Sumisión
o desobediencia
“Le
but de toute association politique est la conservation des droits naturels et
imprescriptibles de l’homme” (Art. 2 de la Declaración de los derechos del
hombre y del ciudadano)
En la realidad concreta de la lucha
opositora en contra de la dictadura castrista existe un hecho del todo
evidente: las masas populares no han asumido una posición claramente
contestaría y no le han brindado apoyo a la oposición. Está presente una
marcada brecha entre el mensaje opositor y la pasividad política manifiesta en
la población. Las masas se han adaptado a vivir en la mentira del régimen
castrista ante la carencia de otra vía. Existe descontento, pero también,
frustración. Desde los inicios del poder castrista, cuando la Revolución era
una pagana deidad a la que había que adorar sin caer en la herejía de la disidencia
(acatamiento religioso: por la creencia
de que de su observancia depende la existencia de un bien de salvación.
Weber), todos los intentos por derrocar al gobierno surgido el primero de enero
de 1959 fueron baldíos. Nada pudieron contra el castrismo naciente los grupos
de guerrilleros sustentados por la CIA, principalmente en la Sierra del
Escambray, nada se logró, salvo permitir la consolidación del régimen, con la
misión insurgente Girón-Playa Larga impulsada por el gobierno de los Estados
Unidos. Castro siempre aparecía como el vencedor y ante el vencedor todos se
inclinan; ante el vencedor y ante la represión todos se rinden.
Por hábito o por una condición
psico-social el pueblo se acostumbró a obedecer, aun en contra de su propia
voluntad. Como afirma Bertrand de Jouvenel[1],
“no se obedece principalmente porque se
hayan sopesado los riesgos de la desobediencia o porque se identifique
deliberadamente la propia voluntad con la de los dirigentes. Se obedece
esencialmente porque tal es el hábito de la especie”. Sin embargo, la
presión impone acatamiento de voluntad: “La
presión sobre las exteriorizaciones de opinión ─ plantea Hermann Heller[2] ─ se ha realizado siempre mediante la amenaza, la compra o el
convencimiento, es decir, por una superioridad social, económica o intelectual
de uno sobre los demás”; por medio de la educación o el adoctrinamiento,
por la persuasión y por la fuerza pública, según Heller, se forma y se hace
realidad “de manera unitaria el
‘espíritu’ de un grupo” y agrega que esos métodos por sí solos “nunca pueden lograr su objetivo sin una coacción económica y política”.
Por otro lado, Gene Sharp señala varias razones por las cuales la gente obedece
a los gobernantes, colocando en primer lugar el Hábito; además de esta, incluye las siguientes razones de
obediencia: Miedo a las sanciones, Obligación moral, Egoísmo, Identificación
psicológica con el gobernante, Zonas
de indiferencia y Ausencia de
autoestima entre los gobernados[3].
El Estado posee el “poder físico coactivo” (Max Weber) y el Estado totalitario posee,
no solo el poder físico coactivo, sino que lo ejerce indiscriminadamente, sin
limitaciones jurídicas nacionales o internacionales y, aún contra sus propias
normativas del Derecho. Tal como dijera Montesquieu[4]:
“En los Estados despóticos la naturaleza
del gobierno exige obediencia absoluta”; es decir, dominación entendida
como la capacidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para
mandatos específicos (Max Weber). “Esta
dominación (...) puede descansar en
los más diversos motivos de sumisión: desde
la habituación inconsciente hasta lo que son consideraciones puramente
racionales con arreglo a fines”. Se obedece a la dominación, Max Weber[5] lo explicita diciendo: “'Obediencia' significa que la acción del que
obedece transcurre como si el contenido del mandato se hubiera convertido, por
sí mismo, en máxima de su conducta;
y eso únicamente en méritos de la relación formal de obediencia, sin tener en cuenta la propia opinión sobre
el valor o desvalor del mandato como tal”. Y en La Política como Profesión, afirma: “Toda empresa de gobierno que pretenda lograr una administración continua
necesitará, por un lado la disposición
de la actitud humana a obedecer a aquellos jefes que pretenden ser
portadores del poder legítimo y, por el otro lado y por medio de esta
obediencia, la capacidad de disponer de
aquellos recursos concretos que, dado el caso, resultarán necesarios para la ejecución de la
violencia física, es decir: los recursos administrativos humanos y los
recursos administrativos materiales”.
No es este acatamiento al dominio de un
poder tiránico un fenómeno moderno, ya Étienne de La Boétie[6]
(1530 – 1563) lo había denunciado alegando: “Resulta cosa verdaderamente sorprendente, aunque sea tan común que más
cabe gemir que asombrarse, ver a un millón de hombres miserablemente
esclavizados, con la cabeza bajo el yugo, no porque estén sometidos por una
fuerza mayor sino porque han sido fascinados, embrujados podríamos decir, por
el nombre de uno solo, al que no deberían temer, ya que sólo es uno, ni amar,
ya que es inhumano y cruel con ellos”. El pueblo como víctima y al mismo
tiempo como sostén de la tiranía al adaptarse al sistema y aceptarlo como
inalterable. Václav Havel así lo dice: “Todos
nos habíamos acostumbrado al sistema
totalitario, lo habíamos aceptado
como un hecho inalterable y, por tanto, contribuíamos a perpetuarlo. Dicho de otro modo, todos nosotros ─
si bien, naturalmente, en diferente grado ─ somos responsables del
funcionamiento de la maquinaria totalitaria; nadie es sólo su víctima, todos
somos partícipes también de su creación”[7].
Uno de los propósitos fundamentales de un
gobierno totalitario es la organización de las masas, las cuales no son otra
cosa que un medio del que se aprovechan los líderes totalitarios para legitimar
su dominio. “El Estado es realmente
conservado por la sociedad” así lo constata Heller en su ya citada obra. El
dominio del Estado totalitario es preservado por las masas. Lo dice Hannah
Arendt[8]: “El líder totalitario no es nada más ni nada menos que el funcionario de
las masas (…) sin él las masas
carecerían de representación externa y seguirían siendo una horda amorfa; sin
las masas el líder es una entidad inexistente”. Por medio de las masas el
gobierno totalitario controla a las mismas masas ejerciendo la vigilancia
masiva de unos sobre otros. Sus múltiples ojos, cual gigantesco Argos, son los
mismos ojos del conjunto de la masa; los actos de enfrentamiento a las masas
que alienta el gobierno castrista son llevados por parte de una masa
idiotizada. Y cuestiona Étienne de La Boétie: “¿De dónde saca todos esos ojos que os espían, sino de vosotros mismos?
¿Cómo tendría todas esas manos que os golpean, sino os las tomase en préstamo?
Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿no son vuestros? ¿Qué poder tiene
sobre vosotros, salvo a vosotros mismos? ¿Cómo se atrevería a agrediros si no
fuese porque lo hace de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal podría haceros si no
fueseis los encubridores del ladrón que os roba, los cómplices del asesino que
os mata, los traidores de vosotros mismos?”[9]
El acatamiento pasivo al dominio del poder
del Estado totalitario sobre el conjunto de toda la población es, como expresa
Weber “una acción condicionada por la masa”, es decir, una acción social
orientada por la influencia de las acciones de otros que conduce a la
tolerancia u omisión de esa aceptación pasiva del dominio. Weber señala que la
“conducta íntima es acción social sólo
cuando está orientada por las acciones de otros”. Es lo que Havel define
como la resignación a “la vida en la
mentira”; así en esta resignación a vivir en la mentira, se vive en un
entorno moral contaminado: “Nuestra moral
enfermó ─ constata Havel[10] bajo el poder totalitario ─
porque nos habíamos acostumbrado a
expresar algo diferente de lo que pensábamos. Aprendimos a no creer en nada, a
hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos sólo por nosotros mismos.
Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su
profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar
tan sólo singularidades psicológicas”.
El ciudadano se anula para, por fuerza de
la costumbre, convertirse en simple súbdito. Nada cambia y lo absurdo, la
arbitrariedad le parece entonces condiciones naturales. “Digamos pues que ─ anota Étienne de La Boétie ─, si todas las cosas le parecen naturales al hombre que se ha
acostumbrado a ellas, sólo perseverará en su naturaleza aquel que sólo desea
las cosas simples e inalteradas. Así que la
primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre”. La
oposición democrática con su desafío político particular no puede perder de
vista esta realidad; no dejarse aturdir por “lo que debiera ser” creyendo
erróneamente que el descontento presente en la población conducirá por sí solo
a un estado de beligerancia popular. En las condiciones del accionar social
bajo un sistema totalitario solo puede presentarse dos formas de rechazo: la
deserción, la emigración, el clásico votar con los pies, y la “resistencia
anónima u ordinaria”, la que Jean Dale (La
Resistencia Activa y la Resistencia Pasiva en los Movimientos Sociales) define
como “formas anónimas, individuales, que no requieren de una organización previa, pero si requieren de una
interiorización muy profunda de sus parámetros culturales a partir de los
cuales actúan y se hacen presentes en todo momento. Y que implican altos
niveles de impugnación del sistema establecido”. Es la expresión del
disgusto de parte de la población, en el caso que estudia Dale son los
campesinos, que no es “una acción
concertada ni organizada, sino una forma de corroer el sistema burocrático
confrontarse a él y proteger sus propios intereses…” Es en este contexto
que aparecen individuos aislados con decidida posición contestataria a los que
identificaría con el Einherjer de la
mitología nórdica, el “ejército de un solo hombre”, dotados de fuerte
individualidad, son capaces de cometer pequeños sabotajes, no se vincula a
ninguna organización opositora, porque no confía en ningún grupo, pero
tampoco colabora con ninguna actividad que el gobierno convoque; así, el
Einherjer se libera a sí mismo no cooperando y buscando lo que Havel denomina “vida
en la verdad”, la clave definitiva para la autoliberación: “Si la
‘vida en la verdad’ es el punto de
partida elemental de cualquier esfuerzo del hombre para resistir a la presión
alienante del sistema, si es la única base significativa de cualquier acción
política independiente y si, en fin, es también la raíz existencial más
adecuada a la actitud ‘disidente’, es difícil imaginar que, aun en su
objetivación, el trabajo ‘disidente’ pueda fundarse en otra cosa que no sea el
servicio a la verdad y a una vida verdadera y el esfuerzo de abrir un espacio a
las intenciones reales de la vida”[11].
La vida en la verdad es el reconocimiento
de ser uno mismo, sin condicionamientos exteriores impuestos y a los que hay
que obedecer aun cuando choquen con nuestra conciencia. Es la respuesta dada
por Henry Thoreau ante leyes que se consideran injustas: “¿Debe el ciudadano renunciar a su conciencia, siquiera por un momento o
en el menor grado a favor del legislador? ¿Entonces por qué el hombre tiene
conciencia? Pienso que debemos primero
ser hombres y luego súbditos. No es deseable cultivar tanto respeto por la
ley como por lo correcto. La única obligación
que tengo derecho de asumir es la de hacer en todo momento lo que creo correcto
(…) Existen leyes injustas: ¿debemos
conformarnos con obedecerlas o, debemos tratar de enmendarlas y acatarlas hasta
que hayamos triunfado o, debemos
transgredirlas de inmediato?”[12].
Y este sentido de primero ser ciudadanos (hombres) antes que súbditos se
expresa un principio clave de la lucha noviolenta, la desobediencia civil, la
decisión propia de transgredir todo el andamiaje jurídico de la dictadura. Es
el mismo concepto que La Boétie alega cuando dice del tirano: “no es preciso combatirle ni abatirle. Se
descompondría por sí mismo, a condición de que
el país no consienta en servirle. No
se trata de quitarle nada, sino de no darle nada. No sería necesario que el
país haga nada por sí mismo, a condición de no hacer nada en su propia contra.
Son pues los pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen maltratar, ya
que para librarse de ello bastaría con
que dejasen de servir. Es el pueblo
quien se esclaviza y se degüella a sí mismo; quien, pudiendo escoger entre estar sometido o ser libre, rechaza la libertad
y admite el yugo (…) Tomad la
resolución de no servir y seréis libres. No os pido que le empujéis y le hagáis
tambalear, sino sólo que no le
sostengáis. Entonces lo verán como un gran coloso, cuyo pedestal ha sido
apartado, caer por su propio peso y romperse en pedazos”[13].
Este
es el reto, desobediencia civil y no cooperación. Así lo entendió Luther King
cuando impulsaba la lucha por los derechos civiles:
“Llegué a comprender
que lo que realmente estábamos haciendo era retirar nuestra cooperación de un
sistema injusto […] Entonces pensé en
la obra de Thoreau Essay on Civil Disobedience. […] Me convencí de que lo que estábamos preparando para hacer en Montgomery
se relacionaba en gran manera con lo que él había expresado. […] Quien
acepta el mal pasivamente está tan mezclado con él como el que ayuda a
perpetrarlo. Quien acepta el mal sin protestar, realmente está cooperando con
él. […] Un hombre recto no tenía
más alternativa que negarse a la cooperación con un sistema injusto”[14].
Como expone Manuel Hernández Apodaca, “la desobediencia civil es una manifestación del disenso frente a la
ley, esa que pretende regular la convivencia, la que pasa por un proceso
legislativo, por ello frente a ella, la desobediencia civil es un acto de
negación y enfrentamiento contra una norma del sistema. Pero es también como
señala Pérez Bermejo: (…) un acto de
manifestación de consentimiento al sistema mismo, si bien se trataría de un
consentimiento crítico, consciente y ajeno a la apatía o la sumisión, y ello
porque en la desobediencia civil late un concepto de democracia mucho más
activa y palpitante que el reducido a la rutina letárgica de los comicios
electorales. (PÉREZ,1998. p.77)”[15].
Esto, en concreto es el fundamento de la
acción noviolenta, no colaboración y desobediencia civil; de lo que se trata es
arrancar a las masas de la influencia político-ideológica del régimen, la vida
en la verdad para llegar finalmente al desafío político masivo. Para lograr
este propósito se requiere un proceso activo de “toma de conciencia” tal y como
acertadamente plantea Manuel Ramírez Chicharro[16],
al decir:
“El centro sobre el
que orbitan las diferentes acciones noviolentas es el “proceso de toma de conciencia”,
medio imprescindible para llevar a cabo la revolución pacífica. Racionalidad, originalidad y creatividad se han de combinar para marcar las
pautas correctas a seguir en el enfrentamiento por “la dignidad y la libertad
humanas”; proclama que se repite, directa o indirectamente, en todos los
movimientos noviolentos a lo largo del siglo XX”.
La disidencia[17]
interna debe tener en cuenta la propuesta formulada por Gene Sharp: “Se debe fortalecer a la población oprimida
en su determinación de luchar, en la confianza en sí misma y en sus aptitudes
para resistir (…) Confrontada con una
fuerza firme y confiada en sí misma, con una estrategia concienzuda y de
genuina solidez, la dictadura eventualmente se desmoronará (…) el liberarse
de las dictaduras, en última instancia, depende de la capacidad que la gente
tenga de liberarse a sí misma”. Esto significa formar conciencia por
medio de una labor sistemática, inteligente, con creatividad; explicando y
razonando y con objetivos claramente definidos.
El régimen castrista, cada vez es más
débil y aunque todavía cuenta con las fuerzas represivas, la acción de sus
órganos secretos, los cuerpos policiacos, los jueces y las prisiones ha ido
perdiendo legitimidad ante la opinión internacional. La economía está en grado de
descomposición y los recursos son menos accesibles. Para su legitimación acude
a la colaboración de las masas, convocando a concentraciones y desfiles que se
logran por presión. La no colaboración de la población o de una parte
significativa de ella le resta legitimidad. No se requiere del empleo de las
armas para hacer caer a la tiranía solo se requiere la no colaboración en la
coartada del régimen, negarse a cotizar para los sindicatos oficialistas que no
representan los intereses de los trabajadores, no participar en las reuniones
de los Comité de Defensa de la Revolución, no participar en las farsas
electorales del régimen o al menos entregar en blanco o anuladas las boletas.
El castrismo es sustentado por las masas, cuando las masas dejan de cooperar, el
fin del sistema está cercano y se puede lanzar el desafío político final.
Cuando el individuo en cuanto tal, libre y autodeterminante rechace la
colaboración con el gobierno o con el partido oficial, el Estado totalitario
pierde el fundamento de su legitimidad. José María Beneyto Pérez en Propiedad, Estado y Sociedad[18]
aclara este concepto, cuando dice que el fundamento de la legitimidad del
Estado “no hay que buscarlo (…) en él mismo, ni tampoco en su origen
histórico o en la voluntad divina, sino en la clave misma de la sociedad: el individuo en cuanto tal, libre y
autodeterminante”.
Debe tenerse en cuenta la tesis formulada
por Gene Sharp[19]: “A veces un llamado a la resistencia por parte de un pequeño grupo o de
una persona puede encontrar inesperadamente una inmensa acogida. (…) Si un número suficiente de subordinados se
rehúsa a seguir cooperando por un tiempo suficiente a pesar de la represión el
sistema opresivo se debilitará, y acabará por desplomarse”.
En este punto se requiere una reafirmación
de la definición de desafío político que ofrece Roberto Helvey[20]: “El ‘desafío político’ es una confrontación noviolenta (protesta, no
colaboración e intervención) que se lleva a cabo de manera desafiante y activa,
con fines políticos. (…) La palabra
‘desafío’ denota una deliberada provocación a la autoridad mediante la
desobediencia, y no deja lugar para la sumisión. (…) Se usa principalmente para describir la acción realizada por la
población para retomar de manos de la dictadura el control de las instituciones
gubernamentales mediante el constante ataque a las fuentes de poder y el uso
deliberado de la planificación estratégica y de las operaciones para alcanzarlo”.
Tengamos presente que tanto la
desobediencia civil, es decir, la violación abierta y deliberada de la ley con
un propósito político o social colectivo, como cualquier otra acción noviolenta
que plantee el conflicto político coloca a los actores en la ilegalidad al
rechazar las leyes y hasta la Constitución política del régimen castrista. Es
un riesgo que, empero hay que enfrentar. No se puede obviar que el gobierno,
ante un poderoso desafío político, reaccionará con violencia. La represión
violenta del gobierno no es un indicador del fracaso de la acción noviolenta,
sino el resultado lógico de que la acción noviolenta representa una seria
amenaza a su poder. Sin embargo, el poder represivo del gobierno crea
dificultades a la capacidad de organización, comunicación y movilización de los
activistas de la acción noviolenta.
De acuerdo con Kurt Schock[21]: “Deben confluir dos condiciones básicas para que un desafío contribuya a
las transformaciones políticas: 1) el desafío debe ser capaz de oponerse exitosamente a la represión, y 2) el desafío debe socavar el poder del Estado. Esas
condiciones son suficientemente obvias. Lo que es menos obvio son los atributos y acciones de quienes
promueven el desafío y que contribuyen a que se den esas condiciones y
mecanismos que vinculan los atributos del movimiento y el accionar para el
cambio político”. He aquí una referencia clara a la capacidad de liderazgo
de los promotores del desafío y a su habilidad para sortear las dificultades
generadas por el accionar represivo. Muy importante, más que priorizar las
intenciones hay primero que evaluar las capacidades.
[1] Bertrand de Jouvenel. Sobre
el Poder - Historia natural de su crecimiento. UNION EDITORIAL S.A., 2011
[2] Hermann Heller. Op. Cit.
[3] Gene Sharp. Como
Funciona la Lucha Noviolenta. Obra
condensada de The Politics of Nonviolent Action. The
Albert Einstein Institution, 2014
[4] Montesquieu. El Espíritu de
las Leyes. Libro III. Cap. X
[5] Max Weber, Economía y
sociedad, México, FCE, 1981
[6] Étienne de La Boétie. Discurso
de la servidumbre voluntaria. Publicado en 1576
[7] Václav Havel. Todos
ayudamos a crear el totalitarismo. Discurso pronunciado al asumir la
presidencia de Checoslovaquia el 1 de enero de 1990
[10] Václav Havel. Op. Cit.
[11] Václav Havel. El poder de
los sin poder. Ediciones Encuentro, Madrid, España, 2013
[13] Étienne de La Boétie. Op. Cit.
[15] Samuel Hernández Apodaca. Desobedecer
la ley como obligación moral y Como derecho político. Revista Quaestionis.
19 de septiembre de 2016. No. 27
[16] Manuel Ramírez Chicharro. Desobediencia
civil: la fuerza más poderosa. Historiadores Histéricos, Universidad de
Castilla La Mancha (UCLM)
[17] Empleo este sustantivo a propósito, para recalcar que, hasta el
presente, no existe como tal en Cuba y desde un punto estrictamente formal, una
verdadera oposición, es decir como expresión organizada de la controversia que
tiene lugar en el proceso de formación de la voluntad política y de la adopción
de decisiones. La oposición sólo se entiende en cuanto “aspirante al gobierno”,
y esa aspiración sólo es viable cuando se cuenta con el apoyo electoral o
popular suficiente para lograr sus propósitos, vinculándose al conflicto
político entendido como la mutua, simultánea y contradictoria aspiración de dos
fuerzas oponentes a un mismo objetivo la toma o mantenimiento del poder y con
capacidad para integrar y articular intereses y demandas.
[18] José María Beneyto Pérez. Propiedad,
Estado y Sociedad: posibilidades de un análisis estructural diacrónico.
Revista de Estudios Políticos 15.
[20] Roberto Helvey, citado por Gene Sharp. Op. Cit.
[21] Kurt Schock. Insurrecciones
no armadas. Movimientos de poder popular en regímenes autoritarios. Editorial
Universidad del Rosario, Colombia, 2008

Excelente crónica de citas la cual evidencia el problema táctico-estratégico que afronta el movimiento pro democracia, no me refiero a la disidencia porque ella es inútil a causa de su creencia infundada según la cual es posible "transitar de la ley a la ley" precisamente contando con participación del partido comunista, precisamente quien es ejecutor y legislador del criminal ordenamiento con que se oprime a la sociedad cubana. Pero el conflicto cubano es como una serpiente que se muerde la cola, tan es así que, con más o menos conocimiento, con más o menos información, desde que estábamos en la isla teníamos estás mismas interrogantes que ahora magistralmente Mario expone en este y otros artículos de su autoría. Recuerdo aquél escrito creo que fechado en 1998 donde Mario cuestionaba a la oposición por ir de proyectos en proyectos sin conseguir absolutamente ninguna meta tangible (creo que se titulaba "Proyectos y más proyectos"). Estamos ante un laberinto de Tebas y no hay hilo de Ariadna para salir del mismo, por ahora, por la falta de conciencia como señala Mario pero también por causas como la desunión, la ingerencia de personas y organizaciones ajenas a este tipo de lucha, ruptura (natural y artificial) de generaciones de opositores, entre otras que se deben solucionar si se quiere conseguir una fuerza capaz de poner en jaque mate a la dictadura. No hace mucho el PPDHC propuso un plan inicial para comenzar a mover a la población de modo "seguro" o al menos con poco riesgo mediante un proceso paralelo de votación que permitiría conseguir afiliados en cantidad suficiente para conseguir la legitimidad de la oposición como la primera fuerza política del país pero nuestros compatriotas disidentes y opositores lejos de acudir a debatir el plan, mejorarlo de ser posible y ponerlo en acción, prefieren seguir como caciques sin tribu lo cual conforma escenario ideal para la contrainteligencia y su aparato de propaganda el que no cesa de repetir en todos los foros nacionales e internacionales que los opositores carecen de legitimidad. En fin podría exponer más al respecto pero de momento creo que es suficiente y debo hacer otras tareas. No obstante, unir grandes multitudes, aunque se comience por la liberación personal de la vida en la mentira, es factor esencial para echar a la dictadura del poder que usurpa. Así veo el asunto!
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