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jueves, 22 de diciembre de 2016

El tonto que, por casualidad, ganó el gobierno de un imperio

Mario J. Viera


Dicen algunos, de los que tienen conocimiento historiográfico, que la Historia es caprichosa, un poco loca y que, en ocasiones, sus obras no tienen sentido, al menos en el aspecto lógico. Pero la Historia no es una deidad que apriorísticamente determina el curso de la vida de los pueblos, sino, son sus hechos los que muestran los caminos a seguir o los que hay que evitar, porque ella es solo memoria ancestral de los pueblos, experiencia a posteriori de los hechos llamados, valga la redundancia, “históricos”.

Pero si algo hay que decir de la Historia, si la concebimos como deidad, es que muchas de sus obras resultan paradójicas. Si, toda la historia de la humanidad está cargada de paradojas. Y una de estas paradojas fue aquel antojo “histórico” de elegir, para encabezar a una poderosa nación, a un tonto, o al menos a alguien ignorante de las lides políticas y del arte de la guerra. Un pobre tonto del que todos hacían burlas, por sus maneras de hablar, a menudo balbuciente, su tendencia a cojear.

Cuánto habría sufrido en su autoestima aquel pobre hombre, pobre por sus condiciones personales a la vista de todos los que le conocían, si hasta su propia madre, según un chismoso histórico, “le llamaba sombra de hombre, infame aborto de la Naturaleza; y cuando quería hablar de un imbécil, decía: Es más estúpido que mi hijo...” Y ese mismo chismoso nos cuenta que aquel hombre, desde su juventud “se vio obligado a luchar con diferentes y obstinadas enfermedades; y quedó con ellas tan débil de cuerpo y de espíritu que ni siquiera en edad más avanzada se le consideró apto para cualquier cargo público, ni tampoco para ningún negocio particular”. Y, lo que es peor, y aquí está la paradoja, por casualidad ascendió al gobierno. Y casualmente, como se cuenta que entre sus muchos defectos, aquel que todos veían como si fuera excremento humano, estaba el de ser un cobarde y por serlo, la casualidad hizo que le encumbraran al máximo cargo de la nación. Y así comenzaba una fábula real, que ya el propio Esopo hubiera envidiado haberla escrito. Algo así como: “Se encontraban reunidos los animales en un festejo para nombrar a un nuevo rey que sucediese al león, que había sido presa de los cazadores...”.

Este estrafalario personaje histórico respondía al nombre de Tiberio Claudio César Augusto Germánico, de la dinastía Julio-Claudia, pero más conocido solo por su nombre Claudio. Su sobrino Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido por Calígula gobernaba como emperador del Imperio Romano; pero Calígula regía despiadadamente actuando como loco que hasta el filósofo Séneca creyó ver en sus “ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…” claras señales de insania. Calígula se ganó el odio de muchos y entre esos muchos se organizaron conspiraciones con la intención de asesinarle. Algunas fracasaron, pero la última, dirigida por el tribuno militar de la Guardia Pretoriana Casio Querea lograría su propósito. Casio un soldado a toda prueba odiaba al emperador y ¿cómo no hacerlo si aquel joven enloquecido siempre le trataba con fiero desprecio y crueles burlas? Casio Querea, era un hombre en la edad madura (45 años de edad) de robusta complexión que contrastaba con su voz atiplada, se dice que debido a una herida que había recibido en sus genitales.

 Y Calígula se burlaba del aparente afeminamiento de Casio, diciéndole, unas veces, Príapo, otras, le denominaba Venus o lo acusaba de blando y afeminado. Pero no todo el mundo soporta las burlas de los poderosos y el escarnio es guardado dentro del pecho hasta un día en que la furia estalla. El 24 de enero del 41, Casio daría el golpe fulminante. El mismo se ofreció, al resto de los conspiradores para ser el primero en herir a aquel joven y enfatuado emperador. Calígula, según cuenta ese que denominé chismoso histórico, Suetonio, recibió hasta treinta heridas de espada incluso en sus genitales y Josefo informaría que el centurión Aquila le daría la estocada final. Se armó entonces la grande, y el normal corre-corre. Stephen Dando-Collins (La maldición de los césares) reconstruyendo los hechos nos dice que Arruncio Escriboniano un senador que acompañaba a Calígula salió corriendo a dar aviso a la guardia germana, “vociferando que se estaba produciendo un asesinato”; como los guardias germanos recibían buena paga de Calígula decidieron cobrarse venganza. “corrieron en dirección al palacio de Calígula, blandiendo sus espadas y profiriendo duras imprecaciones en su lengua nativa”.

Cuando todo el alboroto llegó hasta Claudio este de inmediato corrió a esconderse tras unas cortinas temiendo por su vida. Pobre de él, sudaba y temblaba orando a los dioses. Entonces los guardias germanos vieron llegaron hasta donde se ocultaba Claudio y el soldado Grato fue quien primero le encontrara. “Mientras los barbados camaradas del soldado Grato ─ expone Stephen Dando-Collins ─ se congregaban alrededor de Claudio, observándole con evidentes muestras de incredulidad, Claudio que, seguía arrastrándose sobre las rodillas de manera harto humillante, estaba convencido de que pensaban matarle, por creer que algunos de aquellos guardias germanos habían asesinado a Calígula. Ahora bien, cuando cayó en la cuenta de que buscaban vengar la muerte de su sobrino, les suplicó que le perdonasen la vida, jurándoles que no tenía la menor idea de quién podía haber asesinado al emperador”. Sin embargo, Grato le sonrió amablemente, le tomó de la mano, le hizo incorporar y le tranquilizó diciéndole: “Deje de preocuparse por salvar la vida, mi señor. Ahora debe pensar en cosas más elevadas, debe pensar en cómo gobernar un imperio. Un imperio que los dioses, preocupados por la suerte del mundo habitado, han puesto en sus manos virtuosas luego de eliminar a Cayo [Calígula]. De modo que venga con nosotros y acepte el trono que por su estirpe le pertenece” (Dando-Collins).

Así, la guardia germana y la pretoriana llevándole en andas hasta el Senado le proclamaron imperator. El gran favor recibido lo compensó luego Claudio con un buen aporte pecuniario a aquellos que ahora serían sus fieles servidores. Más tarde, hizo aprehender a Casio Querea condenándole a la muerte por haber asesinado a Calígula por inquina personal. Quizá todos pensaron que para sustituir al león asesinado habían elegido a un mono; pero el mono resultó tener la astucia de la zorra.

Aquel hombre que ya contaba con 64 años de edad, torpe al hablar y al caminar, que nadie en su poderosa familia le consideraba útil para algún puesto público, despreciado tanto por su madre como por su abuela, que era la burla en la corte de Calígula y que entre sus deficiencias estaba la de darse al alcohol, resultó ser un eficiente administrador de los recursos públicos que como señala Araceli Rego en su blog, mandó secar el Lago Fucino, con el objeto de transformar el terreno en tierra cultivable, y para que el río cercano al lago fuese navegable todo el año, y un verdadero estratega militar que amplió las fronteras del imperio con la conquista de Britania, la anexión de Mauritania y los territorios orientales de Licia, Panfilia, Judea y Tracia, y que fue amado por el pueblo de Roma.


Bromas que ofrece la Historia. Una fábula real cuya moraleja es simple: Nunca juzgues a un ser humano por su apariencia externa, porque muchas veces, tras sus torpezas físicas puede esconderse una mente brillante.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

PARA MI AMADA ETERNA

Mario J. Viera


¡Cuántas veces te vi parada a mi lado! Busque con mis ojos tu rostro, pero tu gélida mirada me rechazaba. Te alejabas de mí con tu sonrisa triste, como diciéndome: “¡Será algún día!”

No te busco, ni te fuerzo a tomarme entre tus brazos, porque sé que, en un día cualquiera, de un cualquier año, vendrás a buscarme. Tu pálido rostro se volverá hacia mí y tus fríos brazos me acogerán... y disfrutaré de tu entrega y serás mía como yo estoy destinado, inexorablemente, a ser tuyo.

Es hermosa mi amada, aunque otros no la vean como yo la contemplo. Ella es dulce y tranquila, aunque otros la crean amarga y cruel.

Fuerza en ella, mi amada, hay... e inspira temor, el temor de lo inevitable, de lo que tiene que ocurrir, porque tiene que ocurrir...

Y recorres el mundo incansablemente visitando, tanto al palacio suntuoso del potentado como a la choza del pobre mendigo. Tu nos miras a todos como iguales y a todos igualas, al valiente y al cobarde, al sabio y al ignorante, al pobre y al rico... ¡No reconoces clases ni privilegios!

Los años pasan y mis días se acortan y yo te espero, sin anhelo, sin apuros, sabiendo que ya no estás muy distante, conociendo que ya estás próxima... Y ha de llegar el momento, cuando me digas, con un beso tuyo: “¡Ya es la hora... Acompáñame!” Entonces yo me volveré olvido, mi nombre apenas se pronunciará, pero tú me conducirás por las sendas del reencuentro, donde me aguardan aquellos que fueron tan queridos por mí...


Te abrazarás a mí, amada eterna, te unirás a mi cuerpo con fruición lujuriosa y te llevarás mi calor en tanto yo comparto tu frialdad y nos disipemos en un orgasmo de eternidad... ¡Cuán hermosa eres, mi amada eterna, oh, amada Muerte!