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lunes, 24 de octubre de 2016

Capítulo XXIX Segunda Parte. “Amigos, aliados y enemigos. Un análisis crítico de la Era del castrismo”.

Mario J. Viera

La marcha hacia Occidente. Moral del Ejército Regular

El 9 de septiembre, en la madrugada, el contingente de Guevara, que se trasladaba en camiones[1], hace un alto ante la portada de un batey en la Finca La Federal, precisamente a solo ciento cincuenta metros de donde se encontraban siete soldados al mando de un cabo que custodiaban aquella propiedad rural. Los militares al ver la luz de los vehículos rebeldes hacen una señal con las luces del jeep que solo por casualidad es respondida acertadamente por el grupo rebelde. Los hombres de Guevara se mueven sigilosamente hacia donde aguardan los militares, todos efectivos de la Guardia Rural. El cabo que comandaba el grupo de guardias rurales al ver que se acercaban da la voz de alto; uno de los guerrilleros responde: “Aquí el 26 de Julio”. Se inició el fuego de armas y los militares se parapetaron en la segunda planta de una casa de paredes de ladrillo. Los rebeldes entran en la primera planta y se continúa el combate hasta que el cabo que comandaba a los militares cae muerto. Solo cuatro soldados finalmente se entregaron a los rebeldes. Todo esto según ha sido descrito por EcuRed. Algo muy diferente de lo descrito por Roberto Pérez Rivero que confiere a esta escaramuza niveles de gran batalla:

El combate de La Federal caracteriza el accionar del ejército en esta provincia. La buena ubicación de las emboscadas en el terreno, el logro de la sorpresa, el incremento de fuerzas después de iniciado el combate y el apoyo aéreo, no fueron suficientes para alcanzar la iniciativa. Las emboscadas enemigas, siendo acciones ofensivas, tuvieron en estos casos un carácter defensivo por su pasividad y por limitarse a esperar que el adversario chocara contra ellas. En La Federal, la pasividad y la ausencia de espíritu combativo fue grande. Los jefes no atacaron ni siquiera cuando llegaron los primeros refuerzos, al contrario; incumplieron órdenes del jefe de la zona de operaciones y mostraron cobardía[2].

A La Federal no llegaron tropas de refuerzos ni hubo apoyo aéreo; de haber ocurrido esto, ahora no existiría el mito Che. Por otra parte, el encuentro en La Federal no fue, técnicamente hablando, una emboscada y, mucho menos, una batalla. Sobre esta escaramuza anotaría Guevara en su diario:

La noche del 9 de septiembre, entrando en el lugar conocido por “La Federal”, nuestra vanguardia cayó en una emboscada enemiga, muriendo dos valiosos compañeros; pero, el resultado más lamentable fue el ser localizados por fuerzas enemigas, que de allí en adelante no nos dieron tregua. Tras un corto combate se redujo a la pequeña guarnición que allí había, llevándonos 4 prisioneros. Ahora debemos marchar con mucho cuidado, debido a que la aviación conocía nuestra ruta aproximada.

Una emboscada se organiza teniendo en cuenta las posibles vías por las que ha de transitar un enemigo que ya se prevé su presencia. Las emboscadas cumplen el propósito de hostigar, destruir, aniquilar, obtener e incautar material y equipo; y se caracterizan por ser un ataque sorpresivo, un breve combate violento contra una fuerza poderosa en marcha y la suspensión rápida de la acción seguida por una inmediata retirada. Teniendo en cuenta estos conceptos no tiene sentido que el ejército, luego de detectar a la columna invasora, se empeñara en establecer nuevas emboscadas, como si se tratara de un ejército irregular, en lugares que supuestamente esta debía seguir, sin tomar en cuenta el posible y lógico cambio de su ruta en previsión de nuevas emboscadas. Lo lógico, desde el punto de vista de una fuerza militar regular habría sido movilizar un contingente poderoso de hombres hacia la zona donde la columna había sido detectada para lanzar una operación de cerco y exterminio. Esto demuestra dos cosas, una, que el mando militar en Camagüey era totalmente inepto o dos, que el mando en la zona donde se había detectado a la columna de Cienfuegos estaba en complicidad y vendido a los rebeldes, existía el antecedente de un teniente Evelio Laferté hecho “prisionero” en el ataque al cuartel de Pino del Agua quien, supuestamente, luego “se pasó” a las fuerzas revolucionarias. Un tercer aspecto se puede considerar relacionado a la falta de incentivo moral de combate en las tropas gubernamentales y que Roberto Pérez Rivero parece dar a entender cuando se refiere a los “errores e indisciplinas en las fuerzas del ejército (retirar emboscadas sin autorización, abandonar posiciones por lluvias, etc.), convirtieron esas líneas en coladores por los que se filtraron las dos columnas invasoras[3].

Como ya muchos han apuntado, un número considerable de los jefes de tropas, evitaban los enfrentamientos bélicos pues consideraban que los más interesados en la defensa del régimen serían aquellos que usufructuaban de los beneficios del poder, obteniendo buenos réditos personales, en grados militares, haciendas e ingresos.

Ya en ese año de 1958 muchos de los efectivos del ejército regular estaban formados por nuevos conscriptos que, para ser diferenciados de los miembros de la Guardia Rural, se les conocía como “casquitos”. Estos hombres recibían un acelerado y deficiente entrenamiento militar para ser de inmediato enviados al campo de batalla. La mayor parte procedía de sectores muy humildes y necesitados. Recuerdo a un muchacho ─ he olvidado su nombre ─, allá en Morón, en la provincia de Camagüey, miembro de una numerosa familia y desempleado, que una noche vino a vernos a mí y a otro joven que como yo pertenecía al Movimiento 26 de Julio. Se le veía como preocupado, como si quisiera decirnos algo y no saber cómo hacerlo. Finalmente tomó aire y nos dijo: “Miren, yo no soy chivato” ─ él conocía muy bien nuestra militancia ─. “Yo no voy a chivatearles a ustedes, pero… no tengo trabajo… Tengo que ayudar a mi familia… Voy a meterme a casquito…”  Tratamos de hacerle desistir de aquella idea, pero él insistía diciendo: “No soy chivato… No se preocupen por mí, pero este es el único modo de tener un salario…”. Recuerdo que le dije entonces: “¡Compadre, te pueden matar!”, me dijo, esa es una posibilidad, pero…” Y se alejó de nosotros visiblemente entristecido. Poco tiempo después, ya casi antes de la huida de Batista, supe que había caído muerto en su primer combate.

El grado de descomposición moral del ejército de Batista quedaba evidenciado en la orden General 196 del Estado Mayor de las fuerzas gubernamentales que establecía la inmediata ejecución de cualquier miembro de las Fuerzas Armadas que desertara. Los soldados recibían un sueldo prácticamente miserable comparado con los ingresos de los altos oficiales, muchos de ellos con grados obtenidos por su apoyo al golpe de estado, por su incondicionalidad a Fulgencio Batista y por sus criminales métodos represivos. Oficiales que sabían cuidar su vida y enviaban a los soldados a morir siguiendo tácticas erróneas de combate. Castro tuvo acceso a esa orden y rápidamente hizo una proclama de la Comandancia General con fecha 15 de septiembre de 1958[4].

En esta proclama Castro afirmó: “Esta orden es draconiana y absolutamente ilegal”; y agrega: “Ante este peligro que se cierne sobre los miembros de las Fuerzas Armadas, que tienen sobradas razones para estar descontentos, que no tienen la culpa de las ambiciones, los crímenes y los errores de la pandilla gobernante que ahora se ensaña contra los soldados para exigirles mayores sacrificios después de dos años de cruenta lucha, como si fueran pocos los huérfanos, las viudas, y los dolientes de los hombres de uniforme que han caído para defender este régimen bárbaro y odioso”. Promete además la “hospitalidad generosa” en territorio rebelde para todo militar que abandone las filas oficiales, y aclara que ninguno de los militares que se acojan a la Sierra Maestra se les obligará a “combatir contra sus propios compañeros de armas ni de realizar actividades bélicas de ninguna índole”. Estos desertores no tendrían que preocuparse por sus sueldos, ya que, el Ejército Rebelde les garantizaría que seguirían “percibiendo el mismo sueldo que devengaba por el Estado” con la única condición para gozar de este beneficio es “traer consigo su arma”. Para entrar al territorio rebelde, el desertor del ejército solo le bastaría llegar con su arma y hacer contacto con las postas rebeldes o con los campesinos “alegando que se acoge a la hospitalidad de los Rebeldes proclamada en la declaración del 15 de septiembre”.

Esta disposición facilitaría en el futuro la incorporación de más y más militares a las filas insurreccionales, debilitando aún más a las fuerzas del gobierno, ya de por sí debilitadas por el embargo de armas decretado por el gobierno de los Estados Unidos. En fecha 27 de noviembre Castro por medio de Radio Rebelde proclamaba con satisfacción que “cientos de soldados del Ejército de Cuba” se incorporaban al Ejército Rebelde y hacía público la incorporación a sus filas “de los tenientes [Rodolfo] Villamil y [Ubinco] León, como los soldados y clases de la compañía de Charco Redondo”. Y daba a conocer un Manifiesto Al Pueblo de Cuba, donde intentaba ganarse el apoyo del ejército nacional, y dice:

Siempre es lamentable la sangre derramada entre cubanos; pero nosotros no provocamos esta guerra, esta guerra la provocó la tiranía. El Ejército de la República es una institución pública al servicio del bienestar del pueblo y no de la tiranía actual que está atentando contra Cuba y contra su destino.

Para agregar a continuación:

Por eso, día tras día llamamos a los militares que tengan sus manos limpias de sangre y oro mal habido para que vengan a confraternizar con su pueblo en el Territorio Libre de Cuba, como ya lo hicieron los 52 soldados, clases y oficiales de Charco Redondo.

Ya desde el mes de julio se habían unido al Ejército Rebeldes varias unidades del ejército regular, y oficiales como el Comandante José Quevedo Pérez que luego de su rendición se unió al Movimiento 26 de Julio. El Capitán Carlos Durán Batista jefe de la Compañía 92 se entregaría a las fuerzas rebeldes con todos sus hombres y luego integrar las filas del Ejército Rebelde. Junto a estos oficiales y los que citara Castro en su alocución por Radio Rebelde, los tenientes Villamil y Ubinco León, por gestiones de Quevedo, se incorporaría también, el Capitán Victorino Gómez Oquendo. Todos estos oficiales comenzaron a enviar cartas a sus camaradas de arma instándoles a que se unieran a los rebeldes de la sierra Maestra. Quevedo, más adelante sería determinante para gestionar la rendición de Palma Soriano.

La revolución, así dice el apotegma fatalista, se hace sin el ejército o con el ejército, pero nunca contra el ejército. Se cantan eufóricamente los combates victoriosos, pero todavía se requiere la ayuda de los soldados, clases y oficiales del ya desmoralizado ejército gubernamental. Todavía hay resistencia. Captar las tropas será el golpe definitivo para aplastar a la dictadura. Y así sucederá.

Ya para la fecha del inicio de la invasión hacia el Oeste, el P.S.P. había dado un giro en su política contraria a la subversión armada, abriendo un frente guerrillero en la región de Yaguajay al mando de uno de los dirigentes de ese partido en aquel municipio, Félix Torres y enviado a un destacado miembro de su Dirección Nacional, Carlos Rafael Rodríguez en julio de 1958 para hacer contacto con Fidel Castro en la Sierra Maestra. Ya desde la reunión de Altos de Mompié había comenzado a verse presencia de activistas comunistas, principalmente en el Segundo Frente Oriental, comandado por Raúl Castro. Alejo Maldonado Gallardo cita varios nombres de militantes del PSP que se destacarían posteriormente en el gobierno castrista luego de la huida de Fulgencio Batista, como los jóvenes comunistas Jorge Risquet y Antonio Pérez Herrero y el dirigente campesino José, Pepe, Ramírez.[5] 



[1] Según Ramón Pérez Cabrera (Op. Cit.), los hombres de Guevara se movían no solo en camiones, sino también en carretas tiradas por tractores y también a caballo. Guevara se trasladaba a lomos de un caballo. Además, la vanguardia de la columna se movía a bordo de un jeep. Señala también que varios invasores estaban en tan mal estado que tenían que ser llevados en las carretas y muchos estaban descalzos  
[2] Roberto Pérez Rivero. Ofensiva final rebelde; Campaña de Las Villas (II) #Cuba. Por Siempre. Agosto 28, 2015
[3] Roberto Pérez Rivero. Ofensiva final rebelde; Campaña de Las Villas (II) #Cuba. Por Siempre. Agosto 28, 2015
[4] Fidel Castro. De la Sierra Maestra a Santiago de Cuba. La Contraofensiva Estratégica
[5] Alejo Maldonado Gallardo. Historia de la revolución cubana. Editora Independientes. 2009

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