDITORIAL S.A., 2011
[2] Hermann Heller. Op. Cit.
[3] Gene Sharp. Como
Funciona la Lucha Noviolenta. Obra
condensada de The Politics of Nonviolent Action. The
Albert Einstein Institution, 2014
[4] Montesquieu. El Espíritu de
las Leyes. Libro III. Cap. X
[5] Max Weber, Economía y
sociedad, México, FCE, 1981
[6] Étienne de La Boétie. Discurso
de la servidumbre voluntaria. Publicado en 1576
[7] Václav Havel. Todos
ayudamos a crear el totalitarismo. Discurso pronunciado al asumir la
presidencia de Checoslovaquia el 1 de enero de 1990
[8] Hannah Arendt. Los orígenes
del totalitarismo. Edit. Taurus, 1974
[10] Václav Havel. Op. Cit.
[11] Václav Havel. El poder de
los sin poder. Ediciones Encuentro, Madrid, España, 2013
[12] Henry Thoreau. Desobediencia
civil
[15] Manuel Ramírez Chicharro. Desobediencia
civil: la fuerza más poderosa. Historiadores Histéricos, Universidad de
Castilla La Mancha (UCLM)
[16] Empleo este sustantivo a propósito, para recalcar que, hasta el presente,
no existe como tal en Cuba y desde un punto estrictamente formal, una verdadera
oposición, es decir como expresión organizada de la controversia que tiene
lugar en el proceso de formación de la voluntad política y de la adopción de
decisiones. La oposición sólo se entiende en cuanto “aspirante al gobierno”, y
esa aspiración sólo es viable cuando se cuenta con el apoyo electoral o popular
suficiente para lograr sus propósitos, vinculándose al conflicto político
entendido como la mutua, simultánea y contradictoria aspiración de dos fuerzas
oponentes a un mismo objetivo la toma o mantenimiento del poder y con capacidad
para integrar y articular intereses y demandas.
[17] José María Beneyto Pérez. Propiedad,
Estado y Sociedad: posibilidades de un análisis estructural diacrónico.
Revista de Estudios Políticos 15.
[19] Roberto Helvey, citado por Gene Sharp. Op. Cit.
[20] Kurt Schock. Insurrecciones
no armadas. Movimientos de poder popular en regímenes autoritarios. Editorial
Universidad del Rosario, Colombia, 2008
[21] Jacques Semelin. A la
búsqueda de nuestra historia. Dossier nº2 de la revista "Non-Violence
politique" traducido por Revista Oveja Negra nº 33. Noviolencia.org
[22] Dimas Cecilio Castellanos Martí. Nacimiento, desarrollo y muerte del sindicalismo cubano. Historia
del Movimiento Sindical Cubano, Profesor Castro 2002

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