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jueves, 29 de septiembre de 2016

Deísta


Mario J. Viera

Porque declaro que acepto la existencia de, digámoslo con una expresión poco exacta, un “ser” trascendente colocado por encima de la experiencia humana, al que se le denomina Dios, algunos dicen de mí que soy “religioso”; algo bien distante de la realidad, porque para nada me identifico con la religiosidad o con la aceptación de una religión organizada. Pero si dijeran de mí que soy un especial adepto a una específica corriente filosófica denominada deísmo, entonces estarían más acertados en la calificación. Si, por otra parte, me identificaran con el modelo de pensamiento del británico, y uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, Thomas Paine, diría que, ciertamente, estarían en la proximidad de lo que “creo” en cuanto a religiosidad. Paine afirmó en uno de sus folletos, La Edad de la Razón, lo que él entendía por “los deberes religiosos”, anotando:


Yo creo en un Dios y no más; y tengo la esperanza de la felicidad después de esta vida. Creo en la igualdad del hombre, y creo que los deberes religiosos consisten en hacer justicia, amar la misericordia y esforzarse por hacer feliz a nuestro prójimo”.

Y en ese mismo folleto expuso su credo:

No creo en el credo profesado por la iglesia judía, por la iglesia romana, por la iglesia griega, por la iglesia turca, por la iglesia protestante, ni por cualquier otra iglesia que conozca. Mi mente es mi iglesia. Todas las instituciones eclesiásticas nacionales, ya sean judías, cristianas o turcas, me parecen nada menos que invenciones humanas creadas para horrorizar y esclavizar a la humanidad, y monopolizar el poder y el lucro”.

Sobre el cristianismo escribe Paine: “Si hubiera sido el objetivo o la intención de Jesucristo establecer una nueva religión, indudablemente habría escrito el sistema él en persona, o habría procurado que lo escribieran mientras vivía. Pero no hay ninguna publicación auténtica existente que lleve su nombre. Todos los libros que forman el Nuevo Testamento fueron escritos después de su muerte”.

Paine se declara deísta cuando dice: ““¡Qué diferente es esto a la simple y pura profesión del deísmo! El verdadero deísta tiene una sola deidad; y su religión consiste en contemplar el poder, la sabiduría y la benignidad de la Deidad en sus obras, y en su esfuerzo por imitarlo en toda cuestión moral, científica y mecánica”.

Pero Paine no fue el único deísta entre los padres fundadores, junto a él lo fueron, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin, en tanto James Madison y George Washington, sin declararse definidamente como tales, tenían inclinaciones hacia el deísmo; según Bruce Miroff, Raymond Seidelman, y Todd Swanstrom[1], John Adams, aunque era un confeso unitario liberal, en su correspondencia privada parecía más deísta que cristiano. Estos autores señalan, además que uno de los autores de El Federalista, James Madison “creía que ‘la esclavitud religiosa apresa y debilita la mente y la inhabilita para cada noble empresa’. Habló de los ‘casi quince siglos’ durante los cuales el cristianismo había estado en juicio; ‘¿Cuáles han sido sus frutos? Más o menos en todas partes, orgullo e indolencia en el clero, ignorancia y servilismo en los laicos, en ambos, superstición, intolerancia y persecución”.


Sobre Thomas Jefferson señala el historiador Mario Escobar: “El que sería tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, no ocultaba sus profundas ideas deístas. Su respeto a las creencias de los demás y su profundo deseo de la separación política de la Iglesia y el Estado, estaban en la base de su pensamiento. Thomas Jefferson rechazó públicamente todos los aspectos sobrenaturales de las Escrituras, incluidos los milagros de Jesús. En su pensamiento racionalista, lo sobrenatural era considerado mera superstición. Durante las elecciones a la presidencia fueron muchos cristianos los que denunciaron las ideas heterodoxas del candidato”.


Un personaje menos destacado en la historiografía de Estados Unidos, considerado por algunos autores como uno de los padres fundadores fue Ethan Allen de Vermont, aunque este no fuera uno de los firmantes de la Declaración de Independencia, ni de los Artículos de Confederación y fuera uno de los políticos del Estado de Vermont que se oponían a la integración en Estados Unidos, luego de finalizada la Guerra de Independencia. Ethan Allen se identificaba con las posiciones filosóficas de Paine. En 1785, Allen publica su libro Reason: the Only Oracle of Man: Or, A Compendious System of Natural Religion (La razón: el único Oráculo del Hombre, o Un Resumen de Sistema de Religión Natural) donde planteaba un ataque al cristianismo y un violento ataque contra la Biblia, las iglesias establecidas y el poder clerical. En esta obra, Allen presentaba la sustitución de la religión organizada entremezclando el deísmo, las opiniones naturalistas de Baruch Spinoza y un trascendentalismo que se adelantaba a los postulados de los trascendentalistas del siglo XIX, principalmente Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, y el poeta Walt Whitman. Para Allen el hombre es un agente libre en el mundo natural.

Dicho esto, paso al tema específico de qué ser deísta. El deísmo no es una religión, sino una concepción filosófica y, si se quiere filosofo-teológica con una actitud definida ante la aceptación, por medio de la razón, de la existencia de Dios y de rechazo a todo tipo de religión organizada y de su clerecía, sea sacerdotal o pastoral. Según Copleston, citado por Mariano Fazio Fernández, “Los deístas eran racionalistas que creían en Dios… El deísmo del siglo XVIII significaba la desupernaturalización de la religión y la negativa de aceptar cualquier proposición religiosa basada en el principio de autoridad. Para los deístas era la razón sola la que había de juzgar sobre la verdad, tanto en materia religiosa como en cualquier otra cosa[2].


Voltaire, el gran deísta, anotaría en rechazo del ateísmo: “Siempre he considerado el ateísmo como el mayor de los extravíos de la razón, pues decir que la armonía del mundo no prueba la existencia de un supremo artífice es tan ridículo como necio sería decir que un reloj no prueba la existencia de un relojero”. Para él la creencia en un Saber Supremo no era cuestión de fe, sino de la razón. En el “El filósofo ignorante”, cita Isaías Díez del Río, Voltaire argumenta: “Me siento inclinado a creer que el mundo es siempre emanado de esta causa primitiva y necesaria, como la luz emana del sol. ¿Por qué concatenamiento de ideas me veo siempre llevado a creer eternas las obras del Ser Eterno? Por muy pusilánime que sea mi concepción, tiene la fuerza de alcanzar al ser necesario que existe por sí mismo[3].

Para el deísta no hay libro sagrado, solo compendio de escritos humanos con determinado valor teológico. El deísta no cree en las “verdades reveladas” contenidas en el canon bíblico y mucho menos en sus mitos de la creación y el diluvio universal sustentados en la fe o en la tradición.

Para los deístas Dios constituye el motor inicial, el primer impulso en la formación del universo; sin embargo, algunos reconocen la creatio ex nihilo por un Dios creador, en tanto otros rechazan este concepto de la creación a partir de la nada en favor del concepto de la creatio ex materia o, dicho de otro modo, del surgimiento del Universo a partir de la expansión de la materia, donde Dios ya no es un creador sino un programador que construye con los elementos materiales surgidos del primer impulso o Big Bang. Este es el concepto propio de rechazo a la “revelación” que se expresa como ex nihilo nihil fit, es decir, “de la nada, nada proviene”. La explicación bíblica del mundo y del hombre no tienen un carácter autóctono, sino que se conformó sobre las bases de las tradiciones sumerias. Para el budismo el Universo es infinito e increado, es decir no hay intervención divina para la existencia del universo. Buda considera que la idea del origen del universo es un impensable diciendo: “Pensar acerca del (origen) del universo, oh monjes, es un impensable que no debería ser pensado; pensando en esto, uno experimentaría aflicción y locura”. Sin embargo, la ciencia indaga para encontrar el cómo del surgimiento del Universo y del origen de la vida, pero se detiene en el por qué sin llegar a explicar ciertamente el qué es la vida. He ahí el impensable científico.

Pero ¿qué es la vida? ¿Qué propició que en la materia inerte surgiera la vida? No se trata de cómo surgieron los primeros vivientes, sino cómo la vida se generó en esas rudimentarias formas vivientes. Por la razón y por experiencia creo que la vida es el pneuma del Espíritu Universal soplado sobre la materia orgánica. Ante este “misterio” del origen de la vida, señal el astrofísico y matemático inglés, Chandra Wickramasinghe: “El que la vida haya sido un accidente químico en la Tierra es como buscar cierto particular grano de arena en todas las playas de todos los planetas del universo... y hallarlo”. Y Albert Einstein, por muchos calificado como deísta, expresó: "Hay dos maneras de vivir una vida: una es pensando que todo es un milagro, la otra es pensando que nada lo es. De lo que estoy seguro es de que Dios existe".

Los deístas no creemos en verdades reveladas, pero algunos aceptamos que en muchos escritos existe la inspiración del Espíritu de Sabiduría que sirven de modelo de enseñanza para el conocimiento de Dios. La enseñanza no está concentrada en un solo cuerpo de textos concedidos a un supuesto pueblo elegido, sino repartida en diferentes textos elaborados en diferentes culturas. A Dios se llega por la razón y la espiritualidad y no por adoctrinamiento o por dogmas impuestos, ambos no aceptados por los deístas. No se produce una relación de sumisión y adoración a Dios sino una de experiencia personal; es un acercamiento a Dios a través de la reflexión. De este modo se ha señalado ciertamente que el deísta disfruta de la libertad de buscar la espiritualidad por sí mismo, y su vida espiritual no se ha formado por la tradición o la autoridad religiosa sino por su propia concepción de la Divinidad.

 Dios no necesita servidores, porque Él es amor y comprensión. Su esencia, la esencia de Suprema Inteligencia no exige sumisión sino comprensión. Como Suprema Inteligencia, en sí hay tres componentes esenciales, la Gnosis (Γνωσις), el Logos (Λόγος) y la Sofos (σοφός), Uno y Trino, algo que los deístas clásicos no comparten. Por supuesto los deístas no creen ni admiten la existencia de un Dios personal y antropomorfo.

Dios no es legislador ni crea códigos de conductas que normen todas las actividades del hombre. Dios le ha concedido razón e inteligencia al género humano y es el hombre quien norma su vida en concordancia con las relaciones sociales existente en cada momento histórico. De este modo el deísta ratifica que la religión y el Estado deben estar separados. Así, el deísta no se rige, en lo fundamental por una moralidad surgida de los conceptos religiosos. Los deístas orientan su conducta a partir del pensamiento racional y de la ética vinculada a su propia conciencia. El deísta se rige por lo ético más que por la relatividad moral siempre en transformación. La moral está históricamente condicionada. Pero los valores éticos son constantes. La ética es una categoría filosófica y científica, en tanto que lo moral está determinado por principios, valores o normas que rigen para una sociedad históricamente determinada. Teniendo esto en cuenta los teístas rechazan los dogmas y los criterios impuestos por líderes eclesiásticos que se presentan a sí mismos como si fueran mensajeros de Dios y comunicadores de su Palabra.

No obstante, los deístas creyendo en Dios, o en un principio divino, aceptan unos pocos, si acaso, de los principios y prácticas del cristianismo, judaísmo, o de cualquier religión considerando que en las mismas pueden existir creencias racionales luego de extirpar de ellas lo que pueda haber de supersticioso.


En los deístas, desde Voltaire hasta Paine, hay una agria crítica hacia el cristianismo. Ante el cristianismo, Voltaire exigía “una religión natural sin dogmas, ni sacerdotes, nada coercitiva y con grandes valores humanos”; una religión no existente tal como lo planteara Paine de que Jesús no había creado una nueva religión. El cristianismo vigente, el nacido no de las enseñanzas del nazareno sino de las enseñanzas del fariseo Pablo de Tarsos es y ha sido la antítesis de la religión natural que reclamaba Voltaire. Jesús no sacramentó sacerdotes, ni líderes espirituales, ninguno de sus discípulos fue elevado sobre los otros y a ninguno le confirió dignidad episcopal. Jesús nunca fue a adorar al templo, su templo era el desierto y los montes.  El deísmo, por tanto, no necesita de ministros, sacerdotes, ni rabís. Todo lo que un individuo necesita es su propio sentido común y la habilidad de considerar su condición humana, todo hombre es su propio sacerdote.



[1] Bruce Miroff, Raymond Seidelman, Todd Swanstrom. Debating Democracy: A Reader in American Politics. Wadsworth Cengage Learning, Boston USA, 2009
[2] Mariano Fazio Fernández. Historia de las ideas contemporáneas. Ediciones Rialp, S.A, Madrid, julio 2015: F. Copleston. Historia de la Filosofía, vol. V: De Hobbes a Hume.
[3] Isaías Díez del Río. La religión en Voltaire. Anuario Jurídico y Económico Escurialense, XLIV (2011) 519-536 

martes, 27 de septiembre de 2016

Del libro en preparación Amigos, Aliados y Enemigos: Comentando sobre la resistencia en Cuba.

Mario J. Viera


Capítulo LXII

Comentando sobre la resistencia en Cuba



IV

Sumisión o desobediencia

Le but de toute association politique est la conservation des droits naturels et imprescriptibles de l’homme” (Art. 2 de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano)

En la realidad concreta de la lucha opositora en contra de la dictadura castrista existe un hecho del todo evidente: las masas populares no han asumido una posición claramente contestaría y no le han brindado apoyo a la oposición. Está presente una marcada brecha entre el mensaje opositor y la pasividad política manifiesta en la población. Las masas se han adaptado a vivir en la mentira del régimen castrista ante la carencia de otra vía. Existe descontento, pero también, frustración. Desde los inicios del poder castrista, cuando la Revolución era una pagana deidad a la que había que adorar sin caer en la herejía de la disidencia (acatamiento religioso: por la creencia de que de su observancia depende la existencia de un bien de salvación. Weber), todos los intentos por derrocar al gobierno surgido el primero de enero de 1959 fueron baldíos. Nada pudieron contra el castrismo naciente los grupos de guerrilleros sustentados por la CIA, principalmente en la Sierra del Escambray, nada se logró, salvo permitir la consolidación del régimen, con la misión insurgente Girón-Playa Larga impulsada por el gobierno de los Estados Unidos. Castro siempre aparecía como el vencedor y ante el vencedor todos se inclinan; ante el vencedor y ante la represión todos se rinden.

Por hábito o por una condición psico-social el pueblo se acostumbró a obedecer, aun en contra de su propia voluntad. Como afirma Bertrand de Jouvenel[1], “no se obedece principalmente porque se hayan sopesado los riesgos de la desobediencia o porque se identifique deliberadamente la propia voluntad con la de los dirigentes. Se obedece esencialmente porque tal es el hábito de la especie”. Sin embargo, la presión impone acatamiento de voluntad: “La presión sobre las exteriorizaciones de opinión ─ plantea Hermann Heller[2]se ha realizado siempre mediante la amenaza, la compra o el convencimiento, es decir, por una superioridad social, económica o intelectual de uno sobre los demás”; por medio de la educación o el adoctrinamiento, por la persuasión y por la fuerza pública, según Heller, se forma y se hace realidad “de manera unitaria el ‘espíritu’ de un grupo” y agrega que esos métodos por sí solos “nunca pueden lograr su objetivo sin una coacción económica y política”. Por otro lado, Gene Sharp señala varias razones por las cuales la gente obedece a los gobernantes, colocando en primer lugar el Hábito; además de esta, incluye las siguientes razones de obediencia: Miedo a las sanciones, Obligación moral, Egoísmo, Identificación psicológica con el gobernante, Zonas de indiferencia y Ausencia de autoestima entre los gobernados[3].

El Estado posee el “poder físico coactivo” (Max Weber) y el Estado totalitario posee, no solo el poder físico coactivo, sino que lo ejerce indiscriminadamente, sin limitaciones jurídicas nacionales o internacionales y, aún contra sus propias normativas del Derecho. Tal como dijera Montesquieu[4]: “En los Estados despóticos la naturaleza del gobierno exige obediencia absoluta”; es decir, dominación entendida como la capacidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos (Max Weber). “Esta dominación (...) puede descansar en los más diversos motivos de sumisión: desde la habituación inconsciente hasta lo que son consideraciones puramente racionales con arreglo a fines”. Se obedece a la dominación, Max Weber[5] lo explicita diciendo: “'Obediencia' significa que la acción del que obedece transcurre como si el contenido del mandato se hubiera convertido, por sí mismo, en máxima de su conducta; y eso únicamente en méritos de la relación formal de obediencia, sin tener en cuenta la propia opinión sobre el valor o desvalor del mandato como tal”. Y en La Política como Profesión, afirma: “Toda empresa de gobierno que pretenda lograr una administración continua necesitará, por un lado la disposición de la actitud humana a obedecer a aquellos jefes que pretenden ser portadores del poder legítimo y, por el otro lado y por medio de esta obediencia, la capacidad de disponer de aquellos recursos concretos que, dado el caso, resultarán necesarios para la ejecución de la violencia física, es decir: los recursos administrativos humanos y los recursos administrativos materiales”.

No es este acatamiento al dominio de un poder tiránico un fenómeno moderno, ya Étienne de La Boétie[6] (1530 – 1563) lo había denunciado alegando: “Resulta cosa verdaderamente sorprendente, aunque sea tan común que más cabe gemir que asombrarse, ver a un millón de hombres miserablemente esclavizados, con la cabeza bajo el yugo, no porque estén sometidos por una fuerza mayor sino porque han sido fascinados, embrujados podríamos decir, por el nombre de uno solo, al que no deberían temer, ya que sólo es uno, ni amar, ya que es inhumano y cruel con ellos”. El pueblo como víctima y al mismo tiempo como sostén de la tiranía al adaptarse al sistema y aceptarlo como inalterable. Václav Havel así lo dice: “Todos nos habíamos acostumbrado al sistema totalitario, lo habíamos aceptado como un hecho inalterable y, por tanto, contribuíamos a perpetuarlo. Dicho de otro modo, todos nosotros ─ si bien, naturalmente, en diferente grado ─ somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria; nadie es sólo su víctima, todos somos partícipes también de su creación[7].

Uno de los propósitos fundamentales de un gobierno totalitario es la organización de las masas, las cuales no son otra cosa que un medio del que se aprovechan los líderes totalitarios para legitimar su dominio. “El Estado es realmente conservado por la sociedad” así lo constata Heller en su ya citada obra. El dominio del Estado totalitario es preservado por las masas. Lo dice Hannah Arendt[8]: “El líder totalitario no es nada más ni nada menos que el funcionario de las masas (…) sin él las masas carecerían de representación externa y seguirían siendo una horda amorfa; sin las masas el líder es una entidad inexistente”. Por medio de las masas el gobierno totalitario controla a las mismas masas ejerciendo la vigilancia masiva de unos sobre otros. Sus múltiples ojos, cual gigantesco Argos, son los mismos ojos del conjunto de la masa; los actos de enfrentamiento a las masas que alienta el gobierno castrista son llevados por parte de una masa idiotizada. Y cuestiona Étienne de La Boétie: “¿De dónde saca todos esos ojos que os espían, sino de vosotros mismos? ¿Cómo tendría todas esas manos que os golpean, sino os las tomase en préstamo? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿no son vuestros? ¿Qué poder tiene sobre vosotros, salvo a vosotros mismos? ¿Cómo se atrevería a agrediros si no fuese porque lo hace de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal podría haceros si no fueseis los encubridores del ladrón que os roba, los cómplices del asesino que os mata, los traidores de vosotros mismos?[9]

El acatamiento pasivo al dominio del poder del Estado totalitario sobre el conjunto de toda la población es, como expresa Weber “una acción condicionada por la masa”, es decir, una acción social orientada por la influencia de las acciones de otros que conduce a la tolerancia u omisión de esa aceptación pasiva del dominio. Weber señala que la “conducta íntima es acción social sólo cuando está orientada por las acciones de otros”. Es lo que Havel define como la resignación a “la vida en la mentira”; así en esta resignación a vivir en la mentira, se vive en un entorno moral contaminado: “Nuestra moral enfermó ─ constata Havel[10] bajo el poder totalitario ─ porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos sólo por nosotros mismos. Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar tan sólo singularidades psicológicas”.

El ciudadano se anula para, por fuerza de la costumbre, convertirse en simple súbdito. Nada cambia y lo absurdo, la arbitrariedad le parece entonces condiciones naturales. “Digamos pues que ─ anota Étienne de La Boétie ─, si todas las cosas le parecen naturales al hombre que se ha acostumbrado a ellas, sólo perseverará en su naturaleza aquel que sólo desea las cosas simples e inalteradas. Así que la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre”. La oposición democrática con su desafío político particular no puede perder de vista esta realidad; no dejarse aturdir por “lo que debiera ser” creyendo erróneamente que el descontento presente en la población conducirá por sí solo a un estado de beligerancia popular. En las condiciones del accionar social bajo un sistema totalitario solo puede presentarse dos formas de rechazo: la deserción, la emigración, el clásico votar con los pies, y la “resistencia anónima u ordinaria”, la que Jean Dale (La Resistencia Activa y la Resistencia Pasiva en los Movimientos Sociales) define como “formas anónimas, individuales, que no requieren de una organización previa, pero si requieren de una interiorización muy profunda de sus parámetros culturales a partir de los cuales actúan y se hacen presentes en todo momento. Y que implican altos niveles de impugnación del sistema establecido”. Es la expresión del disgusto de parte de la población, en el caso que estudia Dale son los campesinos, que no es “una acción concertada ni organizada, sino una forma de corroer el sistema burocrático confrontarse a él y proteger sus propios intereses…” Es en este contexto que aparecen individuos aislados con decidida posición contestataria a los que identificaría con el Einherjer de la mitología nórdica, el “ejército de un solo hombre”, dotados de fuerte individualidad, son capaces de cometer pequeños sabotajes, no se vincula a ninguna organización opositora, porque no confía en ningún grupo, pero tampoco colabora con ninguna actividad que el gobierno convoque; así, el Einherjer se libera a sí mismo no cooperando y buscando lo que Havel denomina “vida en la verdad”, la clave definitiva para la autoliberación:  “Si la ‘vida en la verdad’ es el punto de partida elemental de cualquier esfuerzo del hombre para resistir a la presión alienante del sistema, si es la única base significativa de cualquier acción política independiente y si, en fin, es también la raíz existencial más adecuada a la actitud ‘disidente’, es difícil imaginar que, aun en su objetivación, el trabajo ‘disidente’ pueda fundarse en otra cosa que no sea el servicio a la verdad y a una vida verdadera y el esfuerzo de abrir un espacio a las intenciones reales de la vida[11].

La vida en la verdad es el reconocimiento de ser uno mismo, sin condicionamientos exteriores impuestos y a los que hay que obedecer aun cuando choquen con nuestra conciencia. Es la respuesta dada por Henry Thoreau ante leyes que se consideran injustas: ¿Debe el ciudadano renunciar a su conciencia, siquiera por un momento o en el menor grado a favor del legislador? ¿Entonces por qué el hombre tiene conciencia? Pienso que debemos primero ser hombres y luego súbditos. No es deseable cultivar tanto respeto por la ley como por lo correcto. La única obligación que tengo derecho de asumir es la de hacer en todo momento lo que creo correcto (…) Existen leyes injustas: ¿debemos conformarnos con obedecerlas o, debemos tratar de enmendarlas y acatarlas hasta que hayamos triunfado o, debemos transgredirlas de inmediato?”[12]. Y este sentido de primero ser ciudadanos (hombres) antes que súbditos se expresa un principio clave de la lucha noviolenta, la desobediencia civil, la decisión propia de transgredir todo el andamiaje jurídico de la dictadura. Es el mismo concepto que La Boétie alega cuando dice del tirano: “no es preciso combatirle ni abatirle. Se descompondría por sí mismo, a condición de que el país no consienta en servirle. No se trata de quitarle nada, sino de no darle nada. No sería necesario que el país haga nada por sí mismo, a condición de no hacer nada en su propia contra. Son pues los pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen maltratar, ya que para librarse de ello bastaría con que dejasen de servir. Es el pueblo quien se esclaviza y se degüella a sí mismo; quien, pudiendo escoger entre estar sometido o ser libre, rechaza la libertad y admite el yugo (…) Tomad la resolución de no servir y seréis libres. No os pido que le empujéis y le hagáis tambalear, sino sólo que no le sostengáis. Entonces lo verán como un gran coloso, cuyo pedestal ha sido apartado, caer por su propio peso y romperse en pedazos[13].

Este es el reto, desobediencia civil y no cooperación. Así lo entendió Luther King cuando impulsaba la lucha por los derechos civiles:

Llegué a comprender que lo que realmente estábamos haciendo era retirar nuestra cooperación de un sistema injusto […] Entonces pensé en la obra de Thoreau Essay on Civil Disobedience. […] Me convencí de que lo que estábamos preparando para hacer en Montgomery se relacionaba en gran manera con lo que él había expresado. […] Quien acepta el mal pasivamente está tan mezclado con él como el que ayuda a perpetrarlo. Quien acepta el mal sin protestar, realmente está cooperando con él. […] Un hombre recto no tenía más alternativa que negarse a la cooperación un sistema injusto[14].

Esto, en concreto es el fundamento de la acción noviolenta, no colaboración y desobediencia civil; de lo que se trata es arrancar a las masas de la influencia político-ideológica del régimen, la vida en la verdad para llegar finalmente al desafío político masivo. Para lograr este propósito se requiere un proceso activo de “toma de conciencia” tal y como acertadamente plantea Manuel Ramírez Chicharro[15], al decir:

El centro sobre el que orbitan las diferentes acciones noviolentas es el “proceso de toma de conciencia”, medio imprescindible para llevar a cabo la revolución pacífica. Racionalidad, originalidad y creatividad se han de combinar para marcar las pautas correctas a seguir en el enfrentamiento por “la dignidad y la libertad humanas”; proclama que se repite, directa o indirectamente, en todos los movimientos noviolentos a lo largo del siglo XX”.

La disidencia[16] interna debe tener en cuenta la propuesta formulada por Gene Sharp: “Se debe fortalecer a la población oprimida en su determinación de luchar, en la confianza en sí misma y en sus aptitudes para resistir (…) Confrontada con una fuerza firme y confiada en sí misma, con una estrategia concienzuda y de genuina solidez, la dictadura eventualmente se desmoronará (…) el liberarse de las dictaduras, en última instancia, depende de la capacidad que la gente tenga de liberarse a sí misma”. Esto significa formar conciencia por medio de una labor sistemática, inteligente, con creatividad; explicando y razonando y con objetivos claramente definidos.

El régimen castrista, cada vez es más débil y aunque todavía cuenta con las fuerzas represivas, la acción de sus órganos secretos, los cuerpos policiacos, los jueces y las prisiones ha ido perdiendo legitimidad ante la opinión internacional. La economía está en grado de descomposición y los recursos son menos accesibles. Para su legitimación acude a la colaboración de las masas, convocando a concentraciones y desfiles que se logran por presión. La no colaboración de la población o de una parte significativa de ella le resta legitimidad. No se requiere del empleo de las armas para hacer caer a la tiranía solo se requiere la no colaboración en la coartada del régimen, negarse a cotizar para los sindicatos oficialistas que no representan los intereses de los trabajadores, no participar en las reuniones de los Comité de Defensa de la Revolución, no participar en las farsas electorales del régimen o al menos entregar en blanco o anuladas las boletas. El castrismo es sustentado por las masas, cuando las masas dejan de cooperar, el fin del sistema está cercano y se puede lanzar el desafío político final. Cuando el individuo en cuanto tal, libre y autodeterminante rechace la colaboración con el gobierno o con el partido oficial, el Estado totalitario pierde el fundamento de su legitimidad. José María Beneyto Pérez en Propiedad, Estado y Sociedad[17] aclara este concepto, cuando dice que el fundamento de la legitimidad del Estado “no hay que buscarlo (…) en él mismo, ni tampoco en su origen histórico o en la voluntad divina, sino en la clave misma de la sociedad: el individuo en cuanto tal, libre y autodeterminante”.

Debe tenerse en cuenta la tesis formulada por Gene Sharp[18]: “A veces un llamado a la resistencia por parte de un pequeño grupo o de una persona puede encontrar inesperadamente una inmensa acogida. (…) Si un número suficiente de subordinados se rehúsa a seguir cooperando por un tiempo suficiente a pesar de la represión el sistema opresivo se debilitará, y acabará por desplomarse”.

En este punto se requiere una reafirmación de la definición de desafío político que ofrece Roberto Helvey[19]: “El ‘desafío político’ es una confrontación noviolenta (protesta, no colaboración e intervención) que se lleva a cabo de manera desafiante y activa, con fines políticos. (…) La palabra ‘desafío’ denota una deliberada provocación a la autoridad mediante la desobediencia, y no deja lugar para la sumisión. (…) Se usa principalmente para describir la acción realizada por la población para retomar de manos de la dictadura el control de las instituciones gubernamentales mediante el constante ataque a las fuentes de poder y el uso deliberado de la planificación estratégica y de las operaciones para alcanzarlo”.

Tengamos presente que tanto la desobediencia civil, es decir, la violación abierta y deliberada de la ley con un propósito político o social colectivo, como cualquier otra acción noviolenta que plantee el conflicto político coloca a los actores en la ilegalidad al rechazar las leyes y hasta la Constitución política del régimen castrista. Es un riesgo que, empero hay que enfrentar. No se puede obviar que el gobierno, ante un poderoso desafío político, reaccionará con violencia. La represión violenta del gobierno no es un indicador del fracaso de la acción noviolenta, sino el resultado lógico de que la acción noviolenta representa una seria amenaza a su poder. Sin embargo, el poder represivo del gobierno crea dificultades a la capacidad de organización, comunicación y movilización de los activistas de la acción noviolenta.

De acuerdo con Kurt Schock[20]: “Deben confluir dos condiciones básicas para que un desafío contribuya a las transformaciones políticas: 1) el desafío debe ser capaz de oponerse exitosamente a la represión, y 2) el desafío debe socavar el poder del Estado. Esas condiciones son suficientemente obvias. Lo que es menos obvio son los atributos y acciones de quienes promueven el desafío y que contribuyen a que se den esas condiciones y mecanismos que vinculan los atributos del movimiento y el accionar para el cambio político”. He aquí una referencia clara a la capacidad de liderazgo de los promotores del desafío y a su habilidad para sortear las dificultades generadas por el accionar represivo. Muy importante, más que priorizar las intenciones hay primero que evaluar las capacidades.

Hay un aspecto sobre el cual deben actuar los conductores de la lucha noviolenta para generar confianza, credibilidad y adhesión a las propuestas de desafío político al régimen de opresión: remodelar la conciencia social que solo ve, como única solución, la de deshacerse de los que llegaron al poder por la vía armada empleando sus mismos métodos. Esta conciencia del poder por la fuerza hace restar resistencia a enfrentar a un régimen sustentado en el poder militar. En toda sociedad existe una memoria histórica que exalta a los que por el recurso de las armas alcanzaron los lauros. Solo en esa memoria destacan como héroes epónimos aquellos que lograron triunfos en grandes batallas militares. Jacques Semelin, refiriéndose a la época de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación de Francia por las tropas alemanas, expresa: “Si nuestra memoria colectiva sólo retiene de la historia los hechos de violencia, es evidente que las soluciones que podemos hoy dar a los problemas de la guerra no pueden ser sino soluciones militares[21]. ¿Cuál es la memoria colectiva de la historia que perdura entre los cubanos? Toda nuestra historia se ha formulado sobre la violencia, desde las luchas de los vegueros contra el estanco del tabaco del siglo XVIII que concluyó con la fallida insurrección del 23 de febrero de 1723, pasando por las conspiraciones de la escalera, del Aguila Negra y la de los Rayos y Soles de Bolívar, hasta las sublevaciones de José Antonio Aponte del 15 de marzo de 1812 y la de Joaquín de Agüero del 4 de julio de 1851, para luego desencadenarse las tres contiendas por la independencia nacional. Posteriormente durante la república, la protesta armada de los Independientes de Color en mayo de 1912, la insurrección de la Chambelona de 1917 y las conspiraciones y lucha armada urbana contra la dictadura de Gerardo Machado en 1933. Por último, la guerra revolucionaria contra la dictadura batistiana desde las sierras orientales y el Escambray, que entronó definitivamente en el poder a Fidel Castro y continuada por las secuelas de las guerrillas contrarrevolucionarias del Escambray.

Esta memoria colectiva histórica, en nuestras condiciones, olvida otras formas de lucha de carácter noviolenta que se han practicado en Cuba, aunque por lo general asumiendo el carácter de luchas sindicales, como es el caso de la Huelga de los aprendices de 1902, conflicto iniciado cuando los tabaqueros de la fábrica La Carolina exigieron que se aceptaran como aprendices en la industria tabacalera a jóvenes cubanos, un derecho que hasta entonces solo estaba reservado para extranjeros. Como informa Dimas Cecilio Castellanos Martí, “el rechazo patronal desató un violento conflicto que paralizó la vida económica de la capital y se extendió a otros sectores y regiones del país. Aunque las demandas no fueron satisfechas inmediatamente, desde ese momento, gracias a la mediación de un grupo de Veteranos de la Guerra de Independencia, la negociación indicó el camino más viable para el desarrollo de las relaciones obrero-patronales[22]. En febrero-junio de 1907 se desata la Huelga de la Moneda impulsada por los tabaqueros que exigían el pago de sus haberes en moneda americana en lugar de la circulante hasta entonces de la española. Esta huelga contó con un poderoso apoyo entre los trabajadores de otros sectores y con el auxilio de los tabaqueros de Tampa, Cayo Hueso y New York. En los años 30, el sindicalismo cubano desarrolló un movimiento en contra del régimen de Gerardo Machado que puede ser concebido como actos de noviolencia. Dima Castellano refiere que “en la zafra 32-33 pararon 25 ingenios y más de 100 colonias de caña. En 1933 la ola de huelgas alcanzó el transporte urbano de La Habana. Ante el Estado de Emergencia decretado por el gobierno los trabajadores lanzaron la huelga general del 5 de agosto que contó con el apoyo de todos los sectores sociales, algo sin precedentes en la historia de Cuba (…) Paradójicamente, Machado, que había asegurado que ninguna huelga duraría más de 24 horas, salía del poder precisamente por la huelga más fuerte del movimiento obrero cubano”.

Así vistos estos antecedentes podemos coincidir con el punto de vista del ya citado Semelin: “si recogemos del pasado las huellas de otra historia, de otra defensa, de una resistencia no militar que ha mostrado aquí y allá su eficacia a lo largo de los siglos, entonces el discurso moderno sobre la defensa no puede encontrarse sino profundamente transformado. Es, pues, fundamental para la credibilidad de una alternativa noviolenta a la defensa, buscar las raíces históricas, sus manifestaciones en las distintas épocas, regímenes y culturas”. 



[1] Bertrand de Jouvenel. Sobre el Poder - Historia natural de su crecimiento. UNION EDITORIAL S.A., 2011
[2] Hermann Heller. Op. Cit.
[3] Gene Sharp. Como Funciona la Lucha Noviolenta. Obra condensada de The Politics of Nonviolent Action. The Albert Einstein Institution, 2014  
[4] Montesquieu. El Espíritu de las Leyes. Libro III. Cap. X
[5] Max Weber, Economía y sociedad, México, FCE, 1981
[6] Étienne de La Boétie. Discurso de la servidumbre voluntaria. Publicado en 1576
[7] Václav Havel. Todos ayudamos a crear el totalitarismo. Discurso pronunciado al asumir la presidencia de Checoslovaquia el 1 de enero de 1990
[8] Hannah Arendt. Los orígenes del totalitarismo. Edit. Taurus, 1974
[9] Étienne de La Boétie. Op. Cit.
[10] Václav Havel. Op. Cit.
[11] Václav Havel. El poder de los sin poder. Ediciones Encuentro, Madrid, España, 2013
[12] Henry Thoreau. Desobediencia civil
[13] Étienne de La Boétie. Op. Cit.
[14] Martin Luther King. Un sueño de igualdad; La Catarata; 2001
[15] Manuel Ramírez Chicharro. Desobediencia civil: la fuerza más poderosa. Historiadores Histéricos, Universidad de Castilla La Mancha (UCLM)
[16] Empleo este sustantivo a propósito, para recalcar que, hasta el presente, no existe como tal en Cuba y desde un punto estrictamente formal, una verdadera oposición, es decir como expresión organizada de la controversia que tiene lugar en el proceso de formación de la voluntad política y de la adopción de decisiones. La oposición sólo se entiende en cuanto “aspirante al gobierno”, y esa aspiración sólo es viable cuando se cuenta con el apoyo electoral o popular suficiente para lograr sus propósitos, vinculándose al conflicto político entendido como la mutua, simultánea y contradictoria aspiración de dos fuerzas oponentes a un mismo objetivo la toma o mantenimiento del poder y con capacidad para integrar y articular intereses y demandas.
[17] José María Beneyto Pérez. Propiedad, Estado y Sociedad: posibilidades de un análisis estructural diacrónico. Revista de Estudios Políticos 15.
[18] Gene Sharp. De la Dictadura a la Democracia. The Albert Einstein Institution
[19] Roberto Helvey, citado por Gene Sharp. Op. Cit.
[20] Kurt Schock. Insurrecciones no armadas. Movimientos de poder popular en regímenes autoritarios. Editorial Universidad del Rosario, Colombia, 2008
[21] Jacques Semelin. A la búsqueda de nuestra historia. Dossier nº2 de la revista "Non-Violence politique" traducido por Revista Oveja Negra nº 33. Noviolencia.org
[22] Dimas Cecilio Castellanos Martí. Nacimiento, desarrollo y muerte del sindicalismo cubano. Historia del Movimiento Sindical Cubano, Profesor Castro 2002

sábado, 24 de septiembre de 2016

Ser Conservador


Mario J. Viera

Si siempre ha sido así ¿por qué arriesgarse a buscar algo nuevo? Lo desconocido aterra; lo conocido genera confianza, seguridad y detención; es quedarse parado en el mismo sitio, sin mirar nuevos caminos pensando solo en el camino trillado, el que siempre se ha seguido… ¿Y si un nuevo camino, uno no explorado o aún no trazado conduzca a un mejor sitio? ¡No se puede saber! ¿Para qué arriesgarse en lo ignoto? Son las tradiciones las que condicionan la vida y a las tradiciones uno debe aferrarse, para no cambiar nada, para seguir siendo siempre lo mismo que de eterno hemos sido. Así piensa el conservador, como el anciano que acostumbrado al viejo colchón donde cada noche ha dormido no le interesa otro por más cómodo que pueda parecer.

Coto cerrado es el conservadurismo. No echar a un lado las viejas cercas que impiden ver nuevos horizontes. No todo lo nuevo es bueno; pero no todo a lo que nos acostumbramos de siempre tampoco es bueno. Generaciones vienen y generaciones mueren, pero nunca los ancianos, contemplando a las generaciones que les relevan, han dejado de condenar las nuevas costumbres: “¡Ah, dicen, la juventud de ahora está perdida!” Así fue en tiempos de nuestros abuelos contemplando a los miembros de la generación de nuestros padres; así ha sido en el tiempo de nuestros padres contemplando a los que hemos sido su nuevo relevo y así, fatalmente, será lo que diremos de la generación de nuestros hijos…

No todos los que practican una religión son conservadores, pero es casi axiomático que los conservadores son estrictos religiosos que condenan a Lutero por abrirle una nueva puerta al Templo. Lutero es el hereje de los viejos tiempos, pero los herejes de hoy son la inspiración del futuro son como el granjero que abre nuevos surcos para sembrar semillas mejoradas. Loco consideraron a Giordano Bruno porque alegaba que el sol era el centro del universo y la Biblia decía lo contrario; si siempre se ha creído que la tierra es el centro del Universo ¿Por qué incurrir en opiniones que están en contra de la palabra revelada? Se abría un nuevo camino por el que transitara Copérnico y otro nuevo se abriría por Kepler, para ser continuado por Galileo…
En la Francia del Siglo XVIII era natural gritar: “Vive le Roi!”, porque asi siempre había sido, porque los reyes eran ungidos por Dios, pero… Llegaron los demoledores y por entre las ruinas de la Bastille abrieron un nuevo camino y aquel viejo grito de salutación se trasformaría en uno nuevo: “Vive la Republique!”

En el Sur esclavista de los Estados Unidos lo de siempre, lo natural era tener esclavos ¿para qué cambiar una condición que siempre se había practicado, que siempre había sido buena, aunque no fuera buena para los propios esclavos? Como los conservadores no querían cambio se dieron a la guerra en defensa de las costumbres del Sur… Y perdieron, porque estaban atados a la tradición rural, en cambio el Norte se abría al progreso y desarrollaba su industria…

No todos los nuevos caminos conducen al éxito, algunos mueren en un cenagal de arenas movedizas; pero entonces el emprendedor, aquel que se atreve a abrir nuevas sendas, no retorna al camino trillado del que ya se había alejado, sino que busca y abre un nuevo sendero dejando atrás los pantanos encontrados.

Hay ancianos con joven mentalidad dispuestos a enfrentar retos y a asumir equivocaciones, en tanto hay jóvenes con mente senil que no saben mirar más allá del bosque de sus temores y mucho menos osan atravesarle.

No es bueno anular las tradiciones como si nunca hubieran existido, porque las tradiciones configuran la personalidad, pero es correcto y justo comprender que las tradiciones como cualquier ser vivo evolucionan con los tiempos nuevos. Someterse a las tradiciones ya decrépitas es como dormir noche tras noche abrazado a un cadáver que comienza a descomponer.


Hay conservadurismo de derecha como conservadurismo de izquierda, ninguno rompe con lo viejo para abrirse a lo nuevo.  

Libro del Bendecido Yehshua llamado el Mashíaj – Kristo

Según el que espera por la Luz

PROEMIO


1 Antes de todos los tiempos estaba el Procreador, y con Él estaba la Palabra, y la Palabra era el Supremo Dios.

2 Y la Luz que habita en la Luz y es consustancial a la Suprema Inteligencia tomó cuerpo humano siendo Él mismo, Padre y Luz del Universo. 3 Él habitaba en Dios y era Dios; mas, se hizo hombre para rescate de los hombres. 4 Su palabra tendría fuerza, pero solo sería escuchada por los humanos de buena voluntad.   

5 Tanto amaba el Padre al mundo y a los hombres, que eran su obra más acabada, que se hizo carne para que los humanos rectificaran su conducta y sus almas no fueran condenadas.

6 Todo el que crea en el hijo del Padre encontrará el camino de lo eterno, 7 pero aquellos que rechacen al Hijo serán echados a un lado y se obligarán a emprender numerosos ciclos de vida.

8 La Suprema Inteligencia no envió al Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

9 Él era la Palabra, el Logos, y la Palabra existía antes de que se formara el universo; todo fue hecho por la Palabra; sin Él nada de lo existente se habría hecho y 10 Él era la Vida y esa vida era la Luz que habita entre los hombres de buen proceder.

11 El nombre del Padre, empero, es el Hijo. Es Él quien en el Principio dio un nombre al que brotó de sí, que era Él mismo y al que engendró como Hijo. 12 Le dio su nombre, el que le perteneció; es aquel al que le pertenece todo lo que existe en torno al Padre. Suyo es el nombre; suyo es el Hijo. 13 Es posible para éste verlo. Pero el nombre es invisible porque sólo Él es el secreto del Invisible que viene a los oídos que están completamente llenos de Él por Él. 14 Porque, realmente, el nombre del Padre no es conocido, sino que se revela por medio del Hijo. 

15 Él es quien juzga las cosas secretas y nadie puede pronunciar palabras vanas frente a Él, porque es el Elegido ante la Suprema Inteligencia, según su voluntad.

16 No buscó a los ricos y a los poderosos. Le habló a los humildes, a los pobres. Llamó a los desesperados, consoló a los afligidos. No vistió ropas finas, ni se sacudió el polvo para hablarles a los pobres de la tierra.

17 La Luz habló por su boca y su voz parió a la vida. Él les dio el pensamiento de sabiduría, de misericordia, de salvación, del Espíritu de poder, fuerza de la emuná, desde la infinidad y la bondad del Padre. 18 Él se reveló a sí mismo para que todo lo que emanaba de sí se reuniera con Él en la gran Sabiduría. 19 Él abolió castigo y tormento, porque fueron la causa de que muchos, necesitados de misericordia, se extraviaran de su rostro en confusión y esclavitud. Y con poder Él los perdonó y los humilló en conocimiento.


20 Él sería el Supremo Sacerdote del Pueblo de Dios, de la estirpe de Malki-zédek, no de la estirpe de Leví, pues por siempre fue consagrado; 21 de sus labios fluiría la sabiduría y de su boca el pueblo encontraría la nueva Ley, la ley del amor y de la piedad, porque es mensajero supremo del Dios de la Vida y el mismo Dios.