Mario J. Viera
La marcha hacia Occidente. Moral del
Ejército Regular
El 9 de septiembre, en la madrugada, el contingente
de Guevara, que se trasladaba en camiones[1],
hace un alto ante la portada de un batey en la Finca La Federal, precisamente a
solo ciento cincuenta metros de donde se encontraban siete soldados al mando de
un cabo que custodiaban aquella propiedad rural. Los militares al ver la luz de
los vehículos rebeldes hacen una señal con las luces del jeep que solo por
casualidad es respondida acertadamente por el grupo rebelde. Los hombres de
Guevara se mueven sigilosamente hacia donde aguardan los militares, todos
efectivos de la Guardia Rural. El cabo que comandaba el grupo de guardias
rurales al ver que se acercaban da la voz de alto; uno de los guerrilleros
responde: “Aquí el 26 de Julio”. Se inició el fuego de armas y los militares se
parapetaron en la segunda planta de una casa de paredes de ladrillo. Los
rebeldes entran en la primera planta y se continúa el combate hasta que el cabo
que comandaba a los militares cae muerto. Solo cuatro soldados finalmente se
entregaron a los rebeldes. Todo esto según ha sido descrito por EcuRed. Algo
muy diferente de lo descrito por Roberto Pérez Rivero que confiere a esta
escaramuza niveles de gran batalla:
El combate de La
Federal caracteriza el accionar del ejército en esta provincia. La buena
ubicación de las emboscadas en el terreno, el logro de la sorpresa, el
incremento de fuerzas después de iniciado el combate y el apoyo aéreo, no
fueron suficientes para alcanzar la iniciativa. Las emboscadas enemigas, siendo
acciones ofensivas, tuvieron en estos casos un carácter defensivo por su
pasividad y por limitarse a esperar que el adversario chocara contra ellas. En
La Federal, la pasividad y la ausencia de espíritu combativo fue grande. Los
jefes no atacaron ni siquiera cuando llegaron los primeros refuerzos, al
contrario; incumplieron órdenes del jefe de la zona de operaciones y mostraron
cobardía[2].
A La Federal no llegaron tropas de refuerzos ni hubo
apoyo aéreo; de haber ocurrido esto, ahora no existiría el mito Che. Por otra
parte, el encuentro en La Federal no fue, técnicamente hablando, una emboscada
y, mucho menos, una batalla. Sobre esta escaramuza anotaría Guevara en su
diario:
La noche del 9 de septiembre, entrando en el lugar
conocido por “La Federal”, nuestra vanguardia cayó en una emboscada enemiga,
muriendo dos valiosos compañeros; pero, el resultado más lamentable fue el ser
localizados por fuerzas enemigas, que de allí en adelante no nos dieron tregua.
Tras un corto combate se redujo a la pequeña guarnición que allí había,
llevándonos 4 prisioneros. Ahora debemos marchar con mucho cuidado, debido a
que la aviación conocía nuestra ruta aproximada.
Una emboscada se organiza teniendo en cuenta las
posibles vías por las que ha de transitar un enemigo que ya se prevé su
presencia. Las emboscadas cumplen el propósito de hostigar, destruir,
aniquilar, obtener e incautar material y equipo; y se caracterizan por ser un
ataque sorpresivo, un breve combate violento contra una fuerza poderosa en
marcha y la suspensión rápida de la acción seguida por una inmediata retirada.
Teniendo en cuenta estos conceptos no tiene sentido que el ejército, luego de
detectar a la columna invasora, se empeñara en establecer nuevas emboscadas,
como si se tratara de un ejército irregular, en lugares que supuestamente esta
debía seguir, sin tomar en cuenta el posible y lógico cambio de su ruta en
previsión de nuevas emboscadas. Lo lógico, desde el punto de vista de una
fuerza militar regular habría sido movilizar un contingente poderoso de hombres
hacia la zona donde la columna había sido detectada para lanzar una operación
de cerco y exterminio. Esto demuestra dos cosas, una, que el mando militar en
Camagüey era totalmente inepto o dos, que el mando en la zona donde se había
detectado a la columna de Cienfuegos estaba en complicidad y vendido a los
rebeldes, existía el antecedente de un teniente Evelio Laferté hecho
“prisionero” en el ataque al cuartel de Pino del Agua quien, supuestamente,
luego “se pasó” a las fuerzas revolucionarias. Un tercer aspecto se puede
considerar relacionado a la falta de incentivo moral de combate en las tropas
gubernamentales y que Roberto Pérez Rivero parece dar a entender cuando se
refiere a los “errores e indisciplinas en
las fuerzas del ejército (retirar emboscadas sin autorización, abandonar
posiciones por lluvias, etc.), convirtieron esas líneas en coladores por los
que se filtraron las dos columnas invasoras”[3].
Como ya muchos han apuntado, un número considerable
de los jefes de tropas, evitaban los enfrentamientos bélicos pues consideraban
que los más interesados en la defensa del régimen serían aquellos que
usufructuaban de los beneficios del poder, obteniendo buenos réditos
personales, en grados militares, haciendas e ingresos.
Ya en ese año de 1958 muchos de los efectivos del
ejército regular estaban formados por nuevos conscriptos que, para ser
diferenciados de los miembros de la Guardia Rural, se les conocía como
“casquitos”. Estos hombres recibían un acelerado y deficiente entrenamiento militar
para ser de inmediato enviados al campo de batalla. La mayor parte procedía de
sectores muy humildes y necesitados. Recuerdo a un muchacho ─ he olvidado su
nombre ─, allá en Morón, en la provincia de Camagüey, miembro de una numerosa
familia y desempleado, que una noche vino a vernos a mí y a otro joven que como
yo pertenecía al Movimiento 26 de Julio. Se le veía como preocupado, como si
quisiera decirnos algo y no saber cómo hacerlo. Finalmente tomó aire y nos
dijo: “Miren, yo no soy chivato” ─ él
conocía muy bien nuestra militancia ─. “Yo
no voy a chivatearles a ustedes, pero… no tengo trabajo… Tengo que ayudar a mi
familia… Voy a meterme a casquito…”
Tratamos de hacerle desistir de aquella idea, pero él insistía diciendo:
“No soy chivato… No se preocupen por mí,
pero este es el único modo de tener un salario…”. Recuerdo que le dije
entonces: “¡Compadre, te pueden matar!”
“Sí, me dijo, esa es una posibilidad, pero…”
Y se alejó de nosotros visiblemente entristecido. Poco tiempo después, ya casi
antes de la huida de Batista, supe que había caído muerto en su primer combate.
El grado de descomposición moral del ejército de
Batista quedaba evidenciado en la orden General 196 del Estado Mayor de las
fuerzas gubernamentales que establecía la inmediata ejecución de cualquier
miembro de las Fuerzas Armadas que desertara. Los soldados recibían un sueldo
prácticamente miserable comparado con los ingresos de los altos oficiales,
muchos de ellos con grados obtenidos por su apoyo al golpe de estado, por su
incondicionalidad a Fulgencio Batista y por sus criminales métodos represivos.
Oficiales que sabían cuidar su vida y enviaban a los soldados a morir siguiendo
tácticas erróneas de combate. Castro tuvo acceso a esa orden y rápidamente hizo
una proclama de la Comandancia General con fecha 15 de septiembre de 1958[4].
En esta proclama Castro afirmó: “Esta orden es draconiana y absolutamente
ilegal”; y agrega: “Ante este peligro
que se cierne sobre los miembros de las Fuerzas Armadas, que tienen sobradas
razones para estar descontentos, que no tienen la culpa de las ambiciones, los
crímenes y los errores de la pandilla gobernante que ahora se ensaña contra los
soldados para exigirles mayores sacrificios después de dos años de cruenta
lucha, como si fueran pocos los huérfanos, las viudas, y los dolientes de los
hombres de uniforme que han caído para defender este régimen bárbaro y odioso”.
Promete además la “hospitalidad generosa” en territorio rebelde para todo
militar que abandone las filas oficiales, y aclara que ninguno de los militares
que se acojan a la Sierra Maestra se les obligará a “combatir contra sus propios compañeros de armas ni de realizar
actividades bélicas de ninguna índole”. Estos desertores no tendrían que
preocuparse por sus sueldos, ya que, el Ejército Rebelde les garantizaría que seguirían
“percibiendo el mismo sueldo que devengaba por el Estado” con la única
condición para gozar de este beneficio es “traer consigo su arma”. Para entrar
al territorio rebelde, el desertor del ejército solo le bastaría llegar con su
arma y hacer contacto con las postas rebeldes o con los campesinos “alegando
que se acoge a la hospitalidad de los Rebeldes proclamada en la declaración del
15 de septiembre”.
Esta disposición facilitaría en el futuro la
incorporación de más y más militares a las filas insurreccionales, debilitando
aún más a las fuerzas del gobierno, ya de por sí debilitadas por el embargo de
armas decretado por el gobierno de los Estados Unidos. En fecha 27 de noviembre
Castro por medio de Radio Rebelde proclamaba con satisfacción que “cientos de
soldados del Ejército de Cuba” se incorporaban al Ejército Rebelde y hacía
público la incorporación a sus filas “de
los tenientes [Rodolfo] Villamil y [Ubinco] León, como los soldados y clases de
la compañía de Charco Redondo”. Y daba a conocer un Manifiesto Al Pueblo de
Cuba, donde intentaba ganarse el apoyo del ejército nacional, y dice:
Siempre es
lamentable la sangre derramada entre cubanos; pero nosotros no provocamos esta
guerra, esta guerra la provocó la tiranía. El Ejército de la República es una
institución pública al servicio del bienestar del pueblo y no de la tiranía
actual que está atentando contra Cuba y contra su destino.
Para agregar a continuación:
Por eso, día
tras día llamamos a los militares que tengan sus manos limpias de sangre y oro
mal habido para que vengan a confraternizar con su pueblo en el Territorio
Libre de Cuba, como ya lo hicieron los 52 soldados, clases y oficiales de
Charco Redondo.
Ya desde el mes de julio se habían unido al Ejército
Rebeldes varias unidades del ejército regular, y oficiales como el Comandante
José Quevedo Pérez que luego de su rendición se unió al Movimiento 26 de Julio.
El Capitán Carlos Durán Batista jefe de la Compañía 92 se entregaría a las
fuerzas rebeldes con todos sus hombres y luego integrar las filas del Ejército
Rebelde. Junto a estos oficiales y los que citara Castro en su alocución por
Radio Rebelde, los tenientes Villamil y Ubinco León, por gestiones de Quevedo,
se incorporaría también, el Capitán Victorino Gómez Oquendo. Todos estos oficiales
comenzaron a enviar cartas a sus camaradas de arma instándoles a que se unieran
a los rebeldes de la sierra Maestra. Quevedo, más adelante sería determinante
para gestionar la rendición de Palma Soriano.
La revolución, así dice el apotegma fatalista, se
hace sin el ejército o con el ejército, pero nunca contra el ejército. Se
cantan eufóricamente los combates victoriosos, pero todavía se requiere la
ayuda de los soldados, clases y oficiales del ya desmoralizado ejército
gubernamental. Todavía hay resistencia. Captar las tropas será el golpe
definitivo para aplastar a la dictadura. Y así sucederá.
Ya para la fecha del inicio de la invasión hacia el
Oeste, el P.S.P. había dado un giro en su política contraria a la subversión
armada, abriendo un frente guerrillero en la región de Yaguajay al mando de uno
de los dirigentes de ese partido en aquel municipio, Félix Torres y enviado a
un destacado miembro de su Dirección Nacional, Carlos Rafael Rodríguez en julio
de 1958 para hacer contacto con Fidel Castro en la Sierra Maestra. Ya desde la
reunión de Altos de Mompié había comenzado a verse presencia de activistas
comunistas, principalmente en el Segundo Frente Oriental, comandado por Raúl
Castro. Alejo Maldonado Gallardo cita varios nombres de militantes del PSP que
se destacarían posteriormente en el gobierno castrista luego de la huida de
Fulgencio Batista, como los jóvenes comunistas Jorge Risquet y Antonio Pérez
Herrero y el dirigente campesino José, Pepe,
Ramírez.[5]
[1] Según Ramón Pérez Cabrera (Op. Cit.), los hombres de Guevara se
movían no solo en camiones, sino también en carretas tiradas por tractores y
también a caballo. Guevara se trasladaba a lomos de un caballo. Además, la
vanguardia de la columna se movía a bordo de un jeep. Señala también que varios
invasores estaban en tan mal estado que tenían que ser llevados en las carretas
y muchos estaban descalzos
[2] Roberto Pérez Rivero. Ofensiva
final rebelde; Campaña de Las Villas (II) #Cuba. Por Siempre. Agosto 28,
2015
[3] Roberto Pérez Rivero. Ofensiva
final rebelde; Campaña de Las Villas (II) #Cuba. Por Siempre. Agosto 28,
2015
[4] Fidel Castro. De la Sierra Maestra a Santiago de Cuba. La
Contraofensiva Estratégica
[5] Alejo Maldonado Gallardo. Historia
de la revolución cubana. Editora Independientes. 2009

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