I
Todo
partido político representa una opción de gobierno. Los partidos se estructuran
sobre un programa de propuestas afines a un sector de la población dentro del
cual buscan sus adherentes. Alcanzar el poder es el objetivo final de todo
partido político, empleando para ello una estrategia elaborada a tal propósito.
Tengamos presente que la lucha política no es una aventura, sino un accionar
consciente y decidido para alcanzar, en primer lugar, el poder político. Sin
ese objetivo primario no se estará hablando de organización política sino, solo
y nada más, de una organización de carácter civilista.
La
oposición cubana debe organizarse políticamente, dejando de ser simples grupos
contestatarios. No se trata solo de hacer resistencia al gobierno, sino que
debe convertirse en fuerza de presión sobre el gobierno. Es necesario plantear
el desafío político, el que como define Gene Sharp en De la Dictadura a la Democracia[1],
es el medio idóneo para negarle al régimen el acceso a sus fuentes de poder
fundadas en la cooperación, sumisión y obediencia de la población. La puesta en
práctica de lucha noviolenta. Por tanto, la oposición debe dejar de ser
expresión disidente para proponerse como una opción diferente de gobierno; como
oposición con objetivos definidos.
Captar
el apoyo de la población, inicialmente quizá, como apoyo silencioso, pero,
posteriormente, como apoyo definido. Y este apoyo no se alcanza lanzando solo
consignas que pudieran considerarse subversivas, como es gritar “¡Abajo
Fidel!”, “¡Abajo Raúl!”, o “¡Abajo el comunismo!” que intimidan a la población
ante el riesgo de la represión. Deben elaborarse consignas que pongan su
atención en los problemas que enfrenta toda la sociedad, el salario, la
alimentación, las condiciones de la asistencia médica, las deficiencias en la
transportación pública, el suministro de agua, las condiciones habitacionales y
muchas otras de igual corte, y siempre aclarando e instruyendo que toda esa
problemática solo es posible superarla con la sustitución del régimen por un
gobierno de carácter democrático y que ese gobierno solo es posible con el triunfo de la
oposición.
La
oposición debe elaborar un programa mínimo de gobierno y hacerlo conocer por la
población. Esto en un primer acercamiento.
Se
debe estudiar y elaborar una estrategia de lucha fundada sobre las realidades
nacionales y sobre la capacidad de movimiento y organización de la oposición.
Lo ideal es alcanzar un consenso entre los diferentes grupos opositores en
torno a una plataforma común que no necesariamente tenga que constituirse en un
solo partido de toda la oposición. No obstante, si este ideal no es alcanzado,
un grupo opositor debidamente organizado que cuente con líderes aptos podría
asumir el desafío político por sí mismo.
Hemos
hablado de desafío político dirigido a alcanzar el apoyo de la población para
restarles fuerzas a la dictadura y debemos insistir en este tema, desafío
político; pero este desafío tiene como base lo político y, por tanto, se debe
pensar políticamente. Y la política es un conflicto entre posiciones diferentes
de poder; es la lucha por desplazar al adversario y ocupar su posición, tal y
como se organiza una batalla militar: ocupar posiciones, sostenerlas y
finalmente integrarlas; o como definiera Carl Schmitt en “El Concepto de lo Político”, “la
esencia de las relaciones políticas es el antagonismo concreto originado a
partir de la posibilidad efectiva de lucha”.
El
tiempo de lo político se conjuga en presente. Es lo que, en el momento, hoy, se
requiere. Y el plan de lo político se tiene que fundamentar sobre la realidad
actual, valga decir, Realpolitik, que como afirma el politólogo Fernando Mires,
significa “hacer política de y en la realidad”. Si se descuida lo real objetivo
a favor de lo ideal subjetivo se termina en el fracaso de todo empeño. La
política es una práctica que tiene lugar en el plano de la realidad concreta de
acuerdo a la dimensión exacta de las diferencias entre fuerzas antagónicas en
el marco de la lucha por el poder; esta es una definición correcta de lo que
sería pensar políticamente. Por tanto, se debe imperativamente pensar
políticamente.
Volvamos
a Carl Schmitt para definir el enemigo en el plano político: “El enemigo político ─ nos instruye
Schmitt ─ no tiene por qué ser moralmente
malo; no tiene por qué ser estéticamente feo (…) Es simplemente el otro, el extraño, y le basta a su esencia el
constituir algo distinto y diferente en un sentido existencial especialmente
intenso de modo tal que, en un caso extremo, los conflictos con él se tornan
posibles, siendo que estos conflictos no pueden ser resueltos por una normativa
general establecida de antemano, ni por el arbitraje de un tercero
‘noinvolucrado’ y por lo tanto ‘imparcial’”. Esto nos conduce a dos
propuestas de Gene Sharp: Primero, no depositar las esperanzas de liberación en
salvadores extranjeros como “las Naciones
Unidas, un país en particular o sanciones internacionales económicas y
políticas”. Segundo, no dar mayor influencia al diálogo o a las
negociaciones entre demócratas y dictadura. “El triunfo lo determina con más frecuencia, no la negociación de un
arreglo, sino el uso acertado de los métodos de resistencia más apropiados y
poderosos posibles”.
En
todo actuar político frente a una dictadura es imprescindible evitar la
improvisación; cada paso que se dé, debe ser previamente bien pensado. Esto
exige que la organización opositora concentre la mayor parte de su actividad y
recursos al trabajo en la organización interna y en la relación con su base
social, es decir, como apuntan José Luis Fernández Casadevante y Nacho García
Pedraza, “una dinámica que de forma
oculta permite poner en marcha nuevas relaciones sociales (solución de
problemas, identidades colectivas…) que si se extienden terminan teniendo
grandes impactos sobre la realidad”[2].
La
oposición debe prepararse para alcanzar el poder ─ política, como precisa
Weber, es “la intención de participar del poder” ─ y, por tanto, debe contar
con líderes que posean cultura política. Es necesario estudiar sin dejar de
actuar. Todo gobierno es un problema sumamente complejo y hay que estar
preparados para tener la capacidad de enfrentar las complejidades del gobierno.
Cuando esto se alcanza crece la confianza de los grandes grupos de la población
en sus líderes.
Llegar
al poder, significa, restaurar la República; pero para instaurar la República
hay que transformar, abatir las estructuras del Estado totalitario; significa
una remodelación de todo el actual sistema legal. Remodelar el Poder Judicial y
restablecer el Poder Legislativo transfiriendo el ejercicio de dictar las leyes
al Congreso. Una tarea si se quiere titánica que debe enmarcarse dentro de
específicas estructuras jurídicas. ¿Está la oposición cubana preparada para
enfrentar estas transformaciones y gobernar al país? El talento y la cultura
política que existe en el exilio puede ser de gran ayuda, pero no lo
suficiente.
¿Partir
de cero? No necesariamente. Primero, hay que rescatar la tradición legislativa
y constitucional de la República y, para ello partir del reconocimiento de la
Constitución de 1940 como el instrumento legitimador de la lucha política
opositora y principio y guía para la formulación estatal. Proclamar el
restablecimiento de la Constitución de 1940 tiene más fuerza política que
proclamar el establecimiento de una Constitución que ni siquiera ha sido
redactado el texto de su Proyecto ni recibido el consenso de la nación. Y tiene
más fuerza porque, en primer lugar, ello significa retornar a la democracia
republicana anterior al zarpazo del 10 de marzo de 1952. No es necesario
legislar un nuevo documento constitucional, ni perder tiempo en programar una
nueva Asamblea Constituyente, tiempo que se requerirá para las imprescindibles
tareas que se requieren acometer para darle solución a los múltiples y
complejos problemas que plantea el salto hacia la democracia. El mismo Sharp
considera viable esta opinión cuando se refiere al Trabajo Preliminar para una
Democracia Duradera (Capítulo Diez) señalando: “Si una constitución (…)
hubiera existido antes en la historia del país recién liberado, sería deseable
reimplantarla modificándola apenas en lo que fuere necesario y deseable”[3].
Segundo,
poner en vigor las leyes elaboradas en el país y que estaban vigentes antes del
10 de marzo de 1952. Código Civil, Código del Comercio, Código de Defensa
Social (Derecho Penal); Leyes complementarias de la Constitución: Ley No. 13 de
diciembre 23, 1948 (Creadora del Banco Nacional de Cuba), Ley 14 del 20 de
diciembre de 1950 (Tribunal de Cuentas). Además, el Decreto Nº 2059, de 6 de
octubre de 1933, publicado en la Gaceta Oficial el 9 de octubre de 1933 que
declaraba la autonomía universitaria y el Decreto 798 de abril de 1938, que
funcionaba como un Código del Trabajo, referente a la contratación laboral, reglamentación
sobre la terminación de la relación laboral, y la obligación de confeccionar un
expediente para los despidos.
Toda
la producción legislativa, bastante extensa de la República no se ha perdido.
En universidades estadounidenses se encuentran útiles libros al respecto que
recogen en sus páginas el texto de muchas importantes leyes; así también en la
Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos pueden encontrarse muchos de los
números de la Gaceta Oficial de Cuba. Consejos útiles para la reforma del Poder
Ejecutivo se pueden encontrar en ensayos redactados por Alberto Luzárraga (“Reflexiones sobre un futuro Poder Judicial
en Cuba” y “El Tribunal
Constitucional: Elemento esencial de una Cuba Libre y Democrática. El Cómo y el
Por Qué”).
La
lucha contra la dictadura basada en la confrontación por medio de la noviolencia requiere, primero un núcleo
dirigente con líderes políticamente preparados, que cuenten con asesores
jurídicos y con activistas disciplinados que sepan vincularse con la población
y estén capacitados para actuar como efectivos agitadores políticos. Pero el
agitador político, en las condiciones de lucha noviolenta, no es el que
perturba los ánimos para promover acciones violentas. El agitador político debe
ser un activista bien preparado y disciplinado, capaz de poner de manifiesto el
carácter tiránico del sistema, argumenta y exhorta a huelgas, protestas,
movilizaciones o acciones de desobediencia civil y de lucha; su función es
exaltar los ánimos de las personas para inducirlas a la acción y producir un
sacudimiento social, es decir impulsar el desafío político masivo.
Alcanzar
un nivel alto de organización política requiere constancia en el trabajo,
inteligencia, decisión y sobre todo no actuar precipitadamente y a la vez no
perder el tiempo. Una dictadura de más de cinco décadas no se abate en semanas,
primero hay que estructurar la fuerza opositora, con paciencia y con astucia y
sin perder de vista que siempre dentro de sus filas habrá infiltrado algún
provocador de la policía política. Es importante tener en cuenta la
recomendación de Sun Tsu en El Arte de la
Guerra que resulta equivalente al concepto de estrategia política de
resistencia o de lucha noviolenta: “Con
una evaluación cuidadosa (de las condiciones), uno puede vencer; sin ella, no puede. Mucho menos oportunidad de victoria tendrá aquel que no realiza
cálculos en absoluto”.
Este
es pues, el dirigente opositor actuando políticamente, desplegando las
cualidades que según Max Weber son “las
decisivamente importantes para el político: pasión, sentido de la
responsabilidad y mesura”.
Pasión, puesta al servicio de la causa que anima, la del conflicto entre el
pueblo y el no-pueblo, entre el pueblo y la cúpula del poder, para que sea “la estrella que oriente la acción”;
acción conducida por la mesura, que es, para decirlo con palabras de Weber, “la cualidad psicológica decisiva para el
político”; es decir, la “capacidad
para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la
tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas”.
Esto simplemente es saber situarse en el momento político y poder decidir lo
que Schmitt denominó “posibilidad efectiva de lucha”, y sin perder de vista los
axiomas de Sun Tsu: “Si conoces a los
demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no
conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás
otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en
cada batalla”. Conocerse a sí mismo, a la organización que impulsa la
acción para el cambio, es conocer sus Debilidades, qué se está haciendo mal,
qué se debe evitar, qué se puede mejorar; las Amenazas que debe enfrentar,
obstáculos, acción del oponente, la Fortaleza que se posee en adhesiones,
recursos y apoyos, y las Oportunidades de las que dispone el movimiento de cara
a la campaña que esté planeando.
[1] Gene Sharp. De la Dictadura
a la Democracia. The Albert Einstein Institution
[2] José Luis Fernández Casadevante y Nacho García Pedraza. Manual para las formaciones en Noviolencia y
Transformación Social. International Institute for Nonviolent Action.
Diciembre 2013. 2ª edición.
[3] Gene Sharp. Op. Cit.

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