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sábado, 28 de enero de 2017

Comentado sobre la resistencia en Cuba (Cuarta Parte)

Sumisión o desobediencia

Le but de toute association politique est la conservation des droits naturels et imprescriptibles de l’homme” (Art. 2 de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano)



En la realidad concreta de la lucha opositora en contra de la dictadura castrista existe un hecho del todo evidente: las masas populares no han asumido una posición claramente contestaría y no le han brindado apoyo a la oposición. Está presente una marcada brecha entre el mensaje opositor y la pasividad política manifiesta en la población. Las masas se han adaptado a vivir en la mentira del régimen castrista ante la carencia de otra vía. Existe descontento, pero también, frustración. Desde los inicios del poder castrista, cuando la Revolución era una pagana deidad a la que había que adorar sin caer en la herejía de la disidencia (acatamiento religioso: por la creencia de que de su observancia depende la existencia de un bien de salvación. Weber), todos los intentos por derrocar al gobierno surgido el primero de enero de 1959 fueron baldíos. Nada pudieron contra el castrismo naciente los grupos de guerrilleros sustentados por la CIA, principalmente en la Sierra del Escambray, nada se logró, salvo permitir la consolidación del régimen, con la misión insurgente Girón-Playa Larga impulsada por el gobierno de los Estados Unidos. Castro siempre aparecía como el vencedor y ante el vencedor todos se inclinan; ante el vencedor y ante la represión todos se rinden.

Por hábito o por una condición psico-social el pueblo se acostumbró a obedecer, aun en contra de su propia voluntad. Como afirma Bertrand de Jouvenel[1], “no se obedece principalmente porque se hayan sopesado los riesgos de la desobediencia o porque se identifique deliberadamente la propia voluntad con la de los dirigentes. Se obedece esencialmente porque tal es el hábito de la especie”. Sin embargo, la presión impone acatamiento de voluntad: “La presión sobre las exteriorizaciones de opinión ─ plantea Hermann Heller[2]se ha realizado siempre mediante la amenaza, la compra o el convencimiento, es decir, por una superioridad social, económica o intelectual de uno sobre los demás”; por medio de la educación o el adoctrinamiento, por la persuasión y por la fuerza pública, según Heller, se forma y se hace realidad “de manera unitaria el ‘espíritu’ de un grupo” y agrega que esos métodos por sí solos “nunca pueden lograr su objetivo sin una coacción económica y política”. Por otro lado, Gene Sharp señala varias razones por las cuales la gente obedece a los gobernantes, colocando en primer lugar el Hábito; además de esta, incluye las siguientes razones de obediencia: Miedo a las sanciones, Obligación moral, Egoísmo, Identificación psicológica con el gobernante, Zonas de indiferencia y Ausencia de autoestima entre los gobernados[3].

El Estado posee el “poder físico coactivo” (Max Weber) y el Estado totalitario posee, no solo el poder físico coactivo, sino que lo ejerce indiscriminadamente, sin limitaciones jurídicas nacionales o internacionales y, aún contra sus propias normativas del Derecho. Tal como dijera Montesquieu[4]: “En los Estados despóticos la naturaleza del gobierno exige obediencia absoluta”; es decir, dominación entendida como la capacidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos (Max Weber). “Esta dominación (...) puede descansar en los más diversos motivos de sumisión: desde la habituación inconsciente hasta lo que son consideraciones puramente racionales con arreglo a fines”. Se obedece a la dominación, Max Weber[5] lo explicita diciendo: “'Obediencia' significa que la acción del que obedece transcurre como si el contenido del mandato se hubiera convertido, por sí mismo, en máxima de su conducta; y eso únicamente en méritos de la relación formal de obediencia, sin tener en cuenta la propia opinión sobre el valor o desvalor del mandato como tal”. Y en La Política como Profesión, afirma: “Toda empresa de gobierno que pretenda lograr una administración continua necesitará, por un lado la disposición de la actitud humana a obedecer a aquellos jefes que pretenden ser portadores del poder legítimo y, por el otro lado y por medio de esta obediencia, la capacidad de disponer de aquellos recursos concretos que, dado el caso, resultarán necesarios para la ejecución de la violencia física, es decir: los recursos administrativos humanos y los recursos administrativos materiales”.

No es este acatamiento al dominio de un poder tiránico un fenómeno moderno, ya Étienne de La Boétie[6] (1530 – 1563) lo había denunciado alegando: “Resulta cosa verdaderamente sorprendente, aunque sea tan común que más cabe gemir que asombrarse, ver a un millón de hombres miserablemente esclavizados, con la cabeza bajo el yugo, no porque estén sometidos por una fuerza mayor sino porque han sido fascinados, embrujados podríamos decir, por el nombre de uno solo, al que no deberían temer, ya que sólo es uno, ni amar, ya que es inhumano y cruel con ellos”. El pueblo como víctima y al mismo tiempo como sostén de la tiranía al adaptarse al sistema y aceptarlo como inalterable. Václav Havel así lo dice: “Todos nos habíamos acostumbrado al sistema totalitario, lo habíamos aceptado como un hecho inalterable y, por tanto, contribuíamos a perpetuarlo. Dicho de otro modo, todos nosotros ─ si bien, naturalmente, en diferente grado ─ somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria; nadie es sólo su víctima, todos somos partícipes también de su creación[7].

Uno de los propósitos fundamentales de un gobierno totalitario es la organización de las masas, las cuales no son otra cosa que un medio del que se aprovechan los líderes totalitarios para legitimar su dominio. “El Estado es realmente conservado por la sociedad” así lo constata Heller en su ya citada obra. El dominio del Estado totalitario es preservado por las masas. Lo dice Hannah Arendt[8]: “El líder totalitario no es nada más ni nada menos que el funcionario de las masas (…) sin él las masas carecerían de representación externa y seguirían siendo una horda amorfa; sin las masas el líder es una entidad inexistente”. Por medio de las masas el gobierno totalitario controla a las mismas masas ejerciendo la vigilancia masiva de unos sobre otros. Sus múltiples ojos, cual gigantesco Argos, son los mismos ojos del conjunto de la masa; los actos de enfrentamiento a las masas que alienta el gobierno castrista son llevados por parte de una masa idiotizada. Y cuestiona Étienne de La Boétie: “¿De dónde saca todos esos ojos que os espían, sino de vosotros mismos? ¿Cómo tendría todas esas manos que os golpean, sino os las tomase en préstamo? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿no son vuestros? ¿Qué poder tiene sobre vosotros, salvo a vosotros mismos? ¿Cómo se atrevería a agrediros si no fuese porque lo hace de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal podría haceros si no fueseis los encubridores del ladrón que os roba, los cómplices del asesino que os mata, los traidores de vosotros mismos?[9]

El acatamiento pasivo al dominio del poder del Estado totalitario sobre el conjunto de toda la población es, como expresa Weber “una acción condicionada por la masa”, es decir, una acción social orientada por la influencia de las acciones de otros que conduce a la tolerancia u omisión de esa aceptación pasiva del dominio. Weber señala que la “conducta íntima es acción social sólo cuando está orientada por las acciones de otros”. Es lo que Havel define como la resignación a “la vida en la mentira”; así en esta resignación a vivir en la mentira, se vive en un entorno moral contaminado: “Nuestra moral enfermó ─ constata Havel[10] bajo el poder totalitario ─ porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos sólo por nosotros mismos. Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar tan sólo singularidades psicológicas”.

El ciudadano se anula para, por fuerza de la costumbre, convertirse en simple súbdito. Nada cambia y lo absurdo, la arbitrariedad le parece entonces condiciones naturales. “Digamos pues que ─ anota Étienne de La Boétie ─, si todas las cosas le parecen naturales al hombre que se ha acostumbrado a ellas, sólo perseverará en su naturaleza aquel que sólo desea las cosas simples e inalteradas. Así que la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre”. La oposición democrática con su desafío político particular no puede perder de vista esta realidad; no dejarse aturdir por “lo que debiera ser” creyendo erróneamente que el descontento presente en la población conducirá por sí solo a un estado de beligerancia popular. En las condiciones del accionar social bajo un sistema totalitario solo puede presentarse dos formas de rechazo: la deserción, la emigración, el clásico votar con los pies, y la “resistencia anónima u ordinaria”, la que Jean Dale (La Resistencia Activa y la Resistencia Pasiva en los Movimientos Sociales) define como “formas anónimas, individuales, que no requieren de una organización previa, pero si requieren de una interiorización muy profunda de sus parámetros culturales a partir de los cuales actúan y se hacen presentes en todo momento. Y que implican altos niveles de impugnación del sistema establecido”. Es la expresión del disgusto de parte de la población, en el caso que estudia Dale son los campesinos, que no es “una acción concertada ni organizada, sino una forma de corroer el sistema burocrático confrontarse a él y proteger sus propios intereses…” Es en este contexto que aparecen individuos aislados con decidida posición contestataria a los que identificaría con el Einherjer de la mitología nórdica, el “ejército de un solo hombre”, dotados de fuerte individualidad, son capaces de cometer pequeños sabotajes, no se vincula a ninguna organización opositora, porque no confía en ningún grupo, pero tampoco colabora con ninguna actividad que el gobierno convoque; así, el Einherjer se libera a sí mismo no cooperando y buscando lo que Havel denomina “vida en la verdad”, la clave definitiva para la autoliberación:  “Si la ‘vida en la verdad’ es el punto de partida elemental de cualquier esfuerzo del hombre para resistir a la presión alienante del sistema, si es la única base significativa de cualquier acción política independiente y si, en fin, es también la raíz existencial más adecuada a la actitud ‘disidente’, es difícil imaginar que, aun en su objetivación, el trabajo ‘disidente’ pueda fundarse en otra cosa que no sea el servicio a la verdad y a una vida verdadera y el esfuerzo de abrir un espacio a las intenciones reales de la vida[11].

La vida en la verdad es el reconocimiento de ser uno mismo, sin condicionamientos exteriores impuestos y a los que hay que obedecer aun cuando choquen con nuestra conciencia. Es la respuesta dada por Henry Thoreau ante leyes que se consideran injustas: ¿Debe el ciudadano renunciar a su conciencia, siquiera por un momento o en el menor grado a favor del legislador? ¿Entonces por qué el hombre tiene conciencia? Pienso que debemos primero ser hombres y luego súbditos. No es deseable cultivar tanto respeto por la ley como por lo correcto. La única obligación que tengo derecho de asumir es la de hacer en todo momento lo que creo correcto (…) Existen leyes injustas: ¿debemos conformarnos con obedecerlas o, debemos tratar de enmendarlas y acatarlas hasta que hayamos triunfado o, debemos transgredirlas de inmediato?”[12]. Y este sentido de primero ser ciudadanos (hombres) antes que súbditos se expresa un principio clave de la lucha noviolenta, la desobediencia civil, la decisión propia de transgredir todo el andamiaje jurídico de la dictadura. Es el mismo concepto que La Boétie alega cuando dice del tirano: “no es preciso combatirle ni abatirle. Se descompondría por sí mismo, a condición de que el país no consienta en servirle. No se trata de quitarle nada, sino de no darle nada. No sería necesario que el país haga nada por sí mismo, a condición de no hacer nada en su propia contra. Son pues los pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen maltratar, ya que para librarse de ello bastaría con que dejasen de servir. Es el pueblo quien se esclaviza y se degüella a sí mismo; quien, pudiendo escoger entre estar sometido o ser libre, rechaza la libertad y admite el yugo (…) Tomad la resolución de no servir y seréis libres. No os pido que le empujéis y le hagáis tambalear, sino sólo que no le sostengáis. Entonces lo verán como un gran coloso, cuyo pedestal ha sido apartado, caer por su propio peso y romperse en pedazos[13].

Este es el reto, desobediencia civil y no cooperación. Así lo entendió Luther King cuando impulsaba la lucha por los derechos civiles:

Llegué a comprender que lo que realmente estábamos haciendo era retirar nuestra cooperación de un sistema injusto […] Entonces pensé en la obra de Thoreau Essay on Civil Disobedience. […] Me convencí de que lo que estábamos preparando para hacer en Montgomery se relacionaba en gran manera con lo que él había expresado. […] Quien acepta el mal pasivamente está tan mezclado con él como el que ayuda a perpetrarlo. Quien acepta el mal sin protestar, realmente está cooperando con él. […] Un hombre recto no tenía más alternativa que negarse a la cooperación con un sistema injusto[14].

Como expone Manuel Hernández Apodaca, “la desobediencia civil es una manifestación del disenso frente a la ley, esa que pretende regular la convivencia, la que pasa por un proceso legislativo, por ello frente a ella, la desobediencia civil es un acto de negación y enfrentamiento contra una norma del sistema. Pero es también como señala Pérez Bermejo: (…) un acto de manifestación de consentimiento al sistema mismo, si bien se trataría de un consentimiento crítico, consciente y ajeno a la apatía o la sumisión, y ello porque en la desobediencia civil late un concepto de democracia mucho más activa y palpitante que el reducido a la rutina letárgica de los comicios electorales. (PÉREZ,1998. p.77)”[15].

Esto, en concreto es el fundamento de la acción noviolenta, no colaboración y desobediencia civil; de lo que se trata es arrancar a las masas de la influencia político-ideológica del régimen, la vida en la verdad para llegar finalmente al desafío político masivo. Para lograr este propósito se requiere un proceso activo de “toma de conciencia” tal y como acertadamente plantea Manuel Ramírez Chicharro[16], al decir:

El centro sobre el que orbitan las diferentes acciones noviolentas es el “proceso de toma de conciencia”, medio imprescindible para llevar a cabo la revolución pacífica. Racionalidad, originalidad y creatividad se han de combinar para marcar las pautas correctas a seguir en el enfrentamiento por “la dignidad y la libertad humanas”; proclama que se repite, directa o indirectamente, en todos los movimientos noviolentos a lo largo del siglo XX”.

La disidencia[17] interna debe tener en cuenta la propuesta formulada por Gene Sharp: “Se debe fortalecer a la población oprimida en su determinación de luchar, en la confianza en sí misma y en sus aptitudes para resistir (…) Confrontada con una fuerza firme y confiada en sí misma, con una estrategia concienzuda y de genuina solidez, la dictadura eventualmente se desmoronará (…) el liberarse de las dictaduras, en última instancia, depende de la capacidad que la gente tenga de liberarse a sí misma”. Esto significa formar conciencia por medio de una labor sistemática, inteligente, con creatividad; explicando y razonando y con objetivos claramente definidos.

El régimen castrista, cada vez es más débil y aunque todavía cuenta con las fuerzas represivas, la acción de sus órganos secretos, los cuerpos policiacos, los jueces y las prisiones ha ido perdiendo legitimidad ante la opinión internacional. La economía está en grado de descomposición y los recursos son menos accesibles. Para su legitimación acude a la colaboración de las masas, convocando a concentraciones y desfiles que se logran por presión. La no colaboración de la población o de una parte significativa de ella le resta legitimidad. No se requiere del empleo de las armas para hacer caer a la tiranía solo se requiere la no colaboración en la coartada del régimen, negarse a cotizar para los sindicatos oficialistas que no representan los intereses de los trabajadores, no participar en las reuniones de los Comité de Defensa de la Revolución, no participar en las farsas electorales del régimen o al menos entregar en blanco o anuladas las boletas. El castrismo es sustentado por las masas, cuando las masas dejan de cooperar, el fin del sistema está cercano y se puede lanzar el desafío político final. Cuando el individuo en cuanto tal, libre y autodeterminante rechace la colaboración con el gobierno o con el partido oficial, el Estado totalitario pierde el fundamento de su legitimidad. José María Beneyto Pérez en Propiedad, Estado y Sociedad[18] aclara este concepto, cuando dice que el fundamento de la legitimidad del Estado “no hay que buscarlo (…) en él mismo, ni tampoco en su origen histórico o en la voluntad divina, sino en la clave misma de la sociedad: el individuo en cuanto tal, libre y autodeterminante”.

Debe tenerse en cuenta la tesis formulada por Gene Sharp[19]: “A veces un llamado a la resistencia por parte de un pequeño grupo o de una persona puede encontrar inesperadamente una inmensa acogida. (…) Si un número suficiente de subordinados se rehúsa a seguir cooperando por un tiempo suficiente a pesar de la represión el sistema opresivo se debilitará, y acabará por desplomarse”.

En este punto se requiere una reafirmación de la definición de desafío político que ofrece Roberto Helvey[20]: “El ‘desafío político’ es una confrontación noviolenta (protesta, no colaboración e intervención) que se lleva a cabo de manera desafiante y activa, con fines políticos. (…) La palabra ‘desafío’ denota una deliberada provocación a la autoridad mediante la desobediencia, y no deja lugar para la sumisión. (…) Se usa principalmente para describir la acción realizada por la población para retomar de manos de la dictadura el control de las instituciones gubernamentales mediante el constante ataque a las fuentes de poder y el uso deliberado de la planificación estratégica y de las operaciones para alcanzarlo”.

Tengamos presente que tanto la desobediencia civil, es decir, la violación abierta y deliberada de la ley con un propósito político o social colectivo, como cualquier otra acción noviolenta que plantee el conflicto político coloca a los actores en la ilegalidad al rechazar las leyes y hasta la Constitución política del régimen castrista. Es un riesgo que, empero hay que enfrentar. No se puede obviar que el gobierno, ante un poderoso desafío político, reaccionará con violencia. La represión violenta del gobierno no es un indicador del fracaso de la acción noviolenta, sino el resultado lógico de que la acción noviolenta representa una seria amenaza a su poder. Sin embargo, el poder represivo del gobierno crea dificultades a la capacidad de organización, comunicación y movilización de los activistas de la acción noviolenta.

De acuerdo con Kurt Schock[21]: “Deben confluir dos condiciones básicas para que un desafío contribuya a las transformaciones políticas: 1) el desafío debe ser capaz de oponerse exitosamente a la represión, y 2) el desafío debe socavar el poder del Estado. Esas condiciones son suficientemente obvias. Lo que es menos obvio son los atributos y acciones de quienes promueven el desafío y que contribuyen a que se den esas condiciones y mecanismos que vinculan los atributos del movimiento y el accionar para el cambio político”. He aquí una referencia clara a la capacidad de liderazgo de los promotores del desafío y a su habilidad para sortear las dificultades generadas por el accionar represivo. Muy importante, más que priorizar las intenciones hay primero que evaluar las capacidades.



[1] Bertrand de Jouvenel. Sobre el Poder - Historia natural de su crecimiento. UNION EDITORIAL S.A., 2011
[2] Hermann Heller. Op. Cit.
[3] Gene Sharp. Como Funciona la Lucha Noviolenta. Obra condensada de The Politics of Nonviolent Action. The Albert Einstein Institution, 2014  
[4] Montesquieu. El Espíritu de las Leyes. Libro III. Cap. X
[5] Max Weber, Economía y sociedad, México, FCE, 1981
[6] Étienne de La Boétie. Discurso de la servidumbre voluntaria. Publicado en 1576
[7] Václav Havel. Todos ayudamos a crear el totalitarismo. Discurso pronunciado al asumir la presidencia de Checoslovaquia el 1 de enero de 1990
[8] Hannah Arendt. Los orígenes del totalitarismo. Edit. Taurus, 1974
[9] Étienne de La Boétie. Op. Cit.
[10] Václav Havel. Op. Cit.
[11] Václav Havel. El poder de los sin poder. Ediciones Encuentro, Madrid, España, 2013
[12] Henry Thoreau. Desobediencia civil
[13] Étienne de La Boétie. Op. Cit.
[14] Martin Luther King. Un sueño de igualdad; La Catarata; 2001
[15] Samuel Hernández Apodaca. Desobedecer la ley como obligación moral y Como derecho político. Revista Quaestionis. 19 de septiembre de 2016. No. 27
[16] Manuel Ramírez Chicharro. Desobediencia civil: la fuerza más poderosa. Historiadores Histéricos, Universidad de Castilla La Mancha (UCLM)
[17] Empleo este sustantivo a propósito, para recalcar que, hasta el presente, no existe como tal en Cuba y desde un punto estrictamente formal, una verdadera oposición, es decir como expresión organizada de la controversia que tiene lugar en el proceso de formación de la voluntad política y de la adopción de decisiones. La oposición sólo se entiende en cuanto “aspirante al gobierno”, y esa aspiración sólo es viable cuando se cuenta con el apoyo electoral o popular suficiente para lograr sus propósitos, vinculándose al conflicto político entendido como la mutua, simultánea y contradictoria aspiración de dos fuerzas oponentes a un mismo objetivo la toma o mantenimiento del poder y con capacidad para integrar y articular intereses y demandas.
[18] José María Beneyto Pérez. Propiedad, Estado y Sociedad: posibilidades de un análisis estructural diacrónico. Revista de Estudios Políticos 15.
[19] Gene Sharp. De la Dictadura a la Democracia. The Albert Einstein Institution
[20] Roberto Helvey, citado por Gene Sharp. Op. Cit.
[21] Kurt Schock. Insurrecciones no armadas. Movimientos de poder popular en regímenes autoritarios. Editorial Universidad del Rosario, Colombia, 2008

miércoles, 25 de enero de 2017

Comentado sobre la resistencia en Cuba (Tercera Parte)

Liderazgo

Sin líderes no puede haber debate o lucha política. El liderazgo no se impone, se gana. Angel Villegas Cruz en un artículo de Maestría para la Universidad ICES señala acertadamente: “Un líder busca lograr un objetivo, y para ello necesita gente, y para que la gente lo siga los tiene que influenciar de alguna forma”. Primera condición del liderazgo: ejercer influencia “dentro o con respecto a un grupo y encaminado a una meta, sea cual sea esta[1]. El líder capaz de influenciar en la conducta de otros tiene que destacarse en primer lugar por sus actitudes personales, por sus actos y por sus propuestas. En la oposición cubana muchos se reportan como “líderes” y, no obstante, apenas son conocidos al interior del país. En el exterior se conocen sus proyectos y sus propuestas políticas pero estos proyectos y estas propuestas son prácticamente desconocidas entre la población de la isla; por tanto, no tienen influencia en la opinión pública, no generan voluntad política, o como lo define Hermann Heller[2], “juicios que sirven como armas para la lucha política o para conseguir prosélitos políticos”. 

Para el ejercicio del liderazgo se requiere pasión, inteligencia o, si se quiere, astucia, talento oratorio o expresión clara, confianza en sí mismo, y en sus propuestas, fuerza de voluntad, y disciplina. El líder ha de mostrarse como idealista y emotivo y ser capaz de captar lo que preocupa principalmente a la población actuando como vocero de esas preocupaciones y como conductor de las aspiraciones populares. “El liderazgo se manifiesta de diversas formas ─ asegura Villegas Cruz ─, pero la más notoria es por el número de seguidores que mueven a otros hacia sus postulados”. Sin captar la atención nacional, sin ganar prosélitos para las filas opositoras, ningún proyecto político que se elabore puede recibir el necesario impulso. La influencia sobre el colectivo es la marca del liderazgo y al igual que este no se impone, sino que se tiene que ganar, así la influencia no es don divino, sino que tiene que ser ganada en la opinión pública. Una definición del liderazgo político lo ofrece la Biblioteca Católica Digital, diciendo que, por liderazgo político se entiende “el conjunto de actividades, relaciones y comunicaciones interpersonales, que permiten a un ciudadano movilizar personas (…) de manera voluntaria y consciente, para que logren objetivos socialmente útiles”. Por otra parte, Santiago Delgado Fernández señala que “sólo existe liderazgo cuando alguien es capaz de focalizar las expectativas del grupo o, de fijar unas metas hasta ese momento poco definidas[3]. Es decir, bajo ambos criterios, se trata de la capacidad de influir.

Una tarea de todo modo imprescindible de la oposición en medio de la lucha noviolenta es ganarse la opinión pública. Porque como bien expone Heller[4]la enorme importancia de la opinión pública consiste en que, en virtud de su aprobación o desaprobación, asegura aquellas reglas convencionales que son la base de la conexión social y de la unidad estatal”. Ahora bien, como esa expresión busca siempre causar impresión, combatir o ganar, todos (los medios por los cuales se exprese) se hallan sometidos a las leyes de la agitación, de la lucha y del engaño”.

Ganar la opinión pública nacional para asegurar la aprobación de las propuestas opositoras y el rechazo a los postulados del poder gubernamental. En la batalla por la conquista de la opinión pública no se puede perder de vista que el gobierno cuenta con poderosos recursos para influir en la opinión pública sin escatimar en recursos de agitación política y de engaño. Esta es la primera gran batalla que deberá ganar la oposición, su gran prueba de fuego, donde se han de poner en tensión todas las capacidades de los activistas opositores y del concurso del imprescindible Movimiento de Apoyo Cívico. Ganar la opinión pública firme y permanente, por cuanto es opinión de voluntad racional, es asegurar el liderazgo.

Citaré lo que Hermann Heller[5] considera como opinión pública:

La opinión pública, tal como nosotros la entendemos, es opinión de voluntad política en forma racional, por lo cual no se agota nunca en la primera imitación y el contagio psicológico colectivo. (…) Esta opinión pública relativamente firme y permanente ha de diferenciarse de la fluctuante opinión política de cada día. Sólo la opinión pública firme posee, en su juicio, cierto carácter unitario y constante, frente a lo cual la fluctuante opinión de cada día es considerada, en la mayoría de los casos acertadamente, como veleidosa, crédula y contradictoria. Sin embargo, no puede negarse que las fronteras entre ambos estados de agregación son, en la realidad, imprecisas.

No obstante, Heller hace una aclaración que no puede perderse de vista a la hora de luchar por ganar la opinión pública, la influencia de los juicios y prejuicios afirmados dentro de la conciencia social:

Los juicios y prejuicios que han cobrado firmeza constituyen, de ordinario, la base de las opiniones de cada día y éstas, a su vez renuevan y transforman las firmes opiniones de voluntad

En el caso particular de la lucha contra la dictadura totalitaria de Cuba hay que tener en cuenta los juicios derrotistas que se presentan dentro de gran parte de la población, tales como el decir, “ellos se hicieron del poder por las armas y solo pueden ser expulsados por las armas”; “todos los grupos opositores están penetrados por la seguridad del Estado”; “la única solución es la emigración”; “no me interesa la política”; etc. A propósito, es bueno reproducir la opinión de Stephen Zunes[6] referente a las ventajas que proporciona la acción no violenta en contraposición a las de la opción armada. Señala Zunes que un “efecto de los movimientos no armados es que aumentan la probabilidad de deserciones y promueven la falta de cooperación de oficiales desmotivados de las fuerzas militares y de la policía, mientras que las revueltas armadas legitiman el poder de coacción del gobierno, lo que refuerza su auto percepción como protector de la sociedad civil. El poder moral de la no violencia es sumamente importante para la capacidad del movimiento de oposición de generar un nuevo contexto en la percepción de los segmentos claves de la población -- público general, élites políticas y militares –que incluso no tienen ningún reparo en apoyar el uso de la violencia en contra de insurrecciones violentas”.

De acuerdo con Gene Sharp, ser líder “significa ser portavoz, ofrecer, organizar, e implementar soluciones. Puede haber un liderazgo ejercido por un grupo o comité, puede ser individual o una combinación de éstos[7].

El liderazgo que debe buscar la oposición ha de ser, en lo fundamental, un liderazgo orgánico. La organización opositora actuando como conductora de todo el movimiento de lucha noviolenta, influyendo en la opinión nacional con argumentos movilizadores, con propuestas que den respuestas a las inquietudes de la población, y al mismo tiempo colocando en posiciones de dirección a activistas con actitudes de liderazgo. Liderazgo vertical y liderazgo horizontal en rechazo a la tentación de entregar toda la conducción de la lucha en manos de un máximo líder carismático y mesiánico. El fundamento del liderazgo horizontal se encuentra en la especialización de tareas tales como la actividad sindical, el trabajo entre la juventud y los estudiantes y el movimiento campesino.


[1] Northouse, P. G. (2001): Leadership. Theory and Practice, 2ª Ed. Sage Publications, Inc. Thousand Oaks, London, New Delhi. Cit. por Santiago Delgado Fernández. SOBRE EL CONCEPTO Y EL ESTUDIO DEL LIDERAZGO POLÍTICO. Universidad de Granada, Psicología Política, Nº 29, 2004, 7-29
[2] Hermann Heller, Teoría del Estado, México, Fondo de Cultura Económica, 1982
[3] Santiago Delgado Fernández. SOBRE EL CONCEPTO Y EL ESTUDIO DEL LIDERAZGO POLÍTICO. Universidad de Granada, Psicología Política, Nº 29, 2004, 7-29
[4] Hermann Heller. Op. Cit.
[5] Hermann Heller. Op. Cit.
[6] Stephen Zunes. El poder de los movimientos populares no violentos
[7] Gene Sharp. Cómo Funciona la Lucha Noviolenta. Obra condensada de The Politics of Nonviolent Action. The Albert Einstein Institution, 2014   

Comentado sobre la resistencia en Cuba (Segunda Parte)


Paralelamente a la labor de activismo la oposición deberá ser capaz de dar cuerpo a un movimiento de apoyo cívico de bajo nivel que pudiera denominarse Comité de Apoyo Cívico[1], pero fundamental en apoyo y colaboración, integrado con ciudadanos que, aunque simpatizantes con el movimiento opositor no estén dispuestos a participar en un activismo abierto. La idea de fundar un tal Comité de Apoyo Cívico sería una respuesta a la interrogante planteada por Gene Sharp, “¿Cuál es la posición de terceras personas no inmediatamente involucradas en el conflicto que están ayudando, o podrían ayudar, bien a la dictadura, bien al movimiento democrático y cómo podrían hacerlo?[2]

En toda sociedad humana existe una “mayoría silenciosa”[3] y hacia esa mayoría hay que dirigir el esfuerzo primordial buscando su colaboración y participación; volvemos aquí al Arte de la Guerra de Sun Tsu: “Cuando hay entusiasmo, convicción, orden, organización, recursos, compromiso de los soldados (en este caso, de los activistas), tienes la fuerza del ímpetu, y el tímido es valeroso. Así es posible asignar a los soldados (a los activistas) por sus capacidades, habilidades y encomendarle deberes y responsabilidades adecuadas. El valiente puede luchar, el cuidadoso puede hacer de centinela, y el inteligente puede estudiar, analizar y comunicar. Cada cual es útil”.

El Comité de Apoyo Cívico es pues el “soldado cuidadoso” de Sun Tsu, el centinela, el colaborador que observa y cumple tareas de manera discreta pero efectiva. No perdamos de vista que la fortaleza de un partido o de una organización política no está en el número de afiliados con que cuente sino en su capacidad de convocatoria y de movilización. He ahí la meta a alcanzar mediante la constitución de un Comité de Apoyo Cívico que será, en definitiva, la polarización de la sociedad en dos campos bien delimitados: el pueblo y el Estado totalitario al que, ajustado al criterio de Ernesto Laclau, “siempre hay que construir como enemigo”. Es sumamente importante sumar al movimiento de acción noviolenta cuantos voluntarios ─ actuando como agentes pasivos o como activistas ─, sean captados para impulsar, desde las profundidades, las campañas propuestas. Así lo entienden Srdja Popovic, Andrej Milivojevic y Slobodan Djinovic, al decir que, “los voluntarios son cruciales para un movimiento fuerte. Desarrollar una base de afiliados pasivos y activos es esencial para el éxito de cualquier campaña a largo plazo[4]. El Comité de Apoyo Cívico, no es trabajo fundado sobre la improvisación; debe ser una sistemática labor de inteligencia, no solo entendida esta como la capacidad de pensar, entender, razonar, asimilar, elaborar información y emplear el uso de la lógica, sino también como la capacidad de obtener y recolectar información político-estratégica para conocer, analizar y comprender el entorno y, en consecuencia, permitir la elaboración de los procedimientos más adecuados para alcanzar los objetivos políticos propuestos. Se trata en este caso, de la inteligencia como servicio para la toma de decisiones basadas en el análisis reflexivo acerca de las capacidades, vulnerabilidades e intenciones de los enemigos políticos y de los posibles aliados.   

Esta es una fase más de la táctica de la noviolencia, su fase conspirativa y secreta, y complementaria de su fase abierta del trabajo político y de agitación política de activistas a cara descubierta. Se debe tener en mente, tal como se expone en el manual Inteligencia de Combate de la Escuela de las Américas, que el “éxito o fracaso de una insurrección (o de un movimiento de lucha noviolenta, agrego) depende substancialmente de la actitud de la población. Se debe evaluar cuidadosamente el posible efecto que cualquier acción surta en la población…” En este sentido, el posible Comité de Apoyo Cívico es un elemento de primera línea recogiendo las opiniones que se plantean dentro de su entorno social sobre las propuestas o el accionar que haya acometido el movimiento opositor.

Dos tareas elementales, la de proselitismo o reclutamiento, para crecer en número, y la labor de captación de simpatizantes y colaboradores. Siempre, dentro de estos últimos, existen aquellos que, en la propia terminología de la inteligencia castrista, son los llamados “Persona de interés”. Sin embargo, este término debe dejarse bien definido en cuánto a su encuadre dentro de la lucha noviolenta política. No se trata de una labor de espionaje, dirigida a la búsqueda de información estratégico militar, como es lo común entre las agencias de inteligencia, sino de una relación de colaboración y de influencia para la elaboración de un estado de opinión entre profesores universitarios, estudiantes, intelectuales, periodistas y artistas. Así, la oposición debe saber distinguir quienes son amigos, quienes, aliados, bien circunstanciales o bien estratégicos, y quienes son enemigos. Aún entre las propias filas del Partido de gobierno se pueden captar colaboradores; siempre han existido esos colaboradores con la oposición.

La oposición frente al régimen castrista debe entender que la resistencia noviolenta es la realización de la guerra por medios pacíficos. Tal como afirma Fernando Mires, “la política está más cerca de lo militar que de lo económico” y agrega: “No vamos a citar ni a Maquiavelo, ni a Hobbes, ni a Clausewitz ni a Carl Schmitt para reafirmar esa idea base. La política nació de la guerra y por lo mismo encierra en sí una lógica que si bien no es militar en sí, viene de lo militar. Esa lógica nos dice que en la política como en la guerra hay antagonismos y luego hay enemigos[5]. Hay una cita de Mao Zedong que pareciera converger con estos criterios y subsiste en la mente de muchos revolucionarios y de aquellos que pretenden enfrentarse a un régimen dictatorial: “la política ─ anotó Mao ─ es una guerra sin derramamiento de sangre, mientras que la guerra es política con derramamiento de sangre. Somos defensores de la abolición de la guerra, no queremos guerra; pero la guerra sólo puede abolirse con guerra, para deshacerse de las armas, es necesario tomarlas”. Esta es la prédica de la violencia que en consecuencia genera más violencia, impone sufrimiento, genera pérdidas inútiles de vida entre las personas no comprometida con la guerra y, junto a esto, en una guerra civil los daños que genera son cuantiosos en vidas, y hacienda. Las armas pueden ser derrotadas mediante la lucha noviolenta ejecutada con astucia, inteligencia y disciplina y los daños, comparados con los de una acción militar son significativamente mucho menores.

Srdja Popovic y colaboradores[6] citan un estudio realizado en 2005 por Adrian Karatnyccky y Peter Ackerman de Freedom House, titulado ‘Cómo se gana la libertad: De la Resistencia Civil a la Democracia Duradera’. “En este estudio, se afirma que, en 50 de las 67 transiciones a la democracia durante los últimos 33 años, la resistencia civil no violenta fue un factor fundamental. Además, cuando los movimientos opositores utilizaron la resistencia no violenta, la transición arrojó resultados de mayor libertad y justicia para las sociedades en cuestión; mientras que los movimientos opositores que recurrieron a la violencia para lograr la transición, redujeron grandemente las posibilidades de construir democracias sostenibles”. Esta es la diferencia entre los partisanos armados y el partisano de la noviolencia, la diferencia existente entre democracias no sostenibles y una democracia firme.

Empero, el activista de la lucha noviolenta es tratado por el Poder como un luchador ilegal y hasta clandestino, aunque se manifieste públicamente, sin ocultamiento de identidad, por tanto, él es un partisano en combate irregular, un guerrillero urbano que no recurre al sabotaje o a la violencia. El partisano noviolento, el activista y agitador político colocado en la ilegalización, tiene como misión, impulsar a su favor la guerra civil de carácter frío; un estado de agitación política dirigido hacia el derrocamiento del poder totalitario. En la resistencia pacífica se mezcla en una misma unidad el principio táctico de guerrilla y de política. El guerrillero armado requiere del apoyo de una organización de carácter regular que le suministre recursos económicos y tácticos. El guerrillero noviolento requiere, del mismo modo, una organización de apoyo, diferente a su organización política perseguida y acosada por las fuerzas represivas, en este caso el hipotético Comité de Apoyo Cívico es su organización de sustento.



[1] Propongo este nombre de Comité en el sentido que en Argentina, El Salvador y Uruguay se da a esta acepción como el lugar donde se desarrollan actividades de información, de adoctrinamiento y de propaganda políticos.
[2] Gene Sharp. Op. Cit.
[3] Es como han expresado José Luis Fernández Casadevante y Nacho García Pedraza, ya citados: “Ante las prácticas de dominio y opresión siempre hay resistencia, aunque en muchos casos esta constituya un discurso oculto donde se articulan prácticas y exigencias que por temor a las represalias no pueden mostrarse abiertamente”.
[4] Srdja Popovic, Andrej Milivojevic y Slobodan Djinovic. Lucha no Violenta. Los 50 Puntos Cruciales. Center for Applied Non Violent Action and Strategies (CANVAS) Belgrado, Serbia, 2006
[5] Fernando Mires. La OTAN, la UE y la Política. Blog Polis, 15 de julio de 2016
[6] Srdja Popovic, Andrej Milivojevic, Slobodan Djinovic. La lucha noviolenta. Los 50 puntos cruciales. Un enfoque estratégico con tácticas cotidianas. Center for Applied Non Violent Action and Strategies (CANVAS) Belgrado, Serbia, 2006

martes, 24 de enero de 2017

Comentado sobre la resistencia en Cuba


I

 


Todo partido político representa una opción de gobierno. Los partidos se estructuran sobre un programa de propuestas afines a un sector de la población dentro del cual buscan sus adherentes. Alcanzar el poder es el objetivo final de todo partido político, empleando para ello una estrategia elaborada a tal propósito. Tengamos presente que la lucha política no es una aventura, sino un accionar consciente y decidido para alcanzar, en primer lugar, el poder político. Sin ese objetivo primario no se estará hablando de organización política sino, solo y nada más, de una organización de carácter civilista.

 

La oposición cubana debe organizarse políticamente, dejando de ser simples grupos contestatarios. No se trata solo de hacer resistencia al gobierno, sino que debe convertirse en fuerza de presión sobre el gobierno. Es necesario plantear el desafío político, el que como define Gene Sharp en De la Dictadura a la Democracia[1], es el medio idóneo para negarle al régimen el acceso a sus fuentes de poder fundadas en la cooperación, sumisión y obediencia de la población. La puesta en práctica de lucha noviolenta. Por tanto, la oposición debe dejar de ser expresión disidente para proponerse como una opción diferente de gobierno; como oposición con objetivos definidos.

 

Captar el apoyo de la población, inicialmente quizá, como apoyo silencioso, pero, posteriormente, como apoyo definido. Y este apoyo no se alcanza lanzando solo consignas que pudieran considerarse subversivas, como es gritar “¡Abajo Fidel!”, “¡Abajo Raúl!”, o “¡Abajo el comunismo!” que intimidan a la población ante el riesgo de la represión. Deben elaborarse consignas que pongan su atención en los problemas que enfrenta toda la sociedad, el salario, la alimentación, las condiciones de la asistencia médica, las deficiencias en la transportación pública, el suministro de agua, las condiciones habitacionales y muchas otras de igual corte, y siempre aclarando e instruyendo que toda esa problemática solo es posible superarla con la sustitución del régimen por un gobierno de carácter democrático y que ese gobierno  solo es posible con el triunfo de la oposición.

 

La oposición debe elaborar un programa mínimo de gobierno y hacerlo conocer por la población. Esto en un primer acercamiento.

 

Se debe estudiar y elaborar una estrategia de lucha fundada sobre las realidades nacionales y sobre la capacidad de movimiento y organización de la oposición. Lo ideal es alcanzar un consenso entre los diferentes grupos opositores en torno a una plataforma común que no necesariamente tenga que constituirse en un solo partido de toda la oposición. No obstante, si este ideal no es alcanzado, un grupo opositor debidamente organizado que cuente con líderes aptos podría asumir el desafío político por sí mismo.

Hemos hablado de desafío político dirigido a alcanzar el apoyo de la población para restarles fuerzas a la dictadura y debemos insistir en este tema, desafío político; pero este desafío tiene como base lo político y, por tanto, se debe pensar políticamente. Y la política es un conflicto entre posiciones diferentes de poder; es la lucha por desplazar al adversario y ocupar su posición, tal y como se organiza una batalla militar: ocupar posiciones, sostenerlas y finalmente integrarlas; o como definiera Carl Schmitt en “El Concepto de lo Político”, “la esencia de las relaciones políticas es el antagonismo concreto originado a partir de la posibilidad efectiva de lucha”. 

 

El tiempo de lo político se conjuga en presente. Es lo que, en el momento, hoy, se requiere. Y el plan de lo político se tiene que fundamentar sobre la realidad actual, valga decir, Realpolitik, que como afirma el politólogo Fernando Mires, significa “hacer política de y en la realidad”. Si se descuida lo real objetivo a favor de lo ideal subjetivo se termina en el fracaso de todo empeño. La política es una práctica que tiene lugar en el plano de la realidad concreta de acuerdo a la dimensión exacta de las diferencias entre fuerzas antagónicas en el marco de la lucha por el poder; esta es una definición correcta de lo que sería pensar políticamente. Por tanto, se debe imperativamente pensar políticamente.

 

Volvamos a Carl Schmitt para definir el enemigo en el plano político: “El enemigo político ─ nos instruye Schmitt ─ no tiene por qué ser moralmente malo; no tiene por qué ser estéticamente feo (…) Es simplemente el otro, el extraño, y le basta a su esencia el constituir algo distinto y diferente en un sentido existencial especialmente intenso de modo tal que, en un caso extremo, los conflictos con él se tornan posibles, siendo que estos conflictos no pueden ser resueltos por una normativa general establecida de antemano, ni por el arbitraje de un tercero ‘noinvolucrado’ y por lo tanto ‘imparcial’”. Esto nos conduce a dos propuestas de Gene Sharp: Primero, no depositar las esperanzas de liberación en salvadores extranjeros como “las Naciones Unidas, un país en particular o sanciones internacionales económicas y políticas”. Segundo, no dar mayor influencia al diálogo o a las negociaciones entre demócratas y dictadura. “El triunfo lo determina con más frecuencia, no la negociación de un arreglo, sino el uso acertado de los métodos de resistencia más apropiados y poderosos posibles”.

 

En todo actuar político frente a una dictadura es imprescindible evitar la improvisación; cada paso que se dé, debe ser previamente bien pensado. Esto exige que la organización opositora concentre la mayor parte de su actividad y recursos al trabajo en la organización interna y en la relación con su base social, es decir, como apuntan José Luis Fernández Casadevante y Nacho García Pedraza, “una dinámica que de forma oculta permite poner en marcha nuevas relaciones sociales (solución de problemas, identidades colectivas…) que si se extienden terminan teniendo grandes impactos sobre la realidad[2].

 

La oposición debe prepararse para alcanzar el poder ─ política, como precisa Weber, es “la intención de participar del poder” ─ y, por tanto, debe contar con líderes que posean cultura política. Es necesario estudiar sin dejar de actuar. Todo gobierno es un problema sumamente complejo y hay que estar preparados para tener la capacidad de enfrentar las complejidades del gobierno. Cuando esto se alcanza crece la confianza de los grandes grupos de la población en sus líderes.  

 

Llegar al poder, significa, restaurar la República; pero para instaurar la República hay que transformar, abatir las estructuras del Estado totalitario; significa una remodelación de todo el actual sistema legal. Remodelar el Poder Judicial y restablecer el Poder Legislativo transfiriendo el ejercicio de dictar las leyes al Congreso. Una tarea si se quiere titánica que debe enmarcarse dentro de específicas estructuras jurídicas. ¿Está la oposición cubana preparada para enfrentar estas transformaciones y gobernar al país? El talento y la cultura política que existe en el exilio puede ser de gran ayuda, pero no lo suficiente.

 

¿Partir de cero? No necesariamente. Primero, hay que rescatar la tradición legislativa y constitucional de la República y, para ello partir del reconocimiento de la Constitución de 1940 como el instrumento legitimador de la lucha política opositora y principio y guía para la formulación estatal. Proclamar el restablecimiento de la Constitución de 1940 tiene más fuerza política que proclamar el establecimiento de una Constitución que ni siquiera ha sido redactado el texto de su Proyecto ni recibido el consenso de la nación. Y tiene más fuerza porque, en primer lugar, ello significa retornar a la democracia republicana anterior al zarpazo del 10 de marzo de 1952. No es necesario legislar un nuevo documento constitucional, ni perder tiempo en programar una nueva Asamblea Constituyente, tiempo que se requerirá para las imprescindibles tareas que se requieren acometer para darle solución a los múltiples y complejos problemas que plantea el salto hacia la democracia. El mismo Sharp considera viable esta opinión cuando se refiere al Trabajo Preliminar para una Democracia Duradera (Capítulo Diez) señalando: “Si una constitución (…) hubiera existido antes en la historia del país recién liberado, sería deseable reimplantarla modificándola apenas en lo que fuere necesario y deseable[3].

 

Segundo, poner en vigor las leyes elaboradas en el país y que estaban vigentes antes del 10 de marzo de 1952. Código Civil, Código del Comercio, Código de Defensa Social (Derecho Penal); Leyes complementarias de la Constitución: Ley No. 13 de diciembre 23, 1948 (Creadora del Banco Nacional de Cuba), Ley 14 del 20 de diciembre de 1950 (Tribunal de Cuentas). Además, el Decreto Nº 2059, de 6 de octubre de 1933, publicado en la Gaceta Oficial el 9 de octubre de 1933 que declaraba la autonomía universitaria y el Decreto 798 de abril de 1938, que funcionaba como un Código del Trabajo, referente a la contratación laboral, reglamentación sobre la terminación de la relación laboral, y la obligación de confeccionar un expediente para los despidos.

 

Toda la producción legislativa, bastante extensa de la República no se ha perdido. En universidades estadounidenses se encuentran útiles libros al respecto que recogen en sus páginas el texto de muchas importantes leyes; así también en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos pueden encontrarse muchos de los números de la Gaceta Oficial de Cuba. Consejos útiles para la reforma del Poder Ejecutivo se pueden encontrar en ensayos redactados por Alberto Luzárraga (“Reflexiones sobre un futuro Poder Judicial en Cuba” y “El Tribunal Constitucional: Elemento esencial de una Cuba Libre y Democrática. El Cómo y el Por Qué”).

 

La lucha contra la dictadura basada en la confrontación por medio de la noviolencia requiere, primero un núcleo dirigente con líderes políticamente preparados, que cuenten con asesores jurídicos y con activistas disciplinados que sepan vincularse con la población y estén capacitados para actuar como efectivos agitadores políticos. Pero el agitador político, en las condiciones de lucha noviolenta, no es el que perturba los ánimos para promover acciones violentas. El agitador político debe ser un activista bien preparado y disciplinado, capaz de poner de manifiesto el carácter tiránico del sistema, argumenta y exhorta a huelgas, protestas, movilizaciones o acciones de desobediencia civil y de lucha; su función es exaltar los ánimos de las personas para inducirlas a la acción y producir un sacudimiento social, es decir impulsar el desafío político masivo.  

 

Alcanzar un nivel alto de organización política requiere constancia en el trabajo, inteligencia, decisión y sobre todo no actuar precipitadamente y a la vez no perder el tiempo. Una dictadura de más de cinco décadas no se abate en semanas, primero hay que estructurar la fuerza opositora, con paciencia y con astucia y sin perder de vista que siempre dentro de sus filas habrá infiltrado algún provocador de la policía política. Es importante tener en cuenta la recomendación de Sun Tsu en El Arte de la Guerra que resulta equivalente al concepto de estrategia política de resistencia o de lucha noviolenta: “Con una evaluación cuidadosa (de las condiciones), uno puede vencer; sin ella, no puede. Mucho menos oportunidad de victoria tendrá aquel que no realiza cálculos en absoluto”.

 

Este es pues, el dirigente opositor actuando políticamente, desplegando las cualidades que según Max Weber son “las decisivamente importantes para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura”. Pasión, puesta al servicio de la causa que anima, la del conflicto entre el pueblo y el no-pueblo, entre el pueblo y la cúpula del poder, para que sea “la estrella que oriente la acción”; acción conducida por la mesura, que es, para decirlo con palabras de Weber, “la cualidad psicológica decisiva para el político”; es decir, la “capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas”. Esto simplemente es saber situarse en el momento político y poder decidir lo que Schmitt denominó “posibilidad efectiva de lucha”, y sin perder de vista los axiomas de Sun Tsu: “Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”. Conocerse a sí mismo, a la organización que impulsa la acción para el cambio, es conocer sus Debilidades, qué se está haciendo mal, qué se debe evitar, qué se puede mejorar; las Amenazas que debe enfrentar, obstáculos, acción del oponente, la Fortaleza que se posee en adhesiones, recursos y apoyos, y las Oportunidades de las que dispone el movimiento de cara a la campaña que esté planeando.



[1] Gene Sharp. De la Dictadura a la Democracia. The Albert Einstein Institution
[2] José Luis Fernández Casadevante y Nacho García Pedraza. Manual para las formaciones en Noviolencia y Transformación Social. International Institute for Nonviolent Action. Diciembre 2013. 2ª edición.
[3] Gene Sharp. Op. Cit.