Mario J. Viera
Dicen algunos, de los que tienen
conocimiento historiográfico, que la Historia es caprichosa, un poco loca y
que, en ocasiones, sus obras no tienen sentido, al menos en el aspecto lógico.
Pero la Historia no es una deidad que apriorísticamente determina el curso de
la vida de los pueblos, sino, son sus hechos los que muestran los caminos a
seguir o los que hay que evitar, porque ella es solo memoria ancestral de los
pueblos, experiencia a posteriori de los hechos llamados, valga la redundancia,
“históricos”.
Pero si algo hay que decir
de la Historia, si la concebimos como deidad, es que muchas de sus obras
resultan paradójicas. Si, toda la historia de la humanidad está cargada de
paradojas. Y una de estas paradojas fue aquel antojo “histórico” de elegir,
para encabezar a una poderosa nación, a un tonto, o al menos a alguien
ignorante de las lides políticas y del arte de la guerra. Un pobre tonto del
que todos hacían burlas, por sus maneras de hablar, a menudo balbuciente, su
tendencia a cojear.
Cuánto habría sufrido en su
autoestima aquel pobre hombre, pobre por sus condiciones personales a la vista
de todos los que le conocían, si hasta su propia madre, según un chismoso
histórico, “le llamaba sombra de hombre,
infame aborto de la Naturaleza; y cuando quería hablar de un imbécil, decía: Es
más estúpido que mi hijo...” Y ese mismo chismoso nos cuenta que aquel
hombre, desde su juventud “se vio
obligado a luchar con diferentes y obstinadas enfermedades; y quedó con ellas
tan débil de cuerpo y de espíritu que ni siquiera en edad más avanzada se le
consideró apto para cualquier cargo público, ni tampoco para ningún negocio
particular”. Y, lo que es peor, y aquí está la paradoja, por casualidad
ascendió al gobierno. Y casualmente, como se cuenta que entre sus muchos
defectos, aquel que todos veían como si fuera excremento humano, estaba el de
ser un cobarde y por serlo, la casualidad hizo que le encumbraran al máximo
cargo de la nación. Y así comenzaba una fábula real, que ya el propio Esopo
hubiera envidiado haberla escrito. Algo así como: “Se encontraban reunidos los animales en un festejo para nombrar a un
nuevo rey que sucediese al león, que había sido presa de los cazadores...”.
Este estrafalario personaje
histórico respondía al nombre de Tiberio Claudio César Augusto Germánico, de la
dinastía Julio-Claudia, pero más conocido solo por su nombre Claudio. Su
sobrino Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido por Calígula gobernaba
como emperador del Imperio Romano; pero Calígula regía despiadadamente actuando
como loco que hasta el filósofo Séneca creyó ver en sus “ojos torvos y emboscados bajo una arrugada frente…” claras señales
de insania. Calígula se ganó el odio de muchos y entre esos muchos se
organizaron conspiraciones con la intención de asesinarle. Algunas fracasaron,
pero la última, dirigida por el tribuno militar de la Guardia Pretoriana Casio
Querea lograría su propósito. Casio un soldado a toda prueba odiaba al
emperador y ¿cómo no hacerlo si aquel joven enloquecido siempre le trataba con
fiero desprecio y crueles burlas? Casio Querea, era un hombre en la edad madura
(45 años de edad) de robusta complexión que contrastaba con su voz atiplada, se
dice que debido a una herida que había recibido en sus genitales.
Y Calígula se burlaba del aparente
afeminamiento de Casio, diciéndole, unas veces, Príapo, otras, le denominaba
Venus o lo acusaba de blando y afeminado. Pero no todo el mundo soporta las
burlas de los poderosos y el escarnio es guardado dentro del pecho hasta un día
en que la furia estalla. El 24 de enero del 41, Casio daría el golpe
fulminante. El mismo se ofreció, al resto de los conspiradores para ser el
primero en herir a aquel joven y enfatuado emperador. Calígula, según cuenta
ese que denominé chismoso histórico, Suetonio, recibió hasta treinta heridas de
espada incluso en sus genitales y Josefo informaría que el centurión Aquila le
daría la estocada final. Se armó entonces la grande, y el normal corre-corre. Stephen
Dando-Collins (La maldición de los
césares) reconstruyendo los hechos nos dice que Arruncio Escriboniano un
senador que acompañaba a Calígula salió corriendo a dar aviso a la guardia
germana, “vociferando que se estaba produciendo un asesinato”; como los
guardias germanos recibían buena paga de Calígula decidieron cobrarse venganza.
“corrieron en dirección al palacio de Calígula, blandiendo sus espadas y
profiriendo duras imprecaciones en su lengua nativa”.
Cuando todo el alboroto
llegó hasta Claudio este de inmediato corrió a esconderse tras unas cortinas
temiendo por su vida. Pobre de él, sudaba y temblaba orando a los dioses.
Entonces los guardias germanos vieron llegaron hasta donde se ocultaba Claudio
y el soldado Grato fue quien primero le encontrara. “Mientras los barbados camaradas del soldado Grato ─ expone Stephen
Dando-Collins ─ se congregaban alrededor
de Claudio, observándole con evidentes muestras de incredulidad, Claudio que,
seguía arrastrándose sobre las rodillas de manera harto humillante, estaba
convencido de que pensaban matarle, por creer que algunos de aquellos guardias
germanos habían asesinado a Calígula. Ahora bien, cuando cayó en la cuenta de
que buscaban vengar la muerte de su sobrino, les suplicó que le perdonasen la
vida, jurándoles que no tenía la menor idea de quién podía haber asesinado al
emperador”. Sin embargo, Grato le sonrió amablemente, le tomó de la mano,
le hizo incorporar y le tranquilizó diciéndole: “Deje de preocuparse por salvar la vida, mi señor. Ahora debe pensar en
cosas más elevadas, debe pensar en cómo gobernar un imperio. Un imperio que los
dioses, preocupados por la suerte del mundo habitado, han puesto en sus manos
virtuosas luego de eliminar a Cayo [Calígula]. De modo que venga con nosotros y acepte el trono que por su estirpe le
pertenece” (Dando-Collins).
Así, la guardia germana y
la pretoriana llevándole en andas hasta el Senado le proclamaron imperator. El gran favor recibido lo
compensó luego Claudio con un buen aporte pecuniario a aquellos que ahora
serían sus fieles servidores. Más tarde, hizo aprehender a Casio Querea
condenándole a la muerte por haber asesinado a Calígula por inquina personal.
Quizá todos pensaron que para sustituir al león asesinado habían elegido a un
mono; pero el mono resultó tener la astucia de la zorra.
Aquel hombre que ya contaba
con 64 años de edad, torpe al hablar y al caminar, que nadie en su poderosa
familia le consideraba útil para algún puesto público, despreciado tanto por su
madre como por su abuela, que era la burla en la corte de Calígula y que entre
sus deficiencias estaba la de darse al alcohol, resultó ser un eficiente
administrador de los recursos públicos que como señala Araceli Rego en su blog,
mandó secar el Lago Fucino, con el objeto de transformar el terreno en tierra
cultivable, y para que el río cercano al lago fuese navegable todo el año, y un
verdadero estratega militar que amplió las fronteras del imperio con la
conquista de Britania, la anexión de Mauritania y los territorios orientales de
Licia, Panfilia, Judea y Tracia, y que fue amado por el pueblo de Roma.
Bromas que ofrece la
Historia. Una fábula real cuya moraleja es simple: Nunca juzgues a un ser humano por su apariencia externa, porque muchas
veces, tras sus torpezas físicas puede esconderse una mente brillante.

