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lunes, 16 de julio de 2018

Capítulo III. Una casita a la orilla del mar


Mario J. Viera



Hoy regreso de nuevo a mi banco verde en esta playa a la que siempre acudo. El mar está algo picado, con olas de dos pies de altura. La brisa, el viento, es fuerte, viento que viene del norte. Corretean sobre la arena algunos niños que ríen a todo pulmón y una mujer pasea un perro, y a la orilla del mar, un hombre sentado fuma un cigarro y parece meditar; un poco más allá un hombre, de ajustada breve trusa, corre hacia la playa y se arroja al agua nadando a grandes brazadas. Nada con elegancia, con movimientos ágiles, y va adentrándose entre las olas hasta donde las aguas son más profundas, allá donde yo no soy capaz de llegar; es que nunca he podido ser buen nadador.

No sé por qué, hoy, esta playa me trae el recuerdo de aquella de muy blancas arenas donde solía bañarme completamente desnudo, allá, en la, casi borrada de mi mente, bahía de Corrientes... En nada, esta que ahora frecuento, se asemeja a aquella playa de Corrientes, donde un tiempo estuve obligado a vivir. Una gran bahía abierta de aguas muy claras y tibias, donde se cuenta, y se cree, que allí abundan pecios de barcos perdidos en tiempos de la piratería del Caribe. Tres meses pasé allí, en un campamento llamado Uvero Quemado; tres meses de forzado trabajo, en medio del bosque de yayas, varías, ayuas y pinipiniche, el árbol tóxico de Guanahacabibes, cargando los troncos cortados para hacer carbón.

Uvero Quemado, el denominado “campamento de rehabilitación”, que supuestamente acogía a funcionarios y militares con faltas disciplinarias graves: uno de esos caprichos reeducadores del que era ministro de Industrias. Dos largas naves de paredes de palma y techo de palma cana; una dedicada a albergue, la otra funcionando como comedor y cocina; ambas, edificadas a la orilla del mar, constituían el conjunto inmobiliario del campamento. Allí llegué, junto con mi amigo Nelson, por el mes de enero de 1963, luego de trasladarnos desde La Habana hasta Pinar del Río por ómnibus y, desde allí, hasta El Cayuco, en un auto que hacía “boteo”, recorriendo 92 km.

¡Vaya gracia y estupidez en la que habíamos caído! Sancionados estábamos a cumplir tres meses de castigo, en medio de ningún lugar y, sin embargo, hasta allá nos trasladamos por nuestros propios medios. Aquel poblacho de calles estrechas y de pobres edificaciones, a donde habíamos llegado, se nos antojaba como uno de esos pueblos que aparecen en los westerns del cine de Hollywood, pero en las más lamentables condiciones, y, para mayor contrariedad, habíamos llegado allí cuando la tarde ya estaba muriendo. ¡Triste pueblo oscuro!

¿Y por qué estábamos castigados a ser corregidos? Tengo que reírme, cada vez que lo recuerdo: Habíamos desobedecido una directiva administrativa, ¡tres meses antes de que la misma se dictara! “¿Acaso una directiva posee vigencia retroactiva?”, había cuestionado yo a aquella especie de tribunal que me juzgaba, el viceministro del ramo, el director y el subdelegado de la Empresa Consolidada, y un tipo gordo que allí nada pintaba, uno de esos que llamamos “tracatanes”, los que siempre les ríen las gracias a los dirigentes y siempre están dispuestos a hacer cualquier cosa que el jefe le ordene, hasta colarles y llevarles el café a su oficina. El vice ministro me regaló una severa mirada: “Un revolucionario siempre tiene que saber qué no es correcto, aun cuando no se haya oficialmente declarado que es incorrecto hacer lo que tú hiciste”. Se suponía que éramos “revolucionarios”, que teníamos que ser disciplinados, de modo que, para no ser vistos como “no-revolucionarios”, teníamos que acatar la decisión e irnos sin chistar para Guanahacabibes.

Siempre me pregunto por qué fui sancionado por una empresa cuando ya no trabajaba para ella y no se trataba de la comisión de un delito. Pienso ahora, como desde siempre lo pensé, que se trataba de una revancha. Cuando el subdelegado todavía no era subdelegado, sino una especie de contador de la provincia, tuvimos una fuerte discusión, porque me exigía que yo, personalmente, le detallara cada fase del proyecto arquitectónico que estaba acometiendo en un central azucarero de la provincia de Camagüey: “No soy contador ─ le había aclarado ─. Es el contador del central el que debe elaborar los informes financieros de la obra. A mí me supervisa el departamento de obras o de arquitectura del Ministerio de Industrias”. Pero el hombre seguía insistiendo en hacer de mí un burócrata más de la empresa y yo concluí mandándole para el carajo...  Eso mismo debí contestarle a aquella cosa ilegal que intentaba semejarse a un tribunal penal; pero no lo hice. Comprendí que ya sus conclusiones estaban previamente decididas y, molesto, me dejé llevar por el orgullo, y les reté: “¡Al carajo, yo no le tengo miedo al trabajo y se los voy a demostrar! ¿Cuándo tengo que partir para Guanahacabibes?”

Mi amigo Nelson y yo nos conocíamos de la Universidad, cuando yo estudiaba Arquitectura y el Derecho ─ aunque él nunca terminó sus estudios ─. Había sido militante de la Juventud Socialista y, por aquel tiempo ya formaba filas dentro del Partido Socialista Popular y, gracias a esta contingencia, le habían designado como administrador de un central azucarero en Camagüey. ¡Nada conocía él de azúcar, ni de caña, ni de industrias, ni de centrales! Pero era de “patria o muerte” y, con eso bastaba. Dando traspié ─ me relató ─ había comenzado como administrador en uno de aquellos centrales azucareros que habían sido propiedad de la dinastía Falla. Poco a poco le fue cogiendo el juego al proceso azucarero y entendiendo todo su mecanismo tecnológico. “Cometí un error”, me había dicho. Me contó que había llegado el tiempo muerto y se comenzaba el desarme de la maquinaria del central. Solo un pequeño número de los obreros del central se ocupaban en aquellas tareas. Sin embargo, la mayoría de los trabajadores quedarían cesantes hasta la próxima temporada de zafra. Según me dijera Nelson, uno de aquellos trabajadores desplazados, había llegado a la oficina del central, diciendo que tenía una hija enferma y que necesitaba comprarle medicinas, por lo que solicitaba le dieran un anticipo del salario que debía recibir en la próxima zafra; pero aquello no era posible, no había fondo salarial que le respaldara; pero el hombre no entraba en razones y seguía exigiendo que le concedieran el anticipo salarial que reclamaba: “Solo son cien pesos...”, decía. Ni el pagador del central, ni el contador y ni el jefe de oficina lograban hacerle entender a aquel obrero que no tenían recurso alguno para otorgarle aquel anticipo o préstamo tan reclamado por él.

Llamaron a Nelson, al administrador del central. Le explicaron lo que sucedía. “Mire, administrador, le dice el hombre, cuando los Falla, uno venía a pedir un préstamo y no había problemas, ¡te lo daban!”. Nelson no sabía que decirle, entonces tomó una decisión y le dijo al molesto trabajador: “Mira, para ti ahora no hay fondo salarial, para darte un préstamo, pero vamos a hacer algo. Yo tengo fondo salarial y ya estamos en la segunda quincena... ¿Necesitas cien pesos? ¡Está bien! Yo pido un anticipo de mi salario y te presto ese dinero... me lo pagas cuando puedas”. Y Nelson me dijo: “Tú sabes, que eso se podía hacer, que siempre se hacía, pero yo no podía conocer que tres meses después la empresa lo prohibiría...”

Eso bastó para ser sancionado, pero no solo por eso. La verdad del por qué, lo supo cuando le estaban juzgando. El director de la Empresa Consolidada del Azúcar le soltó una inesperada pregunta: “¿Cómo fue que llegaste a ser administrador del central?” Nelson le contestó: “Usted lo sabe, porque fue Ud. quien me nombró como tal”. “Sí, lo sé, pero no tengo muy claro quién fue el que te propuso...” Nelson le contestó: “Fue la compañera Nila Ortega...” ¡Qué cara puso el director!: “¡Pero si esa ciudadana es una microfraccionaria, y está presa por eso!” Y el subdelegado sonrió y dijo secamente: “Eso lo explica todo... ¡El sectarismo!”.

Aquello me tomó por sorpresa, no podía entender aquellas razones, porque ese director, como la tal Ortega, había sido miembro del Partido Socialista Popular.

Hoy rememorando aquellos días puedo entender un poco más la condición humana, la propensión que en muchos hay al oportunismo, a esa manera de adaptarse a las condiciones del momento para el beneficio personal, no importan ideales... ¿realmente existen ideales? ¿Qué son los ideales? Intereses son los ideales. Quiero algo, lo deseo, lo conformo y lo estructuro en mi mente, lucho por ello... pero los ideales, como las ideas cambian y se modifican, siempre en transformación de acuerdo a lo que se va conociendo, de acuerdo a las experiencias del momento. La duda siempre predomina en los ideales personales, y esta es la principal diferencia existente entre estos y las ideologías. Las ideologías son cuerpos de ideas definitivas, estáticas, sin contradicciones internas y, por tanto, en ellas no existe la duda, o se cree o no se cree, se tiene como fe la verdad que propone la ideología y, si no existiera esa fe, no habría ideología; pero en los ideales cabe la duda y aquello en lo que hoy se cree, mañana podrá ser lo opuesto. Se puede desertar de una ideología, siempre han existido los herejes y siempre habrá apóstatas, pero de los ideales no existe deserción porque son evolutivos y siempre cambiantes y se modifican, no traumáticamente, sino por espontaneidad.

Pero allí estábamos en aquel emplaste de pueblo, antesala de la península de Guanahacabibes ¿Dónde pasaríamos la noche en este pueblo apagado? Y nos dicen que hay un hotel ¿Un hotel? Bueno si a aquella miserable construcción se le llamaba hotel, que más parecía una casa de citas que un hospedaje, no sé qué podía ser un verdadero hotel. ¡Nada, que “el hotel” era tan oscuro como el mismo poblado!, y un hombre de aspecto desagradable nos atendió sin mucho hablar, y nos indicó una habitación sin baño interior, alumbrada con solo una bombilla de acaso 20 bujías. En medio de la minúscula habitación, una sola cama con un alarde de cabecera de metal imitando un dosel. No nos quedaba remedio, tuvimos que tragarnos nuestros prejuicios y compartir aquel lecho, aunque sin quitarnos la ropa. La noche costaba solo tres pesos.

Muy temprano nos despertamos. Pasta de diente, cepillo. Buscamos donde desayunar. Imposible. Y nos echamos a andar. Un campesino montado en mula cargando en las ancas un bidón de leche. “Queremos ir hasta Uvero Quemado”, le preguntamos. Nos miró con curiosidad y contestó: “¡Alaba’o, eso está bien lejos! Tomen por ese terraplén y échense a andar; no sé si a pie aguantarán... De aquí a La Jaula, ¡Uf, hay como cuatro leguas! Luego lleguen hasta La Bajada, casi, casi, dos leguas más... Sigan después hasta la costa y caminen entonces como una legua más... Allá verán a ese campamento... Si no han desayunado, lléguense un poquitico más pa’lante, que allí podrán comerse un pan con lechón... ¡Ah, y busquen en qué llevar agua, que la tirada es larga...!” ¡Ni idea teníamos de cuánto en kilómetros podría ser una legua!

Bosque a un lado y otro del camino de tierra apisonada sobre un manto de diente de perro. Espesura de matorrales y altos árboles. Nos parecía, al menos a mí, estar dentro del siglo XV cuando la isla era puro monte y que, de repente, en cualquier momento aparecerían de entre el boscaje algunos desnudos guanahatabeyes, con sus collares de conchas marinas, observándonos con marcada curiosidad. Pero no aparecieron los guanahatabeyes y solo nosotros estábamos en aquella soledad, acompañados con los chillidos de las cotorras y los caos que libremente volaban sobre el tupido boscaje.  

No sé cuánto habíamos andado cuando escuchamos el motor de un vehículo que se acercaba a espaldas nuestras. Era un yip ruso Gaz-69 de cuatro puertas, que se detuvo al lado nuestro. El rostro sonriente de un negro, con uniforme militar y grados de teniente sobre sus hombreras, se asomó por la ventanilla. “¿Dónde van?”, nos preguntó. “A Uvero Quemado”, le respondimos. “¡Pues les queda una tirada bien larga! ¡Vengan, suban, que les voy a llevar!”, nos dijo, y luego se presentó: “Soy el director del campamento” y nos dijo que era el teniente Bárbaro Camejo.

Camejo, a medida que avanzábamos por el camino, nos iba describiendo los lugres: “El poblado que ya habían pasado ustedes, es Malpotón, más adelante verán La Jaula”. La Jaula, caserío de apenas una docena de viviendas abierto en medio del monte. Al cabo de diez minutos de andar, Camejo nos dijo: “Esto es La Bajada”. Acaso unas treinta viviendas de madera, yaguas y techos de paja en unas condiciones totalmente lamentables. ¡Y llegamos a Uvero Quemado! Un portón confeccionado con troncos de caña brava o cañambú, como se le conoce en la provincia de Oriente, daba acceso al campamento. De una caseta rústica con techo de pencas de palma, un hombre, con un fusil checo al hombro nos dio paso. Una gran vaya con el nombre del campamento estaba pintado en ella, junto con una consigna que ya he olvidado.

Aquel primer día lo pasamos sin hacer nada. Un segundo de Camejo, un tipo de actitudes burocráticas, nos asignó el lugar que ocuparíamos dentro del albergue: dos camastros de madera y sacos de yute haciendo las veces de bastidor. Había allí un teniente del ejército, que no sé en qué se ocupaba, aparte de dirigir los círculos de estudio de instrucción revolucionaria que todas las noches, a la luz de un farol chino se impartían antes del toque de silencio.

Alguien me había dicho que en Guanahacabibes cuando decía a hacer frío, lo hacía y cuando te devoraban los jejenes, te devoraban. Estos dos extremos los pude comprobar aquel primer día “rehabilitándome”. A las siete de la tarde, toda la población del campamento debía pararse frente a la playa en formación militar. Se hacía un recuento nominal y, puestos en “firme”, se bajaba la bandera. Yo veía como la mayoría de aquellos que se “rehabilitaban” se cubrían cuello y rostro con toallas y, enseguida me di cuenta del por qué: una verdadera nube de jejenes se echó sobre nosotros aguijonándonos sin piedad. La noche, aquella primera noche, fue una muy larga. ¡Tremendo frío! La temperatura había bajado a cinco grados Celsius, un equivalente a 45 grados F, pero la sensación térmica la hacía sentirse como si hubiera bajado a dos grados.

A las seis de la mañana “de pie”. Mucho frío y otro recuento mientras soportábamos el ataque de los jejenes. Frugal desayuno y ¡al monte! Unos derribaban a hachas los árboles que crecían en el diente de perro, otros con machetes cortaban las ramas de los árboles abatidos y otros cargaban a lomo los troncos cortados, para, dando tumbos sobre la filosa superficie del diente de perro, llevarles hasta donde se armaban los hornos de carbón. Luego de cinco horas de labor se hacía un alto para almorzar. El almuerzo, como la comida era una mezcla de arroz donde no faltaban piedrecitas y gorgojos, y malanga y boniato hervido, quizá también algún pescado guisado que, un pequeño grupo que se dedicaba a la pesca, había capturado en las limpias aguas de la bahía de Corrientes... ¡Hasta hubo ocasión en que se servían lonjas de tiburón! Esto ocurría cuando algún escualo, arriesgándose a nadar en aguas poco profundas, era capturado.

“Pepe”, así era conocido cualquier tiburón que apareciera cerca de la playa; y había muchos “pepes” en la bahía y muchos se acercaban peligrosa y audazmente hasta casi la misma orilla. Si estuvieras bañándote en aquellas aguas y oyeras el grito de “¡Ahí viene Pepe!”, tendrías que apresurarte y salir lo más pronto posible hasta la playa. Siempre, a las cinco de la tarde, cuando se detenía la labor del día, todos nos echábamos, desnudos a la pelota, a las frescas aguas de Corrientes y siempre vigilando, por si se acercara alguna escurridiza y traicionera picúa o algún sigiloso tiburón.

Camejo, el director era un incontinente lenguaraz. Le encantaba hablar como si estuviera dictando una conferencia, o como si todo lo que dijera debiera ser del mayor interés de aquellos que le soportaban su exuberante verborrea. Relataba a menudo su estancia en China donde había recibido instrucción militar y se le veía siempre como un admirador sincero de Mao, y, lo que a él más le maravillaba era aquello que decía se practicaba con gran acierto en China, el trabajo en colectividad: “¡Hay que ver como los chinos, bombea agua para el riego! Lo hacen a mano, o como si estuvieran pedaleando en una bicicleta... ¡Y toda la comuna participa en el mismo trabajo!” Y luego hablaba con emoción del gran ministro de Industrias..., otro gran admirador, entonces, de Mao Zedong o Mao Tse-Tung, como por aquellos tiempos le denominaban. Siempre pretendía mostrarse a sí mismo como un dirigente cordial y abierto; y lo lograba, siempre que no tocara el tema del “desviacionismo ideológico”. Ahí sí se ponía completamente farruco, y lanzaba rayos por sus ojos, y centellas por su boca.

No todos en aquella comunidad de transgresores miraban con buenos ojos a Camejo, y comentaban diciendo de él: “Camote ─ el apodo que le endilgaban ─ es un vive bien”; y decir de alguien ser un “vive bien” es decir lo peor, es decirle “acomodado”, “oportunista”, alguien a quien se le puede escuchar, pero nunca creer. “Sí, pero es mejor que el otro, el que estaba antes que él, el teniente Higinio”. De ese Higinio, solo había denuestos y se le recordaba con burlas y con desprecio. “Él fue quien inventó el Tatra...” Entonces a uno se le complicaba entender... ¿Tatra? El Tatra era un camión todo terreno con tracción 4x4 que por aquellos tiempos se fabricaban en Checoslovaquia y circulaban en la isla como parte de los convenios comerciales con los “países hermanos” del bloque soviético. “¡Sí, chico! ─ te decían cuando te quedabas así, con cara de tonto ─ Cuando uno llegaba aquí, te formaban ahí, frente al comedor, y venía Higinio y preguntaba: ‘¿Quién tiene licencia de conducción para manejar camiones?’ Siempre había alguno que respondía afirmativamente. Entonces, Higinio, sonreía y le decía: ‘Pues, perfecto, tú manejarás el tatra’; y te daban el tatra, sí, como no: Un taque de 45 galones con el fondo forrado de cemento, que tenías que echarte encima, junto con otro, atravesado por un tronco largo que ponías sobre el hombro y, echarte a caminar quinientos metros hasta un manantial, llenarle de agua y regresar para dejarlo en el comedor, y salir, después con otro tanque a buscar más agua y volver de nuevo, hasta terminar los cuatro tanques de agua que se mantienen en la cocina y el comedor ¡De madre, socio, de madre! ¿Sabes cuánto pesa un tanque de 45 galones con fondo de cemento? ¿Y sabes cuánto cuesta llevarle por entre el diente de perro?”

Pero lo que más distinguía el carácter del tal Higinio era aquel dicho suyo, diciendo: “¿Saben cuánto cuestan todos los componentes del cuerpo? ¡No más de veinte pesos! Pero yo valgo más que ustedes porque tengo dientes de oro”. Y mostraba su dentadura rutilante de oro.

De que “Camote”, Camejo, era un vive bien, lo pude comprobar por mis propios ojos. Recuerdo bien, que siempre me trató con cierta consideración, no sé por qué, pero parece que le caí bien; quizá porque yo era uno de los pocos funcionarios con nivel académico que estábamos confinados en el campamento. La mayoría de aquel contingente en rehabilitación eran miembros de Ejército Rebelde, los que, por un sí o un no, habían venido a parar a Uvero Quemado; la mayor parte de ellos, campesinos de la Sierra Maestra con muy escasa instrucción escolar. Apenas podían leer y, con mucha dificultad, escribir. No recuerdo cuando ocurrió, pero de buenas a primeras me encontré haciéndoles repasos de lectura y aritmética a dos de aquellos semianalfabetas campesinos serranos, allí, en el comedor, antes de partir para el monte.

Un día, cuando Camejo regresó al campamente, después de haber estado varios días en La Habana, dizque recibiendo “orientaciones” del ministro, me vio en mi labor de realfabetizador y me llamó aparte, a la oficina dormitorio que ocupaba a un extremo del comedor y me dijo: “Esteban Alfredo ─ siempre me llamaba así, con mis dos nombres de pila ─, Ud. está haciendo una linda labor... ¡Sí, y Ud. me viene a propósito! Quiero abrir algo así como una escuelita para que estos recién alfabetizados, estos héroes de la sierra, continúen su instrucción”. Y sin más ni más me soltó: “¡Quiero que Ud., a partir de mañana, sea el maestro de esta gente!” “No soy maestro”, le espeté. “¡No importa... por ahí debe haber algunos libritos de lecturas y de aritmética! Mañana Ud. tendrá su aula, aquí en el comedor”. No puedo repetir aquella afirmación de José Marti cuando dijo: “Y me hice maestro, que es hacerme creador”, porque yo no me “hice”, a mí me hicieron...

¡Qué magnífico maestro fui; tan bueno, que ni siquiera sabía preparar una clase; tan bueno que no tenía ni la más mínima idea de los rudimentos de la didáctica! Pero ya tenía mi aula... ¡Solo seis alumnos! Y eso que únicamente trabajarían la jornada mañanera; sin embargo, la mayoría prefirió seguir “tumbando matas” en el monte que languidecer de aburrimiento “sacando cuentas” y leyendo cartillas.

No sé qué tenía en mente cuando, faltándome solo tres semanas para cumplir la sanción que me fuera impuesta, decidiera abrir aquella aula y ponerme como maestro. “La reeducación es importante ─ me decía ─ para formar buenos revolucionarios... Hay que estudiar cada día”, y lo recalcaba con aquella sonrisa extraña característica de él, aquella sonrisa que ni siquiera omitía cuando tocaba los temas del “desviacionismo ideológico” y de “la moral socialista”, aunque trocada en una mueca. ¡Pobre de aquel que a juicio de Camote hubiera transgredido aquella moral con apellido, que él tanto defendía! Entonces se convertía en fiscal y juez, y se arrojaba contra el transgresor con el mismo ardor que debieron mostrar los inquisidores de la Santa Inquisición. 

Y así se lanzó contra aquel desdichado que se había ganado su estancia en Uvero Quemado, por algún asunto de faldas en Bulgaria o Rumanía, no recuerdo bien, donde estuvo becado, en no sé cuál universidad o instituto, estudiando una carrera tecnológica. Es que la moral socialista ponía límites al empleo de los genitales, y aquel becado había transgredido la espartana moralidad que se le exigía, cuando tuvo relaciones extramaritales con una chica del país. Y perdió la beca, y perdió sus estudios, porque los torquemadas socialistas decidieron deportarle para Cuba.

Era él un buen carpintero, y desde que llegó al campamento se le encargó de algunos trabajos de carpintería. No compartía el mismo albergue que el resto de los inclusos. Se le había asignado una casucha próxima a la entrada del campamento; pero una casucha bien casucha, paredes de delgados troncos y techo de paja y lata. Una estancia, si acaso de dos por dos metros de superficie. Cuando yo le observaba laborando su carpintería, me lo imaginaba, por su soledad, cual si fuera un Robinsón Crusoe antillano. Un mulato alto y delgado, de rostro serio pero agradable. Se relacionaba con muy pocas personas y era de poco hablar. Le conocí cuando me encargaron que le ayudara en no sé cuál trabajo; y siempre me intrigó el porqué del casi aislamiento en que se le mantenía desde que llegara al campamento; pero me cuidé mucho de hacerle preguntas, que pudieran ser indiscretas.

Me gané su confianza, quizá fuera porque no le hacía preguntas o porque yo le respetaba su absorto y vibrante silencio. Así le conocí un poco más. Solo un poco, porque era muy reservado sobre su vida íntima; muy obstinado en no hablar de sí mismo. Cuando había un descanso, se entregaba a la lectura de los pocos libros que había logrado traer consigo, y en la tarde, cuando concluía su jornada, se daba un baño con agua fría en una caseta sin techo, aledaña a su covacha. Luego se sentaba ante una rústica mesa y se ponía a garabatear en un cuaderno con forro de plástico, ¡y no había quien pudiera distraerle cuando se daba a la escritura!

Cuando trabajaba con la sierra cortando maderos, se concentraba en aquello, con sus labios bien apretados, casi en una mueca; a veces, sin ningún motivo, asomaba a su rostro una gris sonrisa o me comentaba algo y se echaba a reír.

Nunca preguntó mi nombre; nunca me dijo el suyo.

Todos los viernes, ya en la tarde, Camote se subía al yip que tenía asignado, y su chofer se ponía en marcha con destino a La Habana, para no regresar hasta el lunes en la mañana. Pero aquel viernes, no sé, uno cualquiera, pero diferente porque ese viernes no partiría en la tarde, sino ya al romper la mañana. Salió presuroso e inexplicablemente, el siguiente domingo ya estaba de retorno al campamento, un poco antes de la hora del almuerzo. Le vi entrar en el comedor y dirigirse a su oficina, con rostro y mirada torvos. A nadie le dio su acostumbrado y lacónico saludo de “¡Hola, buenos días, muchachos!” Llamó a su oficina a sus colaboradores y a aquel teniente que dirigía los círculos de estudio de instrucción revolucionaria. Nadie se percató de aquel detalle, o simplemente no le dieron importancia, salvo yo, que por naturaleza soy bastante curioso. Y como soy bien curioso, le dije al de la cocina que me encargaría de llevarle el termo de café a Camote y a los que con él estaban a puerta cerrada en su oficina.

Pedí permiso para entrar. Camejo, al verme llegar con la bandeja de aluminio, el termo y cuatro tacitas de barro vidriado, con gesto displicente me indicó que dejara la bandeja sobre la mesa. Así lo hice y entonces, Camejo, sin parar mientes en mí, se dirigió al de los círculos de estudio: “Teniente... ─ no puedo recordar su nombre. ¡El que sea!, teniente “fulano” ─ ¿cuál es tu opinión?”

El teniente fulano, asumió entonces una pose magistral, quedó como pensando qué responder, para finalmente decir: “Opino que se trata de algo serio... pero no creo que deba hacerse una crítica en privado. ¡No, debe ser pública!, en pleno ejercicio de la crítica y la autocrítica”. No me quedaba más remedio que salir sin poder saber qué era aquello que requería una amonestación pública, ni quien sería la víctima de la reprimenda en colectivo. Al rato lo supe. Supe que la víctima no era otro sino el carpintero, el becario de aquel “país hermano”, fuera Bulgaria o fuera Rumanía.

Reunión pública. Todos atentos. Todos escuchando hablar a Camote. Todos de pie, bajo el sol, en semicírculo, y en el medio, el carpintero. Y Camejo explica el porqué de aquella reunión. “Este hombre ─ comenzó diciendo Camejo, mientras señalaba hacia el carpintero ─, ha faltado a la moral socialista y debemos confrontarle públicamente. Ya conocíamos de su falta olvidando que, de cierta manera, nos estaba representando a todos como becario en un país hermano, y ¡de qué manera! Se dejó llevar por la lujuria y comprometió el honor de una mujer de aquel país, donde la Revolución le había enviado para capacitarse...” El carpintero trató de decir algo, pero Camejo le corta tajantemente. “¡Espere... ya tendrá tiempo para responder!” Y continuó su alegato: “En el Ministerio se han recibido nuevas informaciones con respecto a la pésima costumbre de este, de este... compañero”. Extrajo unas hojas mecanografiadas del portafolios que llevaba consigo. “Esto se recibió recientemente ─ continuó ─ ¿Saben ustedes lo que son estos papeles? Pues la traducción de una carta que a este hombre se le interceptó en... (¿Rumanía? ¿Bulgaria?) y dirigida a la muchacha con la que se acostó...”

Intentó de nuevo hablar, quejarse el carpintero, pero de nuevo Camejo le impidió hacerlo.

Todos expectantes. ¿Una carta interceptada? ¿Contrarrevolucionaria, acaso?

“Se las leeré ahora... ¡Escuchen! Dice así... ‘Querida amada mía: La distancia nos aparta; pero ¡qué importa esto si seguimos unidos en el recuerdo, en nuestro amor!’ Vean cuanta poesía...”

No se puede contener el carpintero y dice, casi gritando: “Esa carta es correspondencia privada y no tiene por qué ser divulgada públicamente”. “¡Para un revolucionario nada es privado!” ─ le ripostó Camejo ─, y mucho menos cuando se está cumpliendo con una misión de la Revolución”.

Un silencio grave a todos nos embargaba escuchando aquella terrible sentencia pronunciada por el director del campamento de rehabilitación.

Volvió Camejo a la misiva y continuó leyendo: “Escuchen lo que aquí agrega: ‘No pierdo la esperanza de reencontrarnos. No me dejo vencer, porque bien sabes, yo tengo la fuerza y el coraje del león. Volveremos a ser felices, aquí, en mi país o en cualquier otro país donde podamos vivir...’ ¿Están escuchando? Este hombre insinúa una deserción...”

Le interrumpe el carpintero y le dice: “No soy militar, no pertenezco a ningún ejército, no se me puede acusar de deserción... Solo le expreso a ella una esperanza...”

No le presta Atención Camejo a su reproche, y continúa: “Un león... se considera él mismo un león... Vean, vean lo que más adelante agrega: ‘¡Qué feliz soy al enterarme que me has dado un hijo! ¡Cuida a mi cachorro, cachorro de león!’” Se vuelve Camejo hacia el carpintero, su gris sonrisa ahora hecha una mueca: “Usted ha dejado su semilla en ese país hermano... ¡Su semilla! ¡Un niño sin padre! Y parece que Ud. no quiere reconocer su culpa”.

_ ¿Cuál culpa? ─ reclama el carpintero ─ ¿La de no poderme mantener célibe por más de un año? ¿Acaso somos monjes cartujos? ¿Cuál culpa?, pregunto, ¿la de haber amado a una mujer? ¿Quién tiene la culpa de que mi hijo no tenga padre? ¿Acaso yo? No, no yo, sino aquellos que me separaron de mi hijo antes de que naciera... ─ y su voz se quiebra como en un sollozo contenido.

Camejo estaba furioso e intenta acallar al carpintero, y dice: “Ud. es una vergüenza y no merece permanecer entre nosotros ni in día más... Recoja sus cosas, porque Ud. se va de aquí y queda a disposición del Ministerio.

Nadie dijo nada, todos guardaron silencio; yo mimo me mantuve callado; molesto por el espectáculo, pero me callé. Nada dije y debí haber dicho algo en favor del carpintero; pero guardé silencio. Poco después Camejo se acercó a mí y me preguntó qué me había parecido aquel espectáculo. Le contesté: “He sentido pena ajena”. Me miró fijamente intentando entender mis palabras, luego me dijo: “Sí, es una pena... ‘pena ajena’, sí, eso suena bien... Pena ajena ¡Claro!”, y fue a encerrarse en su oficina; creo que nunca llegó a comprender que la pena ajena que yo sentía no era hacia el carpintero.

Llegó el día cuando finalizó el periodo que debí pasar en Uvero Quemado. Y regresé a La Habana y nunca volví a saber qué había sido del carpintero, aquel que por un tiempo había estado becado en Bulgaria o en Rumanía. Tan poco, supe más de mi amigo Nelson... No, volvía verle casualmente un día en La Habana. Me saludó. Le vi avejentado y con aspecto de desaliento; solo me dijo una cosa, una muy simple y lacónica. Me dijo: “Me voy”.

No sé por qué, viendo nadar a ese hombre en esta playa que frecuento, me han venido a la mente memorias que ya creía olvidadas.

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