Mario
J. Viera
¡Cuántas veces te vi parada
a mi lado! Busque con mis ojos tu rostro, pero tu gélida mirada me rechazaba. Te
alejabas de mí con tu sonrisa triste, como diciéndome: “¡Será algún día!”
No te busco, ni te fuerzo a
tomarme entre tus brazos, porque sé que, en un día cualquiera, de un cualquier
año, vendrás a buscarme. Tu pálido rostro se volverá hacia mí y tus fríos brazos
me acogerán... y disfrutaré de tu entrega y serás mía como yo estoy destinado,
inexorablemente, a ser tuyo.
Es hermosa mi amada, aunque
otros no la vean como yo la contemplo. Ella es dulce y tranquila, aunque otros
la crean amarga y cruel.
Fuerza en ella, mi amada,
hay... e inspira temor, el temor de lo inevitable, de lo que tiene que ocurrir,
porque tiene que ocurrir...
Y recorres el mundo
incansablemente visitando, tanto al palacio suntuoso del potentado como a la
choza del pobre mendigo. Tu nos miras a todos como iguales y a todos igualas, al
valiente y al cobarde, al sabio y al ignorante, al pobre y al rico... ¡No
reconoces clases ni privilegios!
Los años pasan y mis días
se acortan y yo te espero, sin anhelo, sin apuros, sabiendo que ya no estás muy
distante, conociendo que ya estás próxima... Y ha de llegar el momento, cuando
me digas, con un beso tuyo: “¡Ya es la hora... Acompáñame!” Entonces yo me
volveré olvido, mi nombre apenas se pronunciará, pero tú me conducirás por las
sendas del reencuentro, donde me aguardan aquellos que fueron tan queridos por
mí...
Te abrazarás a mí, amada
eterna, te unirás a mi cuerpo con fruición lujuriosa y te llevarás mi calor en
tanto yo comparto tu frialdad y nos disipemos en un orgasmo de eternidad...
¡Cuán hermosa eres, mi amada eterna, oh, amada Muerte!

No hay comentarios:
Publicar un comentario